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  • 18/07/2024

La transmisión de la fe en una pluralidad de caminos

Juan Pablo García Maestro
  • Vida Trinitaria

Hace unas décadas la transmisión de la fe se llevaba a cabo a través de tres grandes afluentes: la familia, la escuela y la parroquia. Tenemos que reconocer que estos afluentes no corresponden a la realidad. En la familia, con frecuencia perece que se ha secado. En la escuela, la aportación de lo religioso se ha reducido. La parroquia, cada vez menos frecuentada, no alimenta más que una débil parte de los bautizados, y muchos creyentes no encuentran en ella una verdadera respuesta para sus grandes interrogantes e inquietudes. A esto hay que añadir de forma especial la cultura secularista y plural en la que nos movemos y existimos. Desde hace tiempo venimos insistiendo que el pluralismo religioso es el mayor reto que tiene hoy la Iglesia,  la Teología y la acción pastoral a la hora de transmitir la fe. 

También somos conscientes que probablemente una de las causas del fracaso de la transmisión está el cristianismo desvirtuado, light, al que les hemos pedido adherirse a muchos que se consideran cristianos. Nos olvidamos lo que decía Tertuliano: “que uno no nace cristiano, sino que se hace cristiano”. 

La transmisión de la fe, como la fe misma, es una tarea difícil y compleja. Para llevarla a cabo necesitamos ayuda. Porque el único sujeto de la transmisión son las comunidades cristianas vivas, dispersas por el mundo, insertadas en medio de la sociedad en la que viven y dando allí testimonio, son su forma alternativa de vivir, del amor de Dios a los hombres. 

Por otro lado, la crisis de la transmisión de la fe está en la falta de vitalidad de las comunidades y la carencia de dinamismo, entusiasmo y capacidad de liderazgo de los agentes de la evangelización. El proceso de la transmisión requiere la atención al Maestro interior y al testimonio del Espíritu en el interior de cada persona. Cabe ciertamente transmisión, pero enraizada y culminada por el descubrimiento de cada uno a partir de sí mismo y de su propia fuente. En eso consiste justamente la mistagogia. Y todo ello porque como afirmaba Hans Urs von Balthasar “el hombre es un ser con un Misterio en su corazón que es mayor que él mismo”.

Porque el encuentro con Dios tiene lugar del alma en el más profundo centro (san Juan de la Cruz), pero el hombre puede instalarse en la superficie de sí mismo, en la dispersión de sus quehaceres, en la alienación de una vida volcada hacia las posesiones. No olvidemos que el camino de la conversión del hijo pródigo tuvo su primer paso en la vuelta sobre sí mismo, recapacitando en todo que había hecho (cfr Lc 15, 11-32). 

Por último, recordamos algo que vamos a insistir en el último apartado, que el punto crucial de la transmisión de la fe es el “testimonio”. El testimonio es el lenguaje por excelencia para transmitir la realidad, la presencia de una persona y la fidelidad a la misma. En el martirio, el absoluto del sacrificio revela y glorifica el absoluto de la verdad. El testimonio constituye la más adecuada y eficaz invitación a la fe, la más perfecta propuesta de la fe que pueda darse. El testimonio es, sin duda, el medio por excelencia de la comunicación religiosa. 

Desde el método de la Teología Pastoral, del ver, juzgar y actuar, afrontaremos en un primer apartado los grandes escenarios o signos de los tiempos que debemos tomar en serio para transmitir la fe en la cultura actual. En un segundo momento, concluiremos con propuestas prácticas para el futuro de la transmisión de la fe. 

Los grandes escenarios para la transmisión de la fe hoy

Se trata de escenarios que son lugar de anuncio del Evangelio y de experiencia eclesial. Se refiere a escenarios culturales, sociales, económicos, político y religioso. Esos escenarios son signos de un cambio en acto que es reconocido como el contexto en el cual se desarrollan nuestras experiencias eclesiales. Pero la Iglesia, los creyentes están llamados a un discernimiento y han de ser confrontados con la le cristiana. En estos escenarios no podremos ahondar con toda la amplitud que cada uno exige, por lo que destacaremos lo más importante de cada uno de ellos. 

a) El escenario cultural de fondo. Aquí se hace alusión al fenómeno de la secularización en el que se encuentra radicado en modo particular el mundo occidental. En este escenario se incluye el desafío del increencia y de los nuevos ateísmos. 

