Hoy, en una sociedad que se considera moderna y avanzada, millones de personas siguen siendo perseguidas por el simple hecho de creer en Jesucristo. Hombres, mujeres y niños sufren violencia, discriminación, encarcelamientos e incluso la muerte por mantenerse fieles al Evangelio. A ello se suma una persecución más silenciosa, pero no menos real, que se manifiesta mediante la marginación, las restricciones, las humillaciones y la negación de la presencia cristiana en numerosos lugares del mundo.
Lejos de mejorar, la situación se agrava día tras día. La violencia, las restricciones y la discriminación se intensifican en numerosos países, convirtiendo la simple profesión de fe en un acto de valentía.
Al contemplar el terrible sufrimiento al que se enfrentan tantos cristianos en numerosos países del mundo, resulta difícil mantener la esperanza. Nos sentimos impotentes ante una realidad tan abrumadora. Sin embargo, la Biblia nos llama a ser compañeros tanto en las aflicciones como en la consolación. No estamos llamados a permanecer como espectadores pasivos del dolor ajeno, sino a unirnos en oración, en solidaridad y en acción con quienes sufren.
Porque cuando un miembro del Cuerpo de Cristo padece, todos padecemos con él; y cuando es consolado, todos nos alegramos. Por ello, no podemos permanecer indiferentes. Defendamos sus derechos. Quizás nos cueste creerlo, pero hoy hay más mártires que en los primeros siglos del cristianismo. Son perseguidos porque anuncian a Jesucristo y proclaman la verdad del Evangelio.
Esto sucede especialmente allí donde la libertad religiosa todavía no está garantizada. Pero también en países que, al menos sobre el papel, reconocen y tutelan los derechos humanos y la libertad religiosa.
Una realidad que no podemos ignorar
En todo el mundo, muchos creyentes son perseguidos, encarcelados e incluso asesinados por causa de su fe.
Según datos de diversos organismos cristianos dedicados a la ayuda a la Iglesia perseguida, desde que Jesucristo entregó su vida por la salvación del mundo, más de 43 millones de cristianos han dado su vida por el Evangelio. En la actualidad, alrededor de 200 millones de personas se enfrentan a algún tipo de persecución por creer en Jesús, y cerca del 60 % de ellas son niños, según datos del ministerio internacional Cristianos en Crisis, dedicado al apoyo en oración a los creyentes perseguidos.
La violencia, la discriminación y las restricciones a la libertad religiosa continúan aumentando en numerosos lugares, haciendo que vivir la fe cristiana sea, para muchos, un auténtico acto de valentía.
El testimonio de Sara
Sara —nombre ficticio— sabe por experiencia propia lo que significa pertenecer a la Iglesia perseguida.
La semana antes de que ella y su esposo inauguraran una Escuela Bíblica, cuatro hombres atacaron brutalmente a su familia con hachas de metal.
Como consecuencia del atentado, Sara sufrió una perforación del tímpano, hemorragias internas y necesitó puntos de sutura de urgencia.
«Antes de los ataques me consideraba sensible a la Iglesia perseguida, pero una noche me desperté y era una de ellos», confesó posteriormente.
Lejos de perder la fe, aquella experiencia fortaleció su decisión de apoyar y acompañar a quienes sufren por causa de Cristo.
¿Por qué debemos rezar por los cristianos perseguidos?
La primera razón es porque son nuestros hermanos en la fe. Aunque vivan en países lejanos y pertenezcan a culturas diferentes, compartimos un mismo bautismo, una misma esperanza y un mismo Señor.
La comunión de la Iglesia supera las fronteras y hace que sus sufrimientos también sean nuestros.
La Sagrada Escritura nos exhorta:
«Acordaos de los presos, como si estuvierais presos con ellos; y de los maltratados, como quien vive en la misma carne» (Hb 13,3).
Además, la oración es una expresión concreta de la caridad cristiana. Rezar por quienes sufren es acompañarlos espiritualmente y participar en sus pruebas y esperanzas.
Jesús mismo nos enseñó a perseverar en la oración y a sostenernos unos a otros. La oración no elimina automáticamente las dificultades, pero fortalece, sostiene y llena de esperanza a quienes atraviesan la prueba.
¿Cómo les ayuda nuestra oración?
Quizás podamos pensar que nuestras oraciones tienen poco efecto frente a situaciones tan dramáticas. Sin embargo, ninguna plegaria hecha con amor es inútil.
La oración:
- Obtiene para ellos la gracia de la fortaleza y la perseverancia.
- Les recuerda que no están solos y que toda la Iglesia camina con ellos.
- Les concede paz y consuelo en medio del sufrimiento.
- Los ayuda a responder con amor y perdón.
- Mueve los corazones de otras personas para defender la libertad religiosa y los derechos humanos.
Muchos cristianos perseguidos han afirmado que saber que otros creyentes rezan por ellos les proporciona ánimo y esperanza para continuar siendo fieles a Cristo.
Los beneficios de rezar por ellos
La oración no sólo beneficia a quienes son perseguidos; también transforma el corazón de quienes oran.
Rezar por la Iglesia perseguida:
- Fortalece nuestra propia fe.
- Nos ayuda a salir de la indiferencia.
- Acrecienta la caridad y la esperanza.
