La actual situación política y social que estamos viviendo es lo que me ha llevado al último empujón para sacar estas reflexiones a la luz. La situación refleja una urgencia absoluta de dar la cara a la verdad y de plantar cara a la mentira. Ante tal situación debería crecer en cada persona la responsabilidad de poner su granito de arena en la lucha a favor de la verdad y en contra de mentira.
Nos proponemos ante todo responder a la siguiente cuestión: ¿aún es importante la verdad?
Se da una creciente importancia a la belleza. Se admite la importancia de la justicia como condición de posibilidad para la convivencia ciudadana. Pero apenas se da importancia a la verdad. Últimamente, en nuestra Orden se está reflexionado en torno al tema de la libertad, pues “para libertad nos liberó el Señor” (Gál 5, 1). Pero es necesario tomar en serio que es la Verdad la que nos hace libres. “La verdad os hará libres” (Jn 8, 32), recordó Jesús a los suyos a lo largo de su vida pública.
Con motivo de los 700 años del nacimiento de Santo Tomás de Aquino (1225-2025), es muy importante recordar que fue y sigue siendo todo un maestro en la búsqueda y en la defensa de la verdad. El Aquinate es un buen representante de la tradición y de la cultura clásica de Occidente. En su tiempo recogió y transmitió las lecciones de sabiduría más destacadas en las diversas tradiciones de la cultura occidental. Es importante seguir a Tomás de Aquino que dada la distancia temporal, está libre de las contaminaciones ideológicas y de las parcialidades políticas que han acompañado a la modernidad y posmodernidad. Y también elegimos a este teólogo medieval como modelo porque su confianza en el valor de la verdad fue absoluta. Tomás de Aquino meditó sobre la verdad como creyente y teólogo. Pero fue un gran mérito suyo establecer una armoniosa configuración de la razón y la fe. Por eso se convirtió en maestro para creyentes y no creyentes.
¿Es importante la verdad?
Para esta pregunta nos resulta muy sugerente lo que afirma el teólogo español Felicísimo Martínez:
“En nuestro momento histórico el escepticismo se disfraza de mil maneras para sospechar y desconfiar de la posibilidad de alcanzar la verdad. El disfraz más reciente es el de la posverdad. Por eso crece cada día el número de personas que renuncian a la búsqueda de la verdad y se conforman con la opinión que cada cual le resulta más conveniente y amigable” (ver su obra Meditaciones sobre la verdad, p. 17).
Pero también tenemos que ser conscientes que la conquista de la verdad será siempre una tarea inconclusa. Desde un nivel más práctico de la verdad, queremos demostrar que la mayor importancia de la verdad se juega en la vida de las personas, en las relaciones cortas y en las relaciones largas que componen el tejido social. Al final, la importancia de la verdad consiste y se refleja en “la verdad de la vida”. Lo importante, en definitiva, es hacer la verdad, practicar la verdad, vivir en la verdad.
¿Qué enemigos se van colando a la verdad para bloquearla?
- Enemigo de la verdad es hoy lo políticamente correcto, que impone dictadura y censura al pensar y al decir de las personas.
- Enemigo de la verdad es un pragmatismo o utilitarismo burdo que confunde lo útil, lo práctico y lo apetecible con lo verdadero.
- Enemigo de la verdad hoy, como lo fue siempre, es la “pereza mental”. Porque la búsqueda de la verdad requiere esfuerzo.
- Y enemigo de la verdad ha venido a resultar la propia historia de la verdad: tiene tantos crímenes, tantas víctimas, tanta violencia, tanta sangre a sus espaldas, que muchas personas solo asocian la verdad con el dogmatismo, con el fundamentalismo, con la violencia.. Contra este enemigo es preciso luchar para seguir defendiendo la verdad.
Pero existe el nivel de la verdad, que es la apertura a la trascendencia, que nos lleva a las verdades últimas o trascendentales. La estética, la ética, las religiones tiene aquí una urgente tarea que realizar con respecto a la verdad.
La actividad educativa es el ámbito en el cual las personas deberían ser iniciadas en el aprecio de la verdad, en la búsqueda de la verdad. Para ejercer esta responsabilidad con rigor y competencia necesitan educar desde la libertad y para la libertad. La verdad sólo nace y se defiende desde una absoluta libertad. Creemos que nuestros centros educativos deberían jugar un papel muy importante en esta búsqueda de la verdad.
¿Por qué esa creciente sospecha sobre la verdad?
Esta creciente sospecha es por lo que más arriba hemos recordado, porque lamentablemente el término verdad se asocia con frecuencia con el dogmatismo, con el fundamentalismo, con la violencia, con la cruzada, con la intolerancia.
Sin embargo, la verdad está más cercana del amor y de la misericordia que de la violencia y la intolerancia. Los salmos bíblicos así lo cantan: “La misericordia y la verdad se han dado cita” (Sal 85, 11).
¿Ha sido pura fantasía o craso error el esfuerzo de las religiones por descubrir y proponer las verdades últimas, aquellas que se refieren básicamente al sentido último de la vida y a la salvación definitiva de los seres humanos? ¿Se puede vivir y convivir al margen de la verdad?
