Cada tarde, cuando terminan las clases, un grupo de niños vuelve a cruzar una puerta en Alepo. No van a la escuela, sino a la parroquia latina de La Anunciación, donde les esperan cuadernos abiertos, deberes por terminar y alguien dispuesto a ayudarles con ellos. En casi cualquier lugar del mundo sería una escena corriente. En Siria no lo es. Allí, que una comunidad cristiana siga abriendo sus puertas cada día es, para muchas familias, una de las razones para no marcharse. Y en un momento en que la presencia cristiana siria se encuentra en uno de sus puntos más frágiles de los últimos siglos, quedarse es ya una forma de resistencia.
Un salto sin precedentes en la clasificación
La Lista Mundial de la Persecución 2026, elaborada por Puertas Abiertas, ha situado a Siria en el sexto puesto de los países donde resulta más difícil vivir como cristiano. Hace solo un año ocupaba el puesto 18. Ese avance de doce posiciones en doce meses, con una puntuación récord de 90 sobre 100, es uno de los mayores incrementos anuales registrados en la historia del informe, y devuelve al país a las diez primeras posiciones por primera vez desde 2017. La persecución en Siria ha pasado, en la terminología de la organización, de «severa» a «extrema».
El cambio tiene una explicación concreta. Tras el colapso del régimen de Bashar al Asad, a finales de 2024, y el ascenso al poder del grupo Hay’at Tahrir al-Sham (HTS), muchos esperaban una etapa de estabilidad. No ha llegado. La Constitución provisional aprobada en marzo de 2025 establece la jurisprudencia islámica como fuente principal de la legislación, y en ese vacío de autoridad las comunidades cristianas —visibles en esta tierra desde hace dos mil años— se han vuelto especialmente vulnerables. El atentado contra la iglesia de Mar Elías, en Damasco, en junio de 2025, que costó la vida a una veintena de fieles durante la liturgia, dejó a la vista hasta qué punto ese riesgo es real.
Como en otros contextos, conviene situar el problema donde corresponde: no en la población siria, musulmana en su mayoría y golpeada también por años de guerra, sino en la violencia de grupos extremistas y en un marco de poder que no garantiza a todos el mismo derecho a creer.
Trescientos mil
La cifra que mejor resume la situación es esta: en Siria quedan hoy alrededor de 300.000 cristianos, cientos de miles menos que antes de la irrupción del Estado Islámico. Detrás de ese número hay iglesias que se vacían, barrios donde antes se oían campanas y hoy solo quedan unas pocas familias, y una pregunta que muchos padres se hacen cada noche: ¿tiene futuro aquí nuestra fe, y tienen futuro aquí nuestros hijos?
Alepo, que antes de la guerra era una de las ciudades con mayor presencia cristiana del mundo árabe, es quizá el lugar donde esa pregunta pesa más. La comunidad se ha reducido drásticamente, y quienes permanecen lo hacen sabiendo que cada familia que se marcha deja más sola a la siguiente.
Una parroquia que sostiene a las familias
Precisamente ahí cobra todo su sentido el apoyo de Solidaridad Internacional Trinitaria (SIT) a la parroquia de rito latino de La Anunciación, en Alepo. Para una familia cristiana que duda entre quedarse o emigrar, pocas cosas pesan tanto como el futuro de los hijos y la posibilidad de salir adelante con su propio trabajo. La parroquia responde a esas dos preocupaciones con proyectos muy concretos.
Por las tardes, los niños encuentran en ella clases de apoyo escolar no regladas, que les ayudan a no quedarse atrás en unos estudios marcados por años de guerra e inestabilidad. No sustituyen a la escuela: la acompañan, y ofrecen a cada niño un lugar seguro donde aprender junto a otros niños cristianos, sin tener que renunciar a su fe.
Junto a ellos, la parroquia impulsa proyectos de capacitación para mujeres, que les permiten adquirir una formación con la que sostener a sus familias en un país donde ganarse la vida se ha vuelto cada vez más difícil. Formar a una madre es, con frecuencia, dar estabilidad a todo un hogar.
Son gestos sencillos, pero responden a la misma pregunta de fondo: qué necesita una familia cristiana para poder seguir viviendo en Alepo. Un lugar donde los hijos crezcan acompañados, una manera digna de ganarse el pan y una comunidad que no la deje sola.
La misma intuición de 1198
Lo que ocurre hoy en La Anunciación responde a la misma intuición que en 1198 llevó a San Juan de Mata a fundar la Orden de la Santísima Trinidad: liberar a quienes sufrían a causa de su fe, no desde la lógica del enfrentamiento, sino desde la caridad redentora. Entonces se trataba de cautivos encadenados. Hoy la cadena tiene otra forma: el miedo, la pobreza y la tentación del exilio que amenazan con borrar una presencia cristiana de dos milenios. «Gloria a la Trinidad y a los esclavos libertad» se traduce, en Alepo, en algo muy concreto: que un niño cristiano pueda aprender y crecer en su propia tierra, y que su madre pueda sacar adelante a su familia sin tener que marcharse.
Que no se apague la luz
Desde 1999, Solidaridad Internacional Trinitaria (SIT) da forma actual a esa vocación, acogiendo los anhelos de libertad y los gritos de esperanza de quienes sufren por su fe en Cristo. El apoyo a la parroquia de La Anunciación forma parte de esa tarea, junto a la presencia trinitaria en otros países marcados por la persecución.
Nadie tiene que sostenerla en solitario. Se puede colaborar con el SIT orando por los cristianos de Siria —el gesto más importante de todos—, difundiendo su situación para que no quede en el silencio, y también con una aportación económica a través del Bizum 09078.
Porque mientras una parroquia siga abriendo sus puertas cada tarde en Alepo, habrá familias que decidan quedarse. Y mientras haya familias que se queden, la luz cristiana en Siria no se habrá apagado.
Fuentes: Lista Mundial de la Persecución 2026 (Puertas Abiertas); AsiaNews.