Los llamados nuevos ateísmos (Paolo Flores de Arcais, Fernando Savater, Dawkins, entre otros) se fundamentan en la teoría de la proyección del filósofo alemán Lüdwig Feuerbach, padre intelectual del ateísmo moderno.  “El ser humano proyecta en un ser ideal lo que nos gustaría ser y no podemos ser”. Sin duda que esta visión, supone un reto también para la religión cristiana, para la teología, pues debe demostrar que Dios no es el resultado de proyectar nuestros deseos. Debemos dejar a Dios ser libre y no considerar como intocables nuestras proyecciones sobre Él. 

Sin embargo, implica también un reto para los nuevos ateísmos, porque si “no es Dios quien ha creado al hombre, sino que más bien, es el ser humano quien ha creado a Dios; es decir, si Dios nace del anhelo de superar la fragilidad, la muerte, la ignorancia y la maldad del ser humano: ¿cómo entender la imagen de Dios frágil y cómo entender la fe como seguimiento al Crucificado en los crucificados del mundo? 

En este escenario cultural, ¿qué alternativas presenta el cristianismo a esta realidad?

En primer lugar, creemos que el cristianismo ha de poner en el centro de su mensaje el valor de la esperanza. Y ello porque por la experiencia sabemos que no hay expectativas de que el progreso inmanente genere a emancipación de la humanidad, sino que, al contrario, se proclame el fracaso final y la fragmentariedad de las realizaciones históricas. Creemos que esta pandemia que hemos vivid del Covid-19 ha revelado a las claras lo vulnerables que somos los seres humanos y sobre todo los límites del progreso. 

De ahí, que la esperanza cristiana ha de ser relativizadora de las utopías de liberación, ya que espera la redención final del don divino y no de la lucha prometeica del hombre. No aceptamos que hayamos llegado al final de la historia (Fukuyama), el de la economía del mercado que proclaman las teorías neoliberales, ni es conciliable con un progreso indefinido. También rechazamos una concepción cíclica de la historia y el pesimismo de los que proclaman un devenir sin meta final alguna. En esta línea afirmaba el teólogo alemán Johann Baptist Metz: “No habría final peor que el que no hubiese ningún final”.  

En lenguaje cristiano diremos que el Reino de Dios es el resultado de su intervención final en la historia, aunque la construcción del reino sea también tarea de la comunidad. Se trata de construir el reino desde los que más sufren a los que hay que motivar y dar esperanza. 

b) El escenario social

En este escenario destacar el fenómeno migratorio y la globalización. El problema de la emigración pone en entredicho el fenómeno de la globalización. Pues consideramos que una globalización que acentúa las desigualdades, que ignora a los desposeídos de la sociedad, que deshumaniza, se convierte en una globalización salvaje que pone en peligro la paz y la supervivencia de todos. Por lo tanto, necesitamos nutrirla del humus ético, para que sea una realidad más justa y solidaria, con capacidad de incluir a los emigrantes, a los más pobres de la tierra. “Porque, en este nuevo contexto donde nos hace más cercanos, no podemos ignorar que no nos hace más hermanos” (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 19). 

Por eso la Iglesia está llamada a humanizar la globalización y a globalizar la solidaridad.

En cuanto a la actitud cristiana frente a los emigrantes, somos conscientes que cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia (cf. Mt 25, 35.43). A cada ser humano que se ve obligado a dejar su patria en busca de un futuro mejor, el Señor le confía al amor maternal de la Iglesia. Esta solicitud ha de concretarse en cada etapa de la experiencia migratoria: desde la salida y a lo largo del viaje, desde la llegada hasta el regreso. Es una gran responsabilidad que la Iglesia quiera compartir con todos los creyentes y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que están llamados a responder con generosidad, diligencia, sabiduría y amplitud de miras- cada uno según sus posibilidades- a los numerosos desafíos planteados por las migraciones contemporáneas. 

c) El escenario económico 

Desde una lectura creyente y crítica se constata que en nuestra humanidad existe una diferencia cada vez más abismal entre ricos y pobres. Estudios realizados sobre esta desigualdad afirman que las ocho personas más ricas del mundo poseen tanto como la mitad de la población mundial (actualmente unos 3700 millones de personas). 

