Hch 1,1-11; Sal 46; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20
“Nuestro Señor Jesucristo ascendió al cielo tal día como hoy; que nuestro corazón ascienda también con él”, así comenzaba san Agustín un sermón en la fiesta de la Ascensión. Es una invitación a mirar al cielo, ya que estamos tan pegados al suelo de la tierra. Pero ¿qué es el cielo? Ciertamente, no es un lugar allá arriba en medio de las galaxias. Pero el hecho es que Jesús, “a la vista de los discípulos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista”. Y aquellos dos hombres vestidos de blanco les dijeron: “El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo”. Subir al cielo es entrar en el ámbito de Dios, ser admitidos a su presencia, participar de su gloria. Con la palabra “cielo” nos referimos a Dios, a la vida de Dios, al ser de Dios que todo lo abarca: arriba, abajo, en lo más alto, en lo más profundo, en lo más próximo, en lo más lejano. El cielo no es un lugar, es una presencia, la de Dios, por eso podemos decir que donde está Dios eso es el cielo y como él lo abarca todo allá donde estemos nosotros podemos estar con Dios, si nos abrimos a su presencia avivando la fe. Pero como esto nos resulta difícil de entender, por eso el Apóstol ruega para que “el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama”, la esperanza a participar en su misma gloria en el cielo, cuando nos llame a su presencia.
¿Qué significa o qué implica para el Señor este acontecimiento de la Ascensión? Decir que Jesús asciende hoy al cielo, a los cuarenta días de su resurrección, significa que vuelve junto a Dios Padre de donde había venido, pues siendo de condición divina, se despojó de su rango, pasando por uno de tantos hasta padecer la muerte en la cruz. Pero Dios, dice el Apóstol, lo exaltó “sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado y por encima de todo nombre conocido”. En el cielo, Cristo resucitado tiene un modo nuevo de presencia, ahora, universal. Cuando vivía en la tierra, ocupaba como cualquier ser humano un lugar, un espacio, en un tiempo concreto. Ahora al ser glorificado puede, como Dios que es, hacerse presente en todo tiempo y lugar. Pero sube al cielo llevando consigo algo que antes no tenía: su cuerpo, el cuerpo que nació de la Virgen María y que fue colgado en la cruz, ese mismo cuerpo glorificado por la resurrección entra hoy en el misterio mismo de Dios y está junto al Padre con las marcas de las heridas sufridas en su Pasión por la salvación de la humanidad.
¿En qué nos afecta a nosotros esta fiesta de la ascensión del Señor? Ante todo, nos señala el destino y la meta última a la que estamos llamados. Cristo nos ha abierto el camino: donde está él, donde ha llegado él, quiere que lleguemos nosotros: al cielo, a Dios. Él, como cabeza de la Iglesia, nos ha nos ha precedido en la gloria a la que somos llamados como miembros de su Cuerpo.
Pero antes de irse nos dejó una tarea, nos confió una misión: lo que él inició por encargo del Padre para realizar la obra de nuestra salvación, nosotros lo tenemos que continuar, pues “cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: -Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”. Está bien mirar al cielo, sobre todo el día de hoy, pero aquí en la tierra hay mucha tarea que realizar, tarea que Jesús mismo la resumió justo antes de ascender al cielo: lo primero, anunciar el Evangelio, lo que Jesús dijo e hizo por nosotros, a toda la gente de todas las naciones: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”. Luego, los que acepten y acojan con fe el mensaje y la obra de Jesús lo hagan suyo por medio del bautismo “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, entrando así a formar parte de la familia divina de un solo Dios en tres Personas distintas. De lo cual se deduce que todos los bautizados somos, en cierto modo, “trinitarios”, posesión y obra de la SS. Trinidad, y por eso todas las acciones y celebraciones cristianas empiezan y terminan en Dios como él es: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y el tercer encargo que nos dejó Jesús en este día se refiere a la formación en la fe, sin la cual el mero bautismo resulta ineficaz: “Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”, pues primero hay que conocerlo para poder cumplirlo. Estos son los tres encargos que dejó Jesús a la Iglesia antes de ascender al cielo y esta es la misión de la Iglesia, misión misionera por excelencia, hasta que él vuelva. Pero como la realización de este encargo resulta difícil por eso la última palabra de Jesús es de ánimo y consuelo: vosotros solos, por vuestra cuenta, no podéis, pero “sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. Y para llevar a cabo esta misión, les prometió que “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén y hasta el confín de la tierra mundo”. Promesa que se cumplirá el día de Pentecostés. Que el mismo Espíritu Santo nos inspire y guíe durante toda esta semana para recibirlo con fruto en la celebración del próximo domingo.
José Mª de Miguel, osst