Hch 2,1-11; Sal 103; 1Cor 12,3-7.12-13; Jn 20,19-20
En la mañana de la Ascensión, antes de subir al cielo, Jesús prometió a sus discípulos: “Vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días”, entonces “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra”. Y esta promesa se cumplió en el día de Pentecostés, o sea, a los 50 días de la Pascua. Con la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en oración, “junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos”, empieza la historia de la Iglesia, de nuestra madre la Iglesia católica. El relato de este comienzo lo hemos escuchado en la primera lectura: con estruendo, fuerte viento, lenguas como llamaradas que se posaban encima de cada uno. Es como una evocación de lo que sucedió en el Sinaí cuando Dios bajó a entregar las tablas de la ley a Moisés. Y entonces “se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse”. Por Pentecostés había mucha gente en Jerusalén porque era una fiesta grande para los judíos, y al escuchar aquellos signos, un fuerte vendaval con llamaradas, se presentaron delante de los apóstoles y “cada uno los oía hablar en su propia lengua” de las grandezas de Dios, de la obra que Dios había realizado por medio de Jesús.
La Iglesia nace católica, universal, desde el primer momento: gentes de toda raza, lengua y cultura, nadie queda excluido o descartado, todos tienen acceso a la Buena Noticia que predicó Jesús, porque la Iglesia habla todas las lenguas y en todas ellas se celebran los mismos sagrados misterios todos los domingos desde el domingo de Pentecostés. El Espíritu desciende sobre los discípulos en forma de “lenguas como llamaradas”, porque para anunciar el mensaje de la salvación en cualquier lengua, el apóstol tiene que estar antes encendido de amor, es el fuego del Espíritu que purifica para hacer resonar el mensaje de Cristo, tarea evangelizadora que es propia de todos los cristianos pues todos hemos sido ungidos con el Espíritu en nuestro bautismo y en la confirmación, para ser apóstoles de Cristo en cualquier lugar en que nos encontremos. Es el encargo que nos dejó Jesús: recibiréis la fuerza del Espíritu “y seréis mis testigos” allá donde os encontréis.
Pero para realizar esta misión que es la de confesar que “Jesús es Señor”, es decir, Dios, de la misma naturaleza del Padre, nos ha dicho san Pablo que solo es posible “por el Espíritu Santo”. Y para ello el Espíritu reparte sus dones o carismas a todos los miembros del cuerpo de Cristo según la necesidad y vocación de cada uno, “pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común”, pues “todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”.
Con esta fiesta de Pentecostés concluimos los 50 días del tiempo de Pascua. Pues bien, el evangelio que hemos leído hoy es el mismo que se leyó el día de Pascua, para poner de relieve que durante todo el tiempo pascual hemos venido celebrando una sola cosa: el acontecimiento de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Aquel día los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos; también en la mañana de Pentecostés tenían las puertas cerradas; entonces el Resucitado se hizo presente para encomendarles una misión, la misma que el Padre le había confiado a él: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”, para continuar realizando la obra que él llevó a cabo durante su vida mortal: anunciar la llegada del Reino de Dios con obras y palabras. En Pentecostés fue la fuerza del Espíritu la que los impulsó afuera, a dar testimonio del Señor. Y como Jesús mismo fue ungido con el Espíritu Santo en el río Jordán al comienzo de su misión, así también, en aquella tarde de Pascua, les anticipó el don del Espíritu para que ellos pudieran cumplir con fidelidad la tarea que les encomendaba: “Sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, le quedan retenidos”. El soplo de Jesús es el Espíritu, es el mismo soplo que, 50 días después, retumbó en la sala donde estaban encerrados los discípulos, y que los impulsó a salir al balcón y anunciar la Palabra en todas las lenguas, sobre todo el anuncio del perdón de los pecados que para eso murió y resucitó Cristo.
Feliz día de Pentecostés invocando al Espíritu Santo con la petición de la última estrofa de la secuencia que hemos recitado antes del Evangelio: “Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno”. Amén.
José Mª de Miguel, osst