El P. Sergio García, Consejero Provincial de la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos en España, comparte su experiencia tras la visita pastoral a la comunidad trinitaria de Corea del Sur.
Acabamos de volver de Corea. Han sido apenas tres días, el 24, 25 y 26 de julio, con la comunidad de Trinitarios y con el grupo de laicado, pero se han quedado grabados en el corazón mucho más allá de lo previsto.
Tres Coreas en una sola mirada
Lo primero que se percibe al llegar es que Corea no es un solo país, sino varios superpuestos. Está la Corea cristiana de los mártires, que ya prepara la próxima JMJ; la Corea histórica, de palacios, puertas de muralla y templos milenarios; y la Corea actual, tecnológica, vertiginosa y profundamente joven. Vivir los tres al mismo tiempo, en apenas unos días, deja una sensación extraña de estar en varias épocas a la vez, y sin embargo todas encajan en la misma alma coreana.
Una fe que impresiona por cómo nació
Lo que más me ha tocado es descubrir que el cristianismo en Corea no llegó de fuera. No fueron misioneros quienes lo trajeron, sino laicos coreanos que, estudiando la Biblia y la doctrina católica por su cuenta, pidieron ellos mismos que vinieran sacerdotes. Una fe que nació del deseo antes que de la predicación. Y por eso hoy los católicos son el 30% de la población, en una Iglesia fértil, regada literalmente con la sangre de miles de mártires, entre ellos su patrón, San Andrés Kim.
Caminar por santuarios, iglesias y museos que guardan esa memoria produce un peso distinto al de visitar simplemente lugares históricos: se siente que ahí sigue latiendo algo vivo. Y en medio de ese recorrido, algo que no esperaba: encontrarme con la cruz trinitaria del hábito reconocida en las calles, en la catedral de Seúl, en las iglesias donde celebramos. Personas que pedían la bendición sin conocernos de nada, extranjeros que nos reconocían, jóvenes que se acercaban con curiosidad por la cultura y el idioma español. Una sensación de pertenecer a algo mucho más grande que uno mismo, incluso al otro lado del mundo.
Un nuevo Cerfroid entre montañas verdes
Pero lo que de verdad me ha marcado es el encuentro con la comunidad y los laicos trinitarios. Una casa nueva, entre montañas verdes que hacen olvidar por completo los rascacielos y el frenesí de la cercana Masan. Sentí que era, literalmente, un nuevo Cerfroid: la iglesia para dar «gloria a Dios Trinidad», la comunidad de los hermanos, las casas de acogida y convivencia para dar «a los cautivos libertad». Todo en edificios bajos, respetuosos con el entorno que los envuelve, como si el lugar mismo respirara ese equilibrio.
La liturgia de las horas, toda semitonada, me conectó con la tradición oriental de los mantras cantados, con una paz que no se explica con palabras sino que se percibe en los gestos y en las formas. Es una experiencia casi física de sosiego.
Y luego está la acogida. Ahí sentí, de verdad, que estaba en casa, que somos familia. El respeto distante que caracteriza a los coreanos se rompió en abrazos y en palabras de bienvenida en español. Con la ayuda de los trinitarios de allí —que hablan español, inglés, y con traductores de por medio— nos entendíamos todos, y viví algo parecido a un pequeño Pentecostés. Muchos habían estado en España, en la Profesión Solemne de nuestro hermano Alejandro, y eso se notaba en cada gesto de cercanía, como si la distancia no hubiera existido nunca.
Hubo un momento de oración por los Cristianos Perseguidos que removió especialmente, en una Iglesia que conoció la persecución en el pasado y que la sigue viendo hoy, muy cerca, en el país hermano del norte. Y hubo Eucaristías vividas con una participación y una alegría que contagian, con comidas típicas compartidas donde se notaba que los laicos no estaban de visita, sino en su propia casa.
Compartir la misión, sentirse una sola provincia
Como Consejero Provincial, tuvimos también un espacio de formación sobre cómo la misión trinitaria —esa liberación a los cautivos que nos define— se actualiza y se renueva hoy. España y Corea somos de la misma provincia, y pude compartir con ellos la misión de la Orden jurisdicción por jurisdicción, gracias a los datos del P. Max, Consejero General de Apostolado. Viajamos así, en la conversación, por todo el mundo, y descubrimos otras presencias en oriente, como Vietnam o Filipinas.
Escuchar a cada uno de los padres de la comunidad hablar de su apostolado —la capellanía hospitalaria, la atención al laicado y a los Cristianos Perseguidos, la Pastoral Juvenil con los hispanohablantes— y después ver a los laicos tomar la palabra, con preguntas y reflexiones muy vivas sobre la pastoral penitenciaria o la atención a los refugiados de Corea del Norte, fue de lo más hermoso del viaje. Se sentía un diálogo real, no una formación de trámite.
Lo que me llevo de Corea
Vuelvo con la certeza de que allí hay una presencia sencilla, pequeña si se mide en números, pero de una proyección enorme. Una comunidad y un laicado que son ya, hoy, signo de amor trinitario y de redención en aquella sociedad. Pido que los tengamos presentes en nuestra oración, para que sigan creciendo en vocaciones, religiosas y laicales.
Y a quien tenga la oportunidad de ir, de pasar unos días con ellos en retiro, en experiencia pastoral o de camino a la próxima JMJ, le animo a que se ponga en contacto con ellos. Merece la pena.
Vuelvo agradecido a la comunidad y a todos los que hicieron posible esta experiencia, que me ha fortalecido, sobre todo, en mi identidad de sacerdote trinitario.
P. Sergio Garcia, osst
Consejero Provincial

