Is 25,6-10; Sal 22; Flp 4,12-14.19-20; Mt 22,1-14
En el centro de las lecturas que acabamos de leer está la mención de un “banquete” que el diccionario define como “comida espléndida”. ¿Qué intentan explicar los textos bíblicos con esa palabra? “La imagen del banquete aparece a menudo en las Escrituras para indicar la alegría en la comunión y en la abundancia de los dones del Señor, y deja intuir algo de la fiesta de Dios con la humanidad” (Benedicto XVI). Así el profeta Isaías describe la salvación futura con el símbolo de un banquete rebosante de manjares suculentos y de vinos generosos. Un símbolo muy apropiado en un contexto social de frecuentes hambrunas, puesto que la comida es la vida y el hambre la muerte. Participar en el banquete que “el Señor del universo” prepara “para todos los pueblos” es participar de los frutos de la salvación, ante todo, superación de la muerte y, con ella, toda forma de sufrimiento y opresión. Lógicamente, sentados a la mesa del Señor el sentimiento más profundo es el gozo y la alegría: “Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación”. La experiencia de la salvación es la alegría más intensa y duradera que en este mundo podemos sentir, a la espera de “habitar en la casa del Señor por años sin término”.
En el Evangelio, el banquete al que nos invita Dios es “la boda de su hijo”. Con esta expresión el evangelista se refiere a la unión del ser de Dios con el ser humano que tuvo lugar en el misterio de la encarnación. Pues bien, a esta fiesta nupcial, fiesta de la salvación, el Padre invita, en primer lugar, a los hijos del pueblo de Israel, el pueblo de los patriarcas y de los profetas. Pero estos rechazaron la invitación y, de hecho, no acogieron a Cristo, el Hijo enviado por el Padre para realizar la obra de nuestra salvación. Y, además, como nos contaba Jesús en la parábola de los viñadores el domingo pasado, lo mataron, mataron al hijo, al heredero.
Pero la boda está preparada: la encarnación se ha realizado, el Hijo está en medio de nosotros, por eso la invitación se extiende “a todos los que encontréis” por lo caminos del mundo. Todos, hombres y mujeres, están invitados a la sala del banquete a participar de la salvación que Cristo nos consiguió, esta sala que preparó Jesús con su muerte y resurrección es la Iglesia. A esta gran sala del banquete sigue Dios convidando a todos los hombres y mujeres del mundo por medio de sus enviados, pero también hoy como entonces muchos rechazan la invitación. Finalmente, en la parábola hay un último detalle que no podemos olvidar, y es que a la sala del banquete para participar en él no se entra de cualquier manera: hace falta llevar puesto el vestido de fiesta, símbolo de la gracia y amistad con Dios, este vestido blanco es el bautismo y cuando éste se mancha por el pecado el Señor nos dejó el otro sacramento para el perdón de los pecados, así podremos no solo entrar en la sala del banquete sino participar en él con el mayor fruto en la sagrada comunión.
Tanto el profeta Isaías como Jesús nos han hablado de la salvación como un gran banquete, Pablo, en cambio, nos asegura que eso es sólo un símbolo, que no es la realidad plena. El Señor no dijo que la salvación, o sea el Reino de los cielos, es un banquete, sino que se parece a un banquete, por eso Pablo puede experimentar la salvación no sólo como banquete, sino también como penuria: “Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación”. Si la salvación es Jesucristo, y Pablo se ha encontrado con él, todo lo demás queda relativizado. Para el Apóstol, el verdadero bien, la auténtica plenitud, la vida verdadera es Cristo: “Para mía la vida es Cristo y una ganancia el morir”, nos había dicho, y por eso frente a las dificultades de la existencia puede reaccionar con total confianza en el Señor: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.
En la Mesa eucarística están los dones de la salvación. Los manjares suculentos, los vinos generosos de que hablaba Isaías como anticipo de la salvación, se convierten en el altar en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Ellos son para nosotros comida y bebida de salvación. Que el Señor, que nos ha invitado a su Mesa, nos encuentre con la vestidura blanca de su gracia y de su amor para poder participar dignamente del banquete del Reino de los cielos.
P. José Mª de Miguel, osst