En el juicio a Jesús, estuvo presente el asunto de la verdad (cfr Jn 18, 37-38). Pilato ni siquiera esperó su respuesta. Quizá no le interesaba demasiado. El tema de la verdad debería estar en todos los juicios. Probablemente a Pilato le interesaba sobre todo resolver el problema político que para él representaba Jesús.
Lo importante es la búsqueda de la verdad, no la apropiación
Se trata de no imponer la verdad, sino buscar la verdad todos juntos, en diálogo. El objetivo último de la educación es buscar la verdad. “Buscar la verdad en equipo”. La verdadera relación con la verdad es la búsqueda, no la apropiación. La verdad no es patrimonio o propiedad de nadie.
Cada vez nos sentimos más inseguros frente a la verdad, incluso en el ámbito de las ciencias experimentales y de las nuevas tecnologías. Crece la inseguridad con respecto a la verdad en el ámbito de la cultura, de los valores, del sentido de la vida. Hasta tal punto ha creado esa inseguridad que, en relación con el futuro, se ha definido al hombre actual como “el hombre del quizá”, de la duda permanente.
No se encuentran caminos que conduzcan a la verdad absoluta. Un personaje tan ortodoxo y tan creyente como santo Tomás de Aquino hizo ya en la Edad Media esta afirmación: “Que la verdad en general existe, es evidente por sí mismo; pero que existe la verdad absoluta, eso no es evidente para nosotros (Sth I, 2, 1 ad 3). La verdad absoluta trasciende los límites de nuestro limitado conocimiento.
La verdad no está reñida con el interrogante. Con frecuencia es el interrogante el que apunta en la dirección correcta para encaminarse hacia la verdad. A ese camino lo llamaban los medievales “Las cuestiones disputadas”.
El filósofo Averroes suscitó el problema de la doble verdad, de la relación entre la verdad de la razón y la verdad de la revelación. La teología cristiana ha hecho un esfuerzo ímprobo para probar la no contradicción entre la verdad de la razón y la verdad de la revelación. La religión no debe meterse a científica, so pena de tener que retroceder, como ha sucedido tantas veces ante la evidencia científica (el caso del evolucionismo, geocentrismo…). Pero tampoco a la ciencia le conviene meterse a dogmatizar.
La cuestión de la verdad ha perdido peso ético
El mayor problema de la verdad se sitúa hoy en día en los niveles de la ética. Con razón santo Tomás señalaba la verdad entre las virtudes morales (Sth, I, 16, 4 ad 3; II-II, 109, 1, 2 y 3; 110; 1c; 111, 3 c). Incluso coloca la verdad dentro de la importante virtud de la justicia (Sth, II-II, 109, 3).
Vivir en la verdad implica honestidad, veracidad, sinceridad, franqueza. Lamentablemente hoy la cuestión de la verdad se está distanciando cada vez más de la cuestión sobre la dignidad de las personas. La cuestión de la verdad ha perdido peso ético.
Es importante la verdad porque de ella dependen en gran medida las posibilidades de una convivencia solidaria entre las personas y los pueblos. Piénsese en los conflictos bélicos la cantidad de mentiras, como también en los programas políticos.
Fuera de la verdad no hay verdadera humanidad, ni posibilidades de humanización. Por eso el autor bíblico hace la siguiente invitación: “Combate hasta la muerte por la verdad y el Señor Dios peleará por ti” (Si 4, 28).
Y la verdad es tan importante que quien la dice y la defiende puede estar seguro que tendrá que afrontar oposición y enemistades. La historia de Jesús es un ejemplo patente de este rechazo de la verdad y de quienes las defienden: “Tratáis de matarme a mí, que os he dicho la verdad” (Jn 8, 40). Y san Pablo se convierte en enemigo de los gálatas solo porque les ha dicho la verdad: “¿Es que me he vuelto enemigo vuestro diciéndoos la verdad? (Gál 4, 16).
Se secuestra la verdad con la injusticia. En esta línea san Pablo escribe en la carta a los Romanos: “En efecto, la cólera de Dios se manifiesta desde el cielo contra la impiedad e injusticia que aprisionan la verdad en la injusticia” (Rom 1, 10).
Con razón se ha dicho que en todas las guerras y conflictos la primera víctima es la verdad.
La dimensión teologal de la verdad
Desde la perspectiva cristiana, hay una dimensión fundamental de la verdad. Es la dimensión teologal. Esta dimensión considera la verdad en el ámbito de Dios, el ámbito de lo divino. La verdad definitiva consiste en esa realización progresiva de la realidad, tal cual ha sido concebida y proyectada por Dios. La verdad teologal nos es dada como un don y reclama ser aceptada en fe y confianza.
Santo Tomás de Aquino no se cansa de repetir que la verdadera sabiduría consiste en llegar hasta la verdad primera, que es Dios Trinidad. La sabiduría consiste en la explicación de la realidad por la causa última o primera que es Dios. Dios es la suma y primera verdad (STh I, 16, 5c). “La razón divina es la verdad misma” (Sth, I-II, 93, 1 ad 3).
Los escritos de san Juan subrayan con insistencia esta dimensión teologal de la verdad. Dios es la verdad. La verdad es el ámbito de Dios. El demonio es el padre de la mentira (Jn 8, 44). La mentira es demoniaca.
Juan Pablo García Maestro, OSST
Universidad Pontificia de Salamanca