Hay quien piensa que rezar por alguien es lo mínimo que se puede hacer, casi un gesto de repliegue cuando no queda otra cosa por hacer. La tradición cristiana lo entiende justo al revés: orar por quien sufre no es la opción de quien no puede actuar, sino la forma más honda de estar junto a él. «Acordaos de los presos, como si estuvierais presos con ellos; y de los que son maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo» (Hebreos 13,3). No dice «acordaos de ellos desde fuera», sino «como si estuvierais dentro». Esa es la clave para entender por qué rezar por los cristianos perseguidos no es un gesto piadoso más, sino un acto de solidaridad, de comunión eclesial y de caridad fraterna en toda regla.
Un acto de solidaridad: hacer propio el dolor ajeno
Solidaridad es, en su sentido más literal, asumir como propia la suerte de otro. Cuando alguien reza por un cristiano encarcelado en Corea del Norte, por una familia desplazada en Nigeria a causa de Boko Haram o por una comunidad que en Siria intenta reconstruir su casa entre los escombros, no está pidiendo un favor a distancia: está diciendo, en el lenguaje más antiguo que tiene el creyente, «esto también me pertenece». San Pablo lo formula con una imagen insuperable: «Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él» (1 Corintios 12,26). La persecución religiosa suele presentarse como un problema lejano, ajeno a la vida cotidiana de quien la lee en una noticia. La oración deshace esa distancia: convierte la información en vínculo y al perseguido, de estadística, en hermano.
Un acto de comunión cristiana: la Iglesia es una sola
La Iglesia no se define por fronteras geográficas ni por la comodidad con que cada comunidad vive su fe, sino por un mismo Bautismo y un mismo Espíritu. Por eso, cuando una parroquia en Erbil sigue abierta pese al riesgo, o cuando en el Golfo Pérsico millones de cristianos viven su fe en la clandestinidad, no ocurre «en otra Iglesia»: ocurre en la misma Iglesia a la que pertenece quien reza por ellos, aunque estén a miles de kilómetros. La oración es el modo en que esa comunión se hace visible incluso cuando la distancia física o política impide cualquier otro tipo de encuentro. Nadie puede visitar cada cárcel, financiar cada escuela o abrazar a cada familia desplazada; pero cada creyente puede, desde donde esté, sostener con su oración a quien sí lo hace y a quien lo sufre. Es la manera en que el Cuerpo de Cristo permanece unido incluso cuando algunos de sus miembros están heridos.
Un acto de caridad fraterna: orar no sustituye a actuar, lo impulsa
Conviene deshacer un malentendido: presentar la oración como acto de solidaridad y comunión no significa relegarla a gesto simbólico, cómodo, que no compromete a nada. La caridad cristiana ha entendido siempre la oración como el primer paso de una acción más amplia, no como su sustituto. Es lo que en su día llevó a San Juan de Mata a fundar, en 1198, la Orden de la Santísima Trinidad: no se limitó a orar por los cautivos de su tiempo, sino que convirtió esa oración en caridad redentora, en gestos concretos de liberación. «Gloria a la Trinidad y a los esclavos libertad» no separa nunca ambas cosas: la alabanza a Dios y el compromiso con quien sufre son, para el carisma trinitario, una sola cosa.
La respuesta trinitaria, hoy
Esa misma vocación sigue viva, más de ocho siglos después, en la labor cotidiana y silenciosa de la Familia Trinitaria en los lugares donde la fe se paga con persecución. En Siria, los trinitarios sostienen escuelas cristianas en Alepo, reparten ayuda alimentaria y acompañan la reconstrucción de viviendas destruidas por la guerra. En Nigeria, atienden a familias desplazadas de Maiduguri por la violencia de Boko Haram. En Irak, colaboran con parroquias de Erbil, Qaraqosh y Bartella sosteniendo comedores y guarderías para las comunidades cristianas que resisten en la llanura de Nínive. En el Golfo Pérsico, una presencia discreta ofrece atención sacramental a los más de dos millones de cristianos que viven allí su fe de manera oculta. En India, frailes y religiosas acompañan a comunidades cristianas excluidas de derechos básicos por su pertenencia religiosa. Y en Sudán, la Orden ha liberado a niños esclavizados, ha sostenido a cristianos encarcelados por su fe y ha impulsado granjas educativas para dar futuro a quienes lo perdieron todo.
Toda esa labor —presente hoy en una decena de países marcados por la persecución— nace del mismo gesto que la sostiene: la oración que se convierte en compromiso. Por eso, desde 1999, Solidaridad Internacional Trinitaria (SIT) existe precisamente para dar forma actual a lo que San Juan de Mata vivió en 1198, acogiendo los anhelos de liberación y los gritos de esperanza de quienes sufren por su fe en Cristo.
Una manera de estar cerca
Rezar por los cristianos perseguidos, entonces, no es un consuelo pasivo ni una forma de mirar hacia otro lado con la conciencia tranquila. Es reconocerlos como parte del mismo cuerpo, es hacer suya su causa y es, sobre todo, el primer eslabón de una cadena de caridad que otros —religiosos, laicos, comunidades enteras— convierten después en escuelas, alimento, techo y acompañamiento. Nadie tiene que recorrer solo ese camino. Se puede colaborar con el SIT orando —el gesto más importante de todos—, difundiendo estas realidades para que no queden en el silencio, y también con una aportación económica a través del Bizum 09078.
Porque, al final, cada oración por un hermano perseguido es ya un pequeño acto de libertad: la libertad de quien, aunque no pueda romper cadenas ajenas, se niega a dejar a nadie solo tras ellas.