En esta breve reflexión sobre la encíclica del Papa Francisco Dilexit nos (Nos amó), que trata del amor humano y divino del corazón de Jesús, he intentado releerla desde la experiencia de san Juan Bautista de la Concepción. La verdad es que ha sido fácil. La encíclica empieza por explicar el sentido de la palabra «corazón», un concepto que supera el mero músculo cardíaco y busca englobar la totalidad de la persona (Dilexit 1-8). En ello, el Reformador nos ilumina glosando el sentido que desde siempre hemos dado al corazón humano. Así, hablando de la verdadera limosna, Juan Bautista advierte: «Y entienda [el fraile] que más le da quien tiene gana de darle y no tiene qué —porque esa tal persona le da su corazón— que no quien le da la media fanega de trigo» (Obras III, 463).
Esta visión del corazón, que lo convierte en protagonista de la verdad del hombre y de su forma de relacionarse con el mundo, cuestiona sus dificultades y su labilidad actual (Dilexit 9-16). De ese modo, el corazón se presenta como el único capaz de unificar todos los fragmentos de nuestra vida y de nuestra historia. Así lo afirma el Evangelista de la Santísima Virgen, ya que «la lección que Dios lee tan grande y dificultosa […] pásala y confiérela dentro de su corazón por el asombro y admiración» (Obras I, 1032; cf. Dilexit 19).
Recordando el fundamento de la espiritualidad de los ejercicios ignacianos, el Santo Padre nos pide que veamos cuál es el verdadero motor del ser humano, más allá del intelecto y la voluntad, para poder captar cómo «algo inesperado se pone a hablar en el corazón de la persona, algo que nace de lo incognoscible, remueve la superficie de lo conocido y lo conflictúa» (Dilexit 24). Es Dios, dirá nuestro Santo, quien «mueve el corazón y la voluntad; luego el alma acude al entendimiento, y el entendimiento destila su rocío a la voluntad y la hace y vuelve fecunda» (Obras I, 196). «Únicamente el corazón es capaz de poner a las demás potencias y pasiones y a toda nuestra persona en actitud de reverencia y de obediencia amorosa al Señor» (Dilexit 27).
Encontrar este centro, y en él a Dios, será para el Papa el revulsivo para un cambio significativo, incluso en sentido social, como ya afirmaron el Concilio Vaticano II (Dilexit 29) y san Juan Pablo II (Dilexit 184). Así lo afronta también nuestro santo Reformador: «Es nuestro corazón, cuando está inmediato a Dios, un sol que en nuestras obras está engendrando mil tesoros, mil bienes sin el cual todas vuestras obras serían muertas, como obras descorazonadas» (Obras II, 857).
La relación entre Dios y el hombre es de corazón a corazón (Dilexit 26). El corazón humano no tiene otro fin que encontrar a Dios; la razón la da san Juan Bautista: «porque el corazón es uno y ha de ser de sólo uno, no consiente división» (Obras I, 885, cf. 445). Esta verdad sólo puede encontrarse en la oración. En ella, nos dice la encíclica y el Santo, podemos hallar a Dios no de forma reflexiva sino experiencial. Es el ejemplo que nos ha dado Jesús con su «oración que penetra los cielos, sube murallas y entra a puertas cerradas y saca el fruto de lo que un alma tiene necesidad de lo más íntimo y secreto del corazón, en medio de estas agonías que Cristo tiene, de estos ahogos de la porción inferior, a la oración acude y en ella con duración y prolijidad ora a su Padre. El cual, si no le quita los trabajos y muerte, dale un ángel que le conforte, porque palabras salidas de tal boca como la de Cristo no habían de volver vacías; porque las palabras del justo son como unas arrebañaderas que entramos en un pozo, que si no sacan aquello para que las entramos, arrebañan y sacan lo que allí hay. En esta aflicción que Cristo tuvo, arrojó a su Padre la oración que en el huerto tuvo; y entrando en aquel piélago inmenso del seno y entrañas de su Padre, si no sacó libertad de la vida y revocación de la sentencia porque así convenía, sacó lo que en aquel pecho divino halló» (Obras I, 642).
El resto del documento glosará estas palabras del Reformador describiendo lo que el Señor hizo por amor y cómo nos lo demostró (nn. 32-47). En ese triple amor de Cristo —divino, infuso por el Espíritu y sensible—, Jesús nos lleva al Padre a través del don del Espíritu (nn. 70-77). A partir de aquí, el Santo Padre nos indica cómo distintos santos y documentos magisteriales nos han enseñado a encontrar este amor para llegar a esa verdad que Jesús manifiesta a Marta: «sólo esto es necesario» (Lc 10,42). Que, a través de este magisterio, podamos hacer también esta experiencia: «alma de Jesucristo, no te aflijas por tener a Cristo por huésped, que con una sola cosa le puedes servir y tener contento, con que, desembarazada de las cosas de acá, a él sólo le ames, le quieras, le contemples, le reverencies» (Obras I, 130).
P. Javier Carnerero Peñalver, osst
Procurador General