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  • 04/04/2026

DOMINGO – PASCUA DE RESURRECCIÓN

  • Homilías Ciclo A

Hch 10,34.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9

No hay día más santo ni más grande que este de la resurrección del Señor, porque “este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya”.  Anoche, en la solemne vigilia pascual, recordábamos las obras admirables de Dios en la historia de la salvación, desde el principio del mundo, desde la creación del universo y del hombre, la alianza con Noé después del diluvio, y con Abrahán más tarde, luego el portentoso paso del Mar Rojo con Moisés a la cabeza del pueblo abriendo camino por en medio del mar. Sin embargo, nada hay comparable con la obra de la resurrección de Cristo, pues ¿de qué nos habría valido haber sido creados, si no hubiéramos sido salvados, de qué nos habría valido vivir esta breve vida temporal, si no nos hubieran rescatado de la muerte eterna?

No hay nada comparable con la resurrección de Cristo: es la fiesta de la inmortalidad del hombre, la fiesta de la esperanza más allá de todas sus negaciones, la fiesta de la luz a pesar de las tinieblas. No es fácil, no lo ha sido nunca, predicar y proponer el mensaje de la resurrección, que es la buena noticia de la vida imperecedera, plena y dichosa. Parece que los hombres tenemos querencia a la muerte; por todas partes están sus signos sombríos, los signos de su presencia mortal y avasalladora: en las terribles guerras en curso en distintos lugares, en el crimen del aborto y de la eutanasia, sin olvidar la creciente violencia doméstica, en el tráfico de armas y estupefacientes, en el hambre que mata a los niños; ahí está la muerte, en la pantalla del televisor y de los móviles, donde se enseña a matar y a matarse, una escuela de violencia sin vacaciones donde los niños beben desde que nacen.

No hay nada comparable con la resurrección de Cristo: por ella Dios nos ha abierto las puertas de la vida. Los discípulos del Resucitado tenemos que ser hoy los testigos de la vida frente a los incontables discípulos de la muerte. La muerte reina allí donde se expulsa al Dios de la vida; esto ha sido así desde el principio, desde la muerte de Abel a manos de su hermano Caín. La muerte tiene mucho que ver con el pecado, por eso la Biblia explica la muerte como fruto del pecado del hombre, de las injusticias, del odio, de la avaricia, y en última instancia del rechazo de Dios. Y por eso también la fe confiesa a Cristo resucitado como vencedor del pecado y de la muerte. La vida, toda vida sobre la tierra, pero sobre todo la vida humana, es fruto del amor de Dios, y la vida perdurable es el fruto de la resurrección, de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte: “Lo mataron colgándolo de un madero”, colgaron a la Vida en el árbol de la muerte, les dijo Pedro a sus oyentes en Jerusalén. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección”.

La muerte de Cristo es para nosotros fuente de vida, pero lo es por su resurrección, porque Dios lo libró de las ataduras de la muerte. En la mañana de resurrección, los apóstoles encontraron el sepulcro vacío, y desde entonces empezó la aventura de la vida. Desde aquella mañana, los discípulos del Resucitado estamos convocados a ser testigos de la vida en una cultura de la muerte sin esperanza. Esta es nuestra buena noticia para todos de generación en generación: que el futuro del hombre no es la muerte, sino la vida perdurable con Cristo y por Cristo resucitado de entre los muertos por la fuerza del Espíritu de Dios. Porque el Señor ha resucitado, la esperanza es posible, y nosotros, los discípulos del Resucitado, estamos llamados ser testigos de esta esperanza, la que vence la muerte y abre las puertas de la vida eterna. Que el Señor Resucitado, por intercesión de su Santísima Madre, Reina del cielo, nos lo conceda en esta Pascua: feliz Pascua de Resurrección. Aleluya, Aleluya.

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