Ez 33,7-9; Sal 94; Rom 13,8-10; Mt 18,15-20
La enseñanza principal de las lecturas bíblicas que acabamos de leer se refiere al amor al prójimo. ¿Y por qué insiste la Sagrada Escritura tanto sobre este asunto? Pues porque el amor al prójimo incluye todos los demás mandamientos. Aún más, los otros mandamientos que nombra San Pablo: “no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquiera de los otros mandamientos”, si no están impulsados por el amor al prójimo se convierten en pura hipocresía o lucimiento personal. Por eso el Apóstol resume toda la moral cristiana así: “A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo, porque el que ama ha cumplido el resto de la ley”. El amor es nuestra única deuda. Porque “el amor no hace mal al prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor”. Y san Agustín lo resumió de forma lapidaria: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”.
Pero ¿cómo podemos realizar este precepto de manera práctica y concreta? Amar al prójimo es ayudar al otro a ser mejor, a apartarse del mal camino para alcanzar la salvación: ¿Aman los padres a los hijos cuando les dejan hacer lo que quieren y no los corrigen cuando se desvían del buen camino? ¿Quieren los padres la salvación de sus hijos si desde pequeños les consienten todo, incluso lo que les perjudica moralmente? La madre de san Agustín, Santa Mónica, no descansó implorando al Señor la salvación de su hijo… hasta que lo consiguió. Los padres cristianos que quieren a sus hijos, y que el amor mayor es que alcancen la salvación, rezarán por ellos y no se contentarán con decir que son buenos, aunque ya no pisen la Iglesia.
El profeta Ezequiel y luego Jesús en el evangelio, nos hablan este domingo de la importancia de la corrección fraterna. Si no la realizamos, y el malvado se pierde, el Señor nos pedirá cuenta, “pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida”. Ahora bien, ¿cómo realizar la corrección de modo que se salvaguarde la caridad? “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”. Por ejemplo, los padres con el hijo o la hija sin más testigos con mucha paciencia y caridad. O también, si un miembro de la comunidad parroquial o diocesana, un religioso o un teólogo, dice o hace algo contra la fe o la moral públicamente, el párroco o el obispo le llamarán al orden privadamente. Este es el primer paso. Si esto fracasa, realizará la corrección en presencia de uno o dos testigos. Si tampoco hace caso y persiste en su pecado interviene la comunidad, o sea, la Iglesia. Y si a la comunidad tampoco hace caso, “considéralo como un pagano”.
Para que la corrección sea eficaz y podamos volver al buen camino, Jesús nos dejó el sacramento de la penitencia, es el poder de “atar” y “desatar” de que nos ha hablo el Señor. Pues por el pecado quedamos atados, atrapados por él; por el sacramento de la penitencia la Iglesia nos desata, nos libera de la servidumbre, a que nos somete el pecado. Para poder realizar todo esto, Jesús nos recuerda el poder de la oración hecha en su nombre, “porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Es el poder de la oración que la Iglesia dirige al Padre por medio de Jesucristo en la comunión del Espíritu Santo.
Todos los domingos nos reunimos en su nombre: Jesús nos preside y nos acompaña, de Él nos llega la fuerza para cumplir los mandamientos, empezando por el primero de ellos el amor a Dios y al prójimo, y cuando fallamos nos otorga el perdón, si se lo pedimos con humildad acercándonos al sacramento que nos dejó para desatar las cadenas de nuestros pecados.
José Mª de Miguel, osst