- Nos hace conscientes de la realidad de la Iglesia universal.
- Nos recuerda que seguir a Cristo implica, en ocasiones, abrazar la cruz.
Los mártires de nuestro tiempo son un testimonio vivo de que el Evangelio sigue siendo una fuerza capaz de transformar el mundo.
Cómo orar con base bíblica
El Nuevo Testamento fue escrito, en gran medida, para comunidades que conocían la persecución. Por ello, encontramos numerosas enseñanzas sobre cómo interceder por nuestros hermanos perseguidos.
La carta a los Efesios nos ofrece valiosas intenciones de oración:
- Oremos para que los creyentes perseguidos conozcan la esperanza a la que Dios los llama (Ef 1,18).
- Oremos para que el Espíritu Santo los fortalezca interiormente (Ef 3,16).
- Oremos para que experimenten profundamente el amor de Cristo (Ef 3,17).
- Oremos para que sepan anunciar el Evangelio con sabiduría (Ef 6,19).
- Oremos para que proclamen a Jesús con valentía y sin miedo (Ef 6,20).
Cualquier carta del Nuevo Testamento puede convertirse en una escuela de oración. Basta con leer los pasajes en los que se habla de la oración y convertirlos en súplicas por nuestros hermanos que sufren.
Cómo orar por sus necesidades concretas
Además de las intenciones espirituales, existen muchas necesidades prácticas por las que los cristianos perseguidos agradecerían nuestras oraciones.
Pidamos al Señor:
- Que tengan acceso a una Biblia.
- Que reciban la fortaleza necesaria para permanecer fieles en sus países y comunidades.
- Que aquellos que han sido rechazados por sus familias encuentren una nueva familia en la Iglesia.
- Que Dios proteja especialmente a las mujeres más vulnerables y a quienes han perdido la custodia de sus hijos por causa de la fe.
- Que el Señor les conceda trabajo, sustento y lugares seguros donde vivir.
- Que los encarcelados, los desplazados y las familias de los mártires encuentren consuelo y esperanza.
El apoyo va más allá de la oración
Recordando su propia experiencia, Sara afirma:
«Estas personas que llamamos la Iglesia perseguida son personas como nosotros. Tenemos que orar por ellos. Les pesa saber que la policía los persigue, pero también les pesa no poder alimentar a sus familias».
Y añade:
«Cuando los apoyamos, les enviamos el mensaje de que no están olvidados, ni por Dios ni por sus hermanos y hermanas».
La solidaridad cristiana también puede expresarse mediante acciones concretas:
- Facilitando que un creyente reciba por primera vez una Biblia.
- Escribiendo a las autoridades en defensa de los cristianos perseguidos.
- Colaborando con la asistencia jurídica de quienes han sido acusados injustamente.
- Ayudando económicamente a las familias cuyos padres han sido encarcelados o asesinados por causa de su fe.
- Apoyando a las organizaciones que trabajan en favor de la libertad religiosa y de los cristianos necesitados.
Un compromiso concreto: rezar cada día por la Iglesia perseguida
Conscientes de que la oración es una de las formas más eficaces y evangélicas de acompañar a nuestros hermanos perseguidos, la Solidaridad Internacional Trinitaria (SIT) de los Padres Trinitarios nos invita a permanecer espiritualmente unidos a todos aquellos que sufren por causa de su fe en Jesucristo.
Fiel al carisma heredado de san Juan de Mata y a la misión secular de la Orden Trinitaria de estar cerca de los cristianos perseguidos y de quienes padecen a causa de su fe, la SIT propone a todos los fieles hacer de la oración por la Iglesia perseguida una intención cotidiana.
Cada día podemos presentar al Señor a nuestros hermanos y hermanas que viven en medio de la violencia, la discriminación, la cárcel o la marginación, pidiendo para ellos fortaleza, esperanza y fidelidad al Evangelio.
Pero, de una manera muy especial, la Solidaridad Internacional Trinitaria (SIT) de los Padres Trinitarios invita a dedicar cada viernes una oración particular por los cristianos perseguidos. El viernes, día en que los cristianos recordamos la Pasión y la entrega redentora de Cristo en la Cruz, se convierte en una jornada privilegiada para acompañar espiritualmente a tantos hombres y mujeres que continúan dando testimonio del nombre de Jesús en medio de las pruebas.
Así, nuestra oración se convierte en un verdadero gesto de comunión eclesial y en una expresión concreta de fraternidad. Porque ningún cristiano perseguido debe sentirse solo.
Una responsabilidad de todos
No podemos permanecer indiferentes. La Iglesia es una sola familia y el sufrimiento de uno de sus miembros afecta a todos.
Recemos para que las comunidades cristianas, especialmente aquellas que son perseguidas, sientan la cercanía de Cristo, perseveren en la esperanza y vean reconocidos sus derechos.
Que la sangre de tantos mártires de nuestro tiempo siga siendo semilla de nuevos cristianos y testimonio de que ninguna fuerza humana puede apagar la luz de Cristo.
Y que, unidos en la oración diaria y especialmente cada viernes, sepamos sostener con nuestra fe y nuestra solidaridad a quienes hoy continúan cargando la cruz de la persecución por amor al Evangelio.
«Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Cor 12,26).