Las desigualdades económicas, el uso de recursos (tanto humanos como naturales), no es deber de la Iglesia de dar soluciones a estos problemas, pero sí de denunciar todo aquello que va en contra del bien común de la humanidad, en especial de los más desfavorecidos. 

“La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: la negación de la primacía del ser humano y su reducción a una sola de sus necesidades: el consumo” (EG 55). 

La actual crisis económica es también una crisis ética y cultural. Una crisis así exige la protesta, pero también la propuesta. El papa Francisco invita al altruismo y  a la moralización de la vida económica: “Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una ética en favor del ser humano” (EG 58). 

La Iglesia también propone en la línea de la Doctrina Social de la Iglesia el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, y que y deben tener espacio en la actualidad económica ordinaria” (Benedicto XVI, Caritas in veritate 36). 

d) El escenario político

En este escenario si bien tendríamos que afrontar el desafío del mundo islámico, el del gigante asiático, el compromiso por la paz, el desarrollo de los pueblos y la defensa de los derechos humanos, sobre todo de las minorías, sin embargo, nos centraremos en la salvaguardia de la creación y el empeño por el futuro de nuestro planeta. Para ello, seguiremos las aportaciones del papa Francisco en su encíclica social Laudato si (LS) (2015). 

Creemos que la transmisión de la fe implica un compromiso con la transformación de la realidad y una lectura creyente de la historia. De ahí, que el punto de partida de la salvaguardia de la creación es que “la creación es un don, es un regalo, un don maravilloso que Dios nos ha dado para que cuidemos de él y lo utilicemos en beneficio de todos, siempre con respeto y gratitud”.

Otra cosa que debemos saber sobre el cuidado de la Casa Común es la toma de conciencia que pertenecemos a una misma familia. “La tierra es como una hermana, como una madre bella” (LS 1). Y todos los seres humanos estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal” (LS 89). 

Todo está conectado. Nada subsiste de modo aislado o independiente. En realidad, la afirmación “todo está conectado” recorre el texto de la LS y puede ser interpretada como uno de los ejes de comprensión de la encíclica del papa Francisco. Si la fraternidad conforma la realidad, debería modelar nuestra actitud ante ella. 

Consideramos muy oportuno y profético que la encíclica LS denuncie todo antropocentrismo despótico que se desentiende de las demás criaturas (cf. LS 68). No olvidemos que el fin último de las demás criaturas no somos nosotros (LS 83). Por ello hay que denunciar todo antropocentrismo interpelado como dominio y apelar a la responsabilidad de todos en la creación.  

Para escuchar el gemido de la tierra, no basta con el lenguaje de la alabanza. Por eso, es esencial acudir a la ciencia pues sólo así se puede construir un discurso riguroso, apoyado sobre datos sólidos fiables. No basta la buena voluntad, se precisa conocimiento. “La ciencia y la religión, que aportan diferentes aproximaciones a la realidad, pueden entrar en un diálogo intenso y productivo para ambas” (LS 62). Existe un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático” (LS 23). 

Sin embargo, no es suficiente señalar los síntomas del perjuicio que estamos causando sobre la Tierra, también hay que tener en cuenta las causas profundas que lo generan. El Papa señala que una de las causas es la cultura del descarte que lleva a cosificar y degradar las realidades y a desechados. Aplicamos una misma lógica consumista que aprecia las cosas en tanto sirven y no por su valor intrínseco. 

Otra de las causas que está dañando la Tierra es el cómo se interpreta la economía. “Los recursos de la tierra están siendo depredados a causa de formas inmediatistas de entender la economía y la actitud comercial y productiva” (LS 32). 

La ambición económica que tan bien protege los intereses particulares, con frecuencia perjudica el interés común. Con acierto afirmaba ya en su exhortación Evangelii gaudium el papa Francisco: “Cualquier cosa que sea frágil, como medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertido en regla absoluta” (EG 56).

e) El escenario comunicativo 

Sobre este escenario comunicativo o de la revolución digital desearía iniciar con esta cita del sociólogo polaco Zygmunt Bauman: “Las redes sociales han cambiado la forma en que la gente protesta o la exigencia de trasparencia. Internet también nos adormece con entretenimiento barato. En vez de un instrumento revolucionario como las ven algunos, ¿son las redes en el nuevo opio del pueblo? 

Con redes la gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. En la red te comunicas con gente que piensa como tú. Pero el diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar, porque es tan fácil evitar la controversia. Mucha gente usa las redes no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino, al contrario, para encerrarse en lo que llamamos zonas de confort, donde lo que ven son reflejos de su propia cara. Como dijo el papa Francisco al periodista italiano Eugenio Scalfari en una entrevista: las redes son muy útiles, dan servicios muy placientes, pero son una trampa. 

En las redes también predomina “el activismo de sofá”, no se sale a las calles a protestar, no se involucran en las luchas sociales directamente. Sin embargo, en la comunidad real se desarrollan las habilidades sociales; es el lugar donde se discute, nos enojamos y nos reconciliamos. 

Quisiera destacar algunas observaciones críticas del filósofo surcoreano Byun-Chad Han, profesor en la universidad de las Artes en Berlín, que su obra “En el enjambre”. sostiene que hoy predomina las relaciones fugaces, provisorias e inestables. En el centro de todo está la mirada, nos hemos vuelto iconoclastas; la imagen es nuestro ídolo, y la pantalla, nuestro templo. Y a su vez añade este filósofo que actualmente existe una masa incalculable de información, poco conocimiento y nula sabiduría. Hemos pasado de una “sociedad de labradores de pensamiento” a una sociedad de “cazadores de información”, donde aparece el frívolo “estar al día en la información, rápidos, feroces y efectivos. Los cazadores de información viven en el presente buscando, por todos medios, la total trasparencia y a la caza de sucesos públicos y privados. 

Pensando en la formación, ¿no se está formando más cazadores obsesivos de información a toda costa que como labradores de reflexión, de sabiduría, de verdad? 

Desde nuestro ámbito eclesial, desde la transmisión de la fe, creemos que la Red “no es un nuevo medio de evangelización, sino que es sobre todo un contexto en el que la fe está llamada a expresarse no por una mera voluntad de presencia, sino por la connaturalidad del cristianismo con la vida de hombres y mujeres (Antonio Spadaro). 

La primera aportación que debe ofrecer la Iglesia es que en un mundo que busca respuestas, y bombardeados de mensajes, los creyentes deben demostrar que lo que importa es reconocer preguntas significativas, las fundamentales.  

Por último, desearía proponer algunos desafíos que la revolución digital plantea a la pastoral:

  1. En primer lugar, hay que pasar de una pastoral de la respuesta a la pastoral de la pregunta.
  2. De una pastoral centrada en los contenidos a la pastoral centrada en las personas.
  3. De la pastoral de la transmisión a la pastoral del testimonio. 
  4. De la pastoral de la propaganda a la pastoral de la “projimidad”. 
  5. De la pastoral de las ideas a la pastoral de la narración. 
  6.   Pero, sobre todo, una pastoral que esté atenta a la interioridad y a la interactividad. 

A este último desafío de cuidar la interioridad insistiría lo que afirmó el Instrumentum laboris con motivo de la preparación del sínodo de los obispos celebrado en 2012: “Se asiste al debilitamiento y a la pérdida de valor objetivo de experiencias profundamente humanas, como la reflexión y el silencio” (IL 62). 

La Iglesia en la red está llamada no a ser “emisora” de contenidos religiosos, sino una participación del evangelio en una sociedad compleja. Y ello porque el Evangelio no es una mercancía para vender en un mercado saturado de informaciones. 

Sin lugar a dudas que podemos compartir nuestra experiencia de Dios en las redes sociales. Desde el espíritu ignaciano hay que buscar a Dios en todas las cosas, pero estamos llamados a hacerlo con discernimiento. 

f) El escenario religioso

Las cuestiones centrales en este escenario son las siguientes: ¿cómo transmitir la fe en una pluralidad de caminos?; ¿solamente nosotros estamos llamados a transmitir la fe?; ¿qué podemos aprender en el diálogo con las demás religiones?; ¿qué actitud debemos tener ante los otros que creen diferente? 

En la teología cristiana y en la actitud de la Iglesia han predominado algunos paradigmas a la hora de valorar a las otras religiones. Uno de ellos ha sido el exclusivista eclesiocéntrico , que se puede resumir en este adagio: “Extra ecclesiam nulla salus” (fuera de la Iglesia no hay salvación) . El otro paradigma o modelo ha sido el inclusivista cristocéntrico: solamente en Cristo hay salvación. Si bien valora lo verdadero y santo que hay en las demás religiones. Es lo que afirma el Concilio Vaticano II en la declaración Nostra aetete (NE): “La Iglesia valora la acción de Dios en las demás religiones y no rechaza nada de lo que estas religiones hay de santo y verdadero. Y no pocas veces reflejan un destello de aquella “Verdad” que ilumina a todos los hombres” (NE, 2). Y por último el paradigma pluralista teocéntrico, en el que mantiene que lo que nos une a todas las religiones es la creencia en un mismo Dios. Este paradigma no tiene en cuenta la importancia de los mediadores en la historia de la salvación. Sin embargo, la Iglesia mantiene que el único mediador es Cristo. 

El papa Francisco en su última encíclica Fratelli tutti (FT) ha apostado por un nuevo paradigma que debe predominar en el diálogo con las otras religiones: el paradigma de la Fraternidad. En estos momentos estamos llamados a crear la cultura de la fraternidad. O nos hundimos todos o nos salvamos todos. En el diálogo con las otras religiones no siempre ha existido esta fraternidad. ¿Qué peor gesto de fraternidad es el haber excluido de la salvación a las personas de otra religiones y confesiones por el hecho que morían fuera de la Iglesia? Solamente el amor y la fraternidad de los unos hacia los otros nos podrá salvar (cf. Mt 25, 31-46). 

Es verdad también, que el diálogo con los otros implica diálogo y anuncio de Cristo, nos exige una identidad clara, pero a su vez debemos estar dispuestos a aprender de los fieles de otras religiones. Sin identidad no puede haber diálogo. 

En esta línea, el papa Francisco afirma en Fratelli tutti que “Dios no mira con los ojos, Dios mira con el corazón. Y el amor de Dios es el mismo para cada persona sea de la religión que sea. Y si es ateo es el mismo amor. Cuando llegue el último día y exista la luz suficiente sobre la tierra para poder las cosas somo son ¡nos vamos a llevar cada sorpresa!” (FT 281). 

La tesis que sostenemos es que la única actitud exclusivista e inclusivista a la hora de transmitir la fe hacia los otros es la de la Fraternidad. Nuestros planteamientos rígidos teológicos más que unir a veces nos separan de los demás. El paradigma de la Fraternidad no pretende relativizar ni la divinidad ni la humanidad de Jesucristo, sino que ambas naturalezas se comprenden con mayor trasparencia y profundidad a partir de ese paradigma. 

La razón de ser de una teología de las religiones está en la búsqueda de la paz por parte de todas las religiones, porque no habrá paz en el mundo sino hay paz entre las religiones (Hans Küng). Por eso queremos destacar el Documento sobre la Fraternidad Humana firmado en Abu Dhabi entre el Gran Imán Ahnad Altayyeb y el papa Francisco (4 de febrero de 2019), en donde declararon que las religiones no incitan nunca a la guerra. Porque Dios no necesita ser defendido por nadie y no desea que su nombre sea usado para aterrorizar a la gente. Porque quien mata a una persona es como si hubiera matado a toda la humanidad y quien salva a una persona es como si hubiera salvado a la humanidad entera” (FT 258). 

¿Qué tenemos que hacer? Volver a la fuente y proponer itinerarios personales

Ante todo, proponemos volver a la fuente, es decir ir hasta el corazón de la experiencia de la gente. Esta fuente es Dios que dará un corazón nuevo, y un espíritu nuevo (cfr. Ez 36, 26-27). Se trata de volver a la fuente y olvidarse de aquel esquema de canales y acueductos pastorales que ya no dan apenas agua. Buscar las fuentes de la fe, siempre subterráneas y que tarde o temprano aflorarán a ras de la vida. Se trata de extraer la experiencia espiritual que brota de la vida, que sorprende, que hace presentir lo esencial, que despierta y que hace vivir. 

Habría que pasar de los cursos a los itinerarios personales. Esto conlleva esos cursos que muchas veces es mera repetición y indoctrinamiento. La palabra “itinerario” indica que se aprende la verdad, pero dejando espacio a la persona, para su autonomía, para su caminar. Nos trasporta de la idea de verdad que se aprende a la verdad que se experimenta. Una verdad de la que nos apropiamos, verificándola en la experiencia y convirtiéndola en convección personal. 

La fe ilumina el mundo, implica un estilo de vida, y también comporta una enseñanza, unos conocimientos y verdades. Y estas verdades se han transmitido por múltiples cauces: la predicación, la catequesis, por el testimonio de los mártires y santos, por el arte etc.. 

Sin embargo, hoy debido a la situación actual, del pluralismo religioso, la fe se propone por medio del testimonio de vida de los creyentes. Por eso la fe se aprende fundamentalmente al modo de una experiencia compartida, de un proceso realizado en compañía de otros, cuyo ánimo y fuerza para vivir se inspiran en el Evangelio. Se sugiere itinerarios de vida, invitando a las personas a dar algunos pasos en el sentido del Evangelio, como quien tiene que descubrir poco a poco un país, un territorio desconocido. Y todo ello sintiéndonos acompañados. 

El modelo de itinerario está perfectamente ilustrado en la página del Evangelio de los discípulos de Emaús que regresan a su aldea con paso lento y sumidos en la tristeza. Mientras caminan, se encuentran con el Resucitado, que despierta de nuevo su esperanza y les hace volver a sus hermanos en Jerusalén (cfr Lc 24, 13ss). 

Finalmente, en la transmisión de la fe no consiste ante todo en decir algo sobre algo, sino en hablar de alguien a alguien. Es llamar y ser llamado por el nombre propio antes que explicar o imponer con nombres comunes. Es vocativo antes que un acusativo. Es un <<sígueme>> antes que un “esto es lo que eres”, o “esto es lo que hay que hacer”. Se trata de una llamada corporal de alguien a alguien. La ley es necesaria, pero no es suficiente ni es lo primero porque es impersonal, mientras que la llamada es personal. 

Conclusión

La transmisión de la fe en una sociedad secularizada y plural, nos lleva a confirmar lo que el gran teólogo B. Häring decía: “Uno de los resultados más positivos del proceso de secularización es precisamente este: un sentido religioso más afinado; una confianza más clara y lúcida en la obra del Espíritu, en la fuerza del Evangelio y en el testimonio humilde de la Iglesia-sierva; un seguimiento más sencillo, vivido y total de Jesucristo, al servicio de Dios y de los hombres”.

Los primeros cristianos, las comunidades cristianas primitivas no es que hicieran algo totalmente diferente o que se comportaran de forma radicalmente diferente de los hombres y mujeres de su tiempo, pero a las acciones más ordinarias y cotidianas le imprimían un sentido escatológico y por tanto trascedente. 

Pero, sobre todo, en la nueva evangelización para la transmisión de la fe, debemos realizarlo desde la debilidad y con los débiles. Se trasmite la fe, se evangeliza no para que las personas se convenzan de entrar en la Iglesia o para engrasar las filas de los grupos parroquiales o movimientos eclesiales. Está bien recordar lo que afirma el papa Francisco. “La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción” (EG 14). 

 

Juan Pablo García Maestro, osst
Universidad Pontificia de Salamanca

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