Los últimos tres papas han vuelto una y otra vez sobre el mismo tema: en pleno siglo XXI, seguir a Jesús sigue costando la libertