En los últimos instantes del Paraíso, cuando el camino ya no puede recorrerse con el paso firme del razonamiento, Dante experimenta que la ascensión hacia Dios exige un cambio de órgano interior: no será la inteligencia la que sostenga la mirada, sino el amor purificado. Por eso surge San Bernardo, no como un teólogo que explica, sino como un contemplativo que ha aprendido a vivir dentro del misterio. Su presencia indica que la cumbre de la experiencia cristiana no está en el pensamiento correcto, sino en el corazón convertido.
Bernardo se vuelve hacia María, y su oración abre un espacio en el que la humanidad, sin dejar de ser frágil, se vuelve capaz de penetrar en lo eterno. No hay tránsito hacia la Trinidad sin pasar por esa criatura que, sin pretensiones de grandeza, fue elevada por encima de todo lo creado. Así comienza su plegaria: «Vergine Madre, figlia del tuo Figlio,/umile e alta più che creatura» (Par. XXXIII, 1–2), que podemos verter como: «Virgen Madre, hija de tu Hijo,/humilde y más alta que toda criatura». La fuera simbólica de los extremos evocados hacen que elogio a María esté más allá de lo que podemos expresar, ya que el lenguaje se vuelve paradójico. Virgen que es al mismo tiempo Madre, hija del Hijo. Me gusta mucho en ese sentido contemplar La Piedad de Miguel Ángel presente en la Basílica Vaticana. Como sabemos bien, Buonarotti antes de establecerse en Roma, había crecido bajo la protección de la familia Medici en Florencia, patria del Dante. Esto que parece anecdótico cobra una fuerza única al contemplar el rostro de María Santísima en la Piedad: es el rostro de una adolescente de unos 16 años. Y es precisamente el rostro de María joven, que acoge como Madre el cuerpo de hijo muerto y su rostro es el de una adolescente, es hija del Hijo. Muchos historiadores del arte, ven aquí una referencia de Miguel Ángel a este pasaje de Dante.
En ese saludo se concentra una teología entera: María es la humildad que Dios escogió para hacerse hombre; es la criatura que, al decir “sí”, abrió un camino para que lo humano pudiera ser abrazado por lo divino. Por eso Bernardo prosigue llamándola: «Termine fisso d’etterno consiglio» (v. 3), /«Límite firme del eterno designio», como si en su libertad acogedora se encontrara el punto en que Dios decide no salvar al hombre sin el hombre.
A través de ella, la humanidad alcanza la transparencia necesaria para mirar lo que es “la eterna luz”. Por eso Bernardo ruega: «Da te mortali tutti furoi/di sovra natura» (vv. 37–38),/«Por ti todos los mortales fueron elevados/más allá de su propia naturaleza». María es, así, la puerta por la que lo humano supera su techo terrestre sin perder su verdad. Solo quien pasa por ese umbral puede entrar en la región donde la Trinidad se revela no como idea, sino como presencia viva.
Cuando la plegaria culmina y Bernardo calla, la mirada de Dante se abre finalmente a lo que jamás podría haber comprendido por sí mismo. La Trinidad aparece ante él no como un concepto, sino como una visión simultánea de unidad y diferencia: «Ne la profonda e chiara sussistenza/de l’alto lume parvermi tre giri/di tre colori e d’una contenenza» (vv. 115–117). En español: «En la profunda y clara existencia/de aquella alta luz vi tres círculos, /tres colores y una misma medida».
La imagen es de una contundencia metafísica y poética absoluta: tres círculos que no se confunden, pero que no pueden separarse; tres resplandores distintos que, sin embargo, forman una única luz. Aquí, Dante traduce a visión lo que la teología nombra como comunión: el Padre que se da, el Hijo que es engendrado, el Espíritu que procede como vínculo de amor. Donde el pensamiento vacila, la imagen respira. No es geometría, sino liturgia de luz.
Dante intenta comprender cómo uno de esos círculos (el que representa al Hijo) contiene la forma humana: «Dentro da sé, del suo colore stesso,/mi parve pinta de la nostra effige» (vv. 131–132). Es decir: «Dentro de sí, de su mismo color,/ me pareció pintada nuestra imagen». El misterio de la Encarnación irrumpe entonces en el corazón mismo de la Trinidad: lo humano no queda fuera del círculo divino, sino que es introducido y transfigurado por el Hijo. María, que dio carne al Verbo, es ahora el puente que permite al poeta reconocer esa carne glorificada en Dios.
La visión trinitaria no se impone como una explicación, sino como una fuerza que lo envuelve. Por eso Dante concluye que su voluntad y su deseo quedan atraídos por el movimiento íntimo de Dios: «La mia volontà e ’l mio disio/ già volgeva l’amor che move il sole e l’altre stelle» (vv. 143–145). Que podemos traducir: «Mi voluntad y mi deseo/ya giraban con el Amor que mueve el sol y las demás estrellas».
El acercamiento a la Trinidad no le ofrece una fórmula: lo sumerge en un dinamismo. El amor trinitario no es un objeto de contemplación estático; es el ritmo mismo del ser. Dante sale de la visión transformado no porque entienda más, sino porque ama de acuerdo con ese Amor originario. En definitiva, toda esta vivencia y contemplación de la Virgen, de Bernardo, de la Trinidad, no lo deja suspendido en una región inaccesible. El resplandor trinitario tiene una consecuencia profundamente humana: invita a ordenar las propias relaciones según la lógica de ese amor que no domina ni se apropia, sino que se entrega sin perder identidad. En la Trinidad, Dante reconoce que la unidad no exige uniformidad y que la diferencia no implica conflicto. Por eso quien contempla ese misterio está llamado a vivir vínculos donde la libertad del otro no es amenaza, sino promesa.
Así, Dante nos enseña que el camino hacia la Trinidad comienza con la humildad de María, encuentra guía en la sabiduría contemplativa de Bernardo y culmina en el desbordamiento de un amor que envuelve la voluntad y el deseo. No se llega al misterio por abstracción, sino por apertura; no se penetra en él por ingenio, sino por belleza. Quien acepte entrar por esa puerta, esa puerta que es María, puede descubrir que el corazón humano, al fin, respira al ritmo mismo de Dios.
Diego Elías Arfuch