Hoy, viernes 23 de octubre, la Familia Trinitaria celebra la Fiesta del Santísimo Redentor. Y lo hace con el corazón lleno de nombres y de rostros: los de tantos hermanos que, en distintos lugares del mundo, son discriminados, perseguidos, encarcelados o asesinados por confesar a Cristo. Con esta fiesta concluye el septenario de oración por los cristianos perseguidos que comenzó el pasado sábado 17 de octubre y que, durante siete días, ha reunido en oración a comunidades, fraternidades, parroquias, colegios y grupos trinitarios de toda España.
No es casual que ambas cosas vayan unidas. El septenario no ha sido un paréntesis piadoso antes de la fiesta, sino su mejor preparación: mirar a quienes hoy padecen por el nombre de Cristo es la manera trinitaria de contemplar al Redentor.
Cristo, el Redentor que «se entregó por nosotros»
La fiesta celebra a Cristo Redentor, que «se entregó a sí mismo por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad» (Tit 2,14). Redimir significa, en su sentido más literal, rescatar: pagar el precio de la libertad de quien está cautivo. En la cruz, Cristo no solo ofrece un ejemplo de amor, sino que rompe las cadenas que atan al ser humano y le devuelve la dignidad de hijo de Dios.
Para la Familia Trinitaria, esta palabra tiene un peso especial. Desde que san Juan de Mata fundó en 1198 la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, la redención no ha sido solo un misterio que se contempla, sino una tarea que se prolonga. Los primeros trinitarios recorrían los caminos del Mediterráneo para rescatar a los cristianos esclavizados a causa de su fe, y llegaban a ofrecer su propia libertad a cambio de la de ellos. Celebrar al Santísimo Redentor es, para la Orden, volver a la fuente de su propio carisma: imitar a Cristo que rescata, allí donde hoy alguien sigue cautivo.
Cristo sigue padeciendo en sus miembros
Camino de Damasco, Saulo escuchó una pregunta que cambió su vida: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4). Jesús no le preguntó por qué perseguía a sus discípulos, sino por qué le perseguía a Él. En esa identificación se apoya la intuición que ha guiado el septenario: Cristo sigue padeciendo hoy en quienes sufren por su nombre, y quien se acerca a ellos se acerca al Redentor.
Por eso, durante estos días, la oración de la Familia Trinitaria ha recorrido un mapa extenso del dolor. Un mapa que el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, trazó el pasado 26 de septiembre ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: los ataques en la República Democrática del Congo, la situación de Sudán, Sudán del Sur, Somalia y el Sahel, la violencia en Cabo Delgado, el sufrimiento en Tierra Santa, las dificultades en Venezuela, Haití, Cuba y Nicaragua, y la realidad de tantos refugiados y desplazados que han tenido que dejar su tierra a causa de su fe. A ellos se suman los lugares donde la Familia Trinitaria está presente y acompaña a los cristianos perseguidos, como Siria, Irak, Nigeria, Sudán o la India.
Las palabras del Cardenal han acompañado toda la semana como una consigna: guardar silencio ante este sufrimiento sería una traición a la misión de la Iglesia y a los derechos humanos universales.
Siete días para no guardar silencio
Este año, Solidaridad Internacional Trinitaria (SIT) proponía vivir el septenario a través de cuatro gestos: orar, celebrar, difundir y colaborar. Con ellos, la Familia Trinitaria ha querido responder a la petición que los propios perseguidos repiten una y otra vez: «No nos olvidéis; rezad por nosotros».
La oración ha sido el centro de estos días, porque es la primera y más poderosa forma de solidaridad. La Eucaristía, celebrada con subsidios litúrgicos comunes, ha unido a toda la Familia Trinitaria en el memorial del Redentor, fuente de la fortaleza de los mártires. Las meditaciones y testimonios compartidos en grupos, parroquias, colegios y redes sociales han querido dar voz a quienes viven una persecución que el mundo ignora. Y la colaboración con SIT ha permitido que esa oración se traduzca en ayuda concreta para comunidades y familias que pagan un alto precio por su fe.
Una fiesta que no cierra nada
El septenario termina hoy, pero la causa que lo sostiene no termina con él. La Fiesta del Santísimo Redentor no es un punto final, sino un envío: la redención que Cristo ofreció de una vez para siempre sigue necesitando manos, voces y corazones que la hagan presente allí donde la fe se vive bajo amenaza.
Esa es la tarea que Solidaridad Internacional Trinitaria asume cada día, acogiendo los anhelos de libertad y los gritos de esperanza de quienes sufren por su fe en Cristo. En Alepo, por ejemplo, el SIT apoya a la parroquia latina de La Anunciación, donde los niños encuentran cada tarde clases de apoyo escolar y las mujeres reciben formación para sacar adelante a sus familias. Son gestos sencillos que ayudan a que una presencia cristiana de dos mil años no desaparezca.
La Familia Trinitaria pone esta fiesta, y todo lo vivido durante el septenario, bajo la intercesión de la Santísima Virgen, Madre del Buen Remedio, y de los santos fundadores, Juan de Mata y Félix de Valois, con el deseo de renovar el lema que la identifica desde hace más de ocho siglos: «Gloria a ti, Trinidad, y a los cautivos libertad».
Quien desee seguir sumándose a esta tarea puede hacerlo orando —el gesto más importante de todos—, difundiendo estas realidades para que no queden en el silencio, y también con una aportación económica a SIT-España (Orden de la Santísima Trinidad):
- Cuenta: ES24 0182 4003 1802 0163 2342
- Bizum: 09077
- Contacto: sit@trinitarios.es · www.sit-general.com
Porque celebrar al Redentor es, al final, comprometerse con la libertad de aquellos por quienes Él dio la vida.