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  • 18/06/2026

Domingo XII (A)

Domingo XII
  • Homilías Ciclo A

Jer 20,10-13, Sal 68; Rom 5,12-15; Mt 10,26-33

El domingo pasado nos decía san Pablo que “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!”. Y para fortalecer nuestra confianza en el amor de Dios que rige nuestra vida, hoy insiste con más fuerza en la misma idea: “No hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos”. Porque a pesar de las apariencias, hay mucho más amor que odio, mucha más bondad que maldad, mucha más solidaridad que egoísmo. Y esto hay que recordarlo hoy cuando los medios de comunicación casi lo único que divulgan es el poder del mal y del pecado. Ciertamente, el dominio de la mentira es muy grande, el influjo del engaño y de la manipulación es inmenso. La mentira destruye con facilidad la buena fama de las personas y de las instituciones. Por eso ante este panorama, el mensaje de Jesús es muy claro: no hay que dejarse amedrentar pues la mentira no triunfará sobre la verdad, “porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada escondido, que no llegue a saberse”.

Por tanto, “no tengáis miedo a los hombres”. Hasta tres veces insiste Jesús en la necesidad de vencer y superar el miedo: miedo a lo que se dice, a lo que se escribe, a lo que se trama contra nosotros; miedo a la persecución, que en la sociedad actual se presenta frecuentemente en forma de desprestigio, de mofa y ridiculización. El creyente no debe temer estos ataques, lo que nos debe preocupar es ceder ante ellos hasta anular la propia fe. El miedo es expresión de poca confianza, de fe vacilante. A lo largo de toda la Escritura, Dios interviene constantemente para arrancar el miedo del corazón, para que los discípulos lo superen avivando la fe. Es la firme confianza que expresa el profeta Jeremías cuando se ve rodeado de enemigos dispuestos a acabar con él: “El Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes”. Es la confianza del que sabe que el Padre cuida de él y no le abandonará.

Este es el paso que estamos llamados a dar: ser testigos valientes y sin complejos de nuestra condición de creyentes; los agnósticos y ateos no tienen ningún problema en pregonarlo donde y cuando sea. Pero entre nosotros hay muchos que no se atreven a dar la cara por Cristo, o disimulan su condición de cristianos cuando se mueven en un entorno hostil o negativo. En el texto evangélico que hemos escuchado, Jesús afirma con claridad meridiana que la actitud y comportamiento que adoptemos frente a él en este mundo tendrá su repercusión y desenlace en el otro: Jesucristo apoyará ante el Padre a quien aquí le haya confesado y no reconocerá al que aquí lo haya negado. O dicho con sus propias palabras: “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos”. Ponerse de parte de Cristo es sencillamente no avergonzarse de él, no mirar para otro lado cuando se ridiculiza la fe en Dios, cuando se denigra el Evangelio, cuando se calumnia a la Iglesia.

El Señor nos invita a superar el miedo a los poderes que dominan el mundo, porque la fe cristiana se asienta y se funda sobre el cimiento inconmovible de la victoria de la gracia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte. El miedo se vence con la confianza, en la seguridad de que el poder de Dios es más grande que el pecado, más grande que la muerte. Jesús nos ha exhortado a superar el miedo confiando en el Padre, que vela por nosotros y de tal modo que “hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones”, de los que cuida también vuestro Padre. 

A la vista de la valentía de Jeremías ante la persecución y del amor de Dios que nos ha inculcado san Pablo, la Palabra de Dios de este primer domingo del verano nos invita a la esperanza, a la confianza en el triunfo de la gracia, del bien, de la bondad. Estamos seguros, como hemos rezado en la oración de entrada, de que Dios “jamás deja de dirigir a quienes establece en el sólido fundamento de su amor”. Y este sólido fundamento es la Eucaristía que estamos celebrando, que es precisamente la actualización ininterrumpida del amor de Dios por nosotros. Esta es nuestra confianza, y la fuente viva para vencer el miedo y dar testimonio de Cristo.

P. José Mª de Miguel, osst

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