¿Cómo acercarnos al misterio santo de Dios? ¿Qué sabemos nosotros de su ser, de su naturaleza, de su identidad? ¿Quién es Dios, cómo es Dios? ¿Qué piensa Dios de nosotros, cuál es su proyecto respecto de nosotros? Son preguntas importantes, preguntas que siempre han inquietado al hombre, naturalmente al hombre y a la mujer que no se contentan con vivir al día y apurar el instante.
Las lecturas bíblicas de este domingo de la Santísima Trinidad nos permiten asomarnos de algún modo al misterio de Dios, entreabren una puerta para contemplarlo como él es y lo que hace por nosotros. En el fondo, como principio y fundamento, está el Padre, de quien procede todo y a quien todo retorna. La obra de la creación se remite por entero a él, que por eso, por ser el Creador es el Padre de la vida y de todo lo que existe. Pero el Padre no actúa solo, sino por medio del Hijo, que en la lectura del libro de los Proverbios aparece prefigurado en la Sabiduría, que acompaña al Padre en todas sus obras, desde el principio, desde toda la eternidad: “Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo…, cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él…, jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres”. La primera noticia que nos llega de Dios nada más abrir los ojos al venir a este mundo, es justamente el mundo que nos rodea, es su obra magnífica, las altas montañas, los valles profundos, los ríos caudalosos, los océanos inmensos, el sol y las estrellas siempre en llama viva para darnos luz y calor: la obra del Creador nos entra por los ojos, por los oídos, por los sentidos, ventanas del alma, que nos abren al mundo exterior y nos ponen en comunión con lo otro y con los otros. Todo es obra de los dedos de Dios, como dice el Salmista, de su cuidado amoroso, de su solicitud de Padre, fuente y origen de la vida. Al contemplar la obra de la creación, “la luna y las estrellas que has creado”, espontáneamente surge la pregunta por su Autor, por el Autor de tanta belleza, verdad y bondad plasmada en todos los rincones del Universo, desde los espacios infinitos hasta las partículas invisibles de la materia. En todo resplandece el nombre de Dios, es decir, el resplandor de su gloria, la huella de su presencia en sus obras admirables. Y entre todas, el hombre y la mujer, creados a su imagen y semejanza. Peroel hombre, a pesar de ser cumbre y cima de la creación, a quien Dios entregó todo lo que hizo para que lo cuidara y perfeccionara, no se mantuvo fiel, no correspondió a la confianzadepositada en él por el Creador, prefiriendorecorrer sus propios caminos de espaldas a Dios. Pero Dios no se dio por vencido, no renunció a su criatura.
Cuando el Apóstol dice que “hemos recibido la justificación por la fe por medio de nuestro Señor Jesucristo”, está diciendo que el Padre nos ha perdonado, nos ha vuelto a ofrecer su amistad y comunión de vida por su Hijo. Y ¿qué nos dice del Espíritu Santo? Que es la presencia viva y personal de Dios en la Iglesia y en el corazón de todo creyente, puesto que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”. El Espíritu fue enviado por el Padre en Pentecostés para llevar a plenitud la obra de su Hijo. Los apóstoles no estaban en condiciones de comprender enteramente el proyecto de Jesús, sus palabras y obras. Por eso, en la cena de despedida les anunció que “cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”. Esta es la misión del Espíritu en la Iglesia, en medio de los discípulos: conducirnos a Cristo, para que él nos lleve al Padre, principio y término de todo cuanto existe.
Empezábamos preguntándonos por Dios, cómo es Dios. Pues bien, este es el misterio de Dios que nos reveló Jesús, y que hoy celebramos y adoramos de un modo explícito y solemne: Dios Padre creador, Dios Hijo redentor, Dios Espíritu santificador. El misterio del único Dios vivo y verdadero en tres Personas distintas, el misterio de la Santísima Trinidad, que la Orden Trinitaria con su presencia en la Iglesia desde hace más de ocho siglos, tiene el privilegio y la misión de llevar “por el mundo este nombre admirable de la Santísima Trinidad” (San Juan Bautista de la Concepción), nombre que se hace presencia real en el servicio a los pobres, cautivos y perseguidos por ser cristianos, fieles al evangelio de Jesús que nos reveló el amor del Padre y nos infundió la fuerza del Espíritu Santo para ser testigos suyos en medio del mundo.
José Mª de Miguel, osst