2 Re 4,8-11.14-16; Sal 88; Rom 6,3-4.8-11; Mt 10,37-42
¿Cómo iluminan la vida del cristiano, de nosotros, las lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado? Porque para eso leemos la Sagrada Escritura todos los domingos, para que nos ayuden a enfocar bien el camino de la vida. Entresacamos tres ideas o pensamientos principales.
Siguiendo con la Carta a los Romanos que venimos leyendo estos domingos, san Pablo nos ha recordado hoy que la vida cristiana surge de la fuente bautismal, de esa fuente recibimos todo lo que somos, y tendríamos que estar eternamente agradecidos, pues “cuando fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte; por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte”. Parece una afirmación exagerada, pero no lo es, porque la gracia recibida en el bautismo, como en los demás sacramentos, brota de la cruz, es fruto de la pasión y muerte del Señor. Mas Cristo no se quedó en el sepulcro, sino que resucitó a una vida nueva, por tanto, dice el Apóstol dirigiéndose a sus oyentes: “si hemos muerto con Cristo” en el bautismo, “así también nosotros andemos en una vida nueva”. Que dicho de otra manera suena así: “lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”.
En esto consiste el proyecto de la vida cristiana: que la semilla plantada un día en la fuente bautismal vaya germinando y desarrollándose mientras vivimos en este mundo. Por eso, durante todo el tiempo pascual fuimos recordando esta gracia con la aspersión del agua bautismal, para no olvidar de dónde venimos ni de las promesas que por nosotros hicieron nuestros padres, y nosotros mismos las renovamos cuando recibimos el sacramento de la confirmación, que eso es lo que significa esa palabra: confirmar es hacer nuestro el acto bautismal que por amor nuestro hicieron nuestros padres.
En segundo lugar, el relato evangélico nos plantea una cuestión relacionada con el primer mandamiento: “Amar a Dios sobre todas las cosas”. Teniendo presente lo que implica el cumplimiento de este primer mandamiento, nos dice Jesús que no es digno de él, es decir, de Dios, el que no le ama más que a su padre o a su madre, o a su hijo o a su hija, es decir, que para ser discípulo suyo tenemos que amarle sobre todas las cosas, como a Dios mismo. Pero como esto es difícil de comprender y de practicar, por eso Jesús alude a la cruz, a la necesidad de cargar con la cruz hasta entregar la propia vida, si fuese necesario, para mostrar que el amor a él, a Dios, está por encima de todas las cosas y de todos los amores. Y lo dice con toda claridad: “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. O sea, el que mire solo por su vida según los patrones de este mundo, no alcanzará la plenitud de la vida que nos fue regalada de forma germinal en la fuente bautismal.
Y, en tercer lugar, la Palabra de Dios nos plantea el tema de la recompensa por el bien realizado. Así el profeta Eliseo recompensa a aquella mujer que lo había acogido tan desinteresadamente con la promesa de un hijo, promesa que el profeta alcanzaría de Dios: “El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”. Es también la paga que recibirán los que acogen a los enviados de Jesús, porque en ellos se hace presente el mismo Señor. “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. Acoger a Jesús, es decir, creer en él, es creer en el Padre que lo ha enviado, porque el Padre se manifiesta y se hace presente en su Hijo, en Jesús. ¿Y cómo se hace presente Jesús en nuestro mundo? Por medio de sus enviados. ¿Y quiénes son estos? Entonces fueron los apóstoles, y hoy son los sucesores de los apóstoles empezando por el sucesor de Pedro, el Papa, y en comunión con él los obispos, y sus colaboradores los sacerdotes, son todos los misioneros y misioneras, religiosos y religiosas, y muchos seglares, incluidos matrimonios con sus hijos, presentes en los lugares más difíciles para anunciar y dar testimonio de la buena noticia del Evangelio.
El Señor Jesús invita hoy a la comunidad cristiana a acoger a sus enviados y a tratarlos bien, como a él mismo, cuya recompensa será el abrazo del Padre a los que hayan acogido a su Hijo hecho presente por la predicación y el testimonio de sus enviados: “en verdad os digo que no perderá su recompensa”.
José Mª de Miguel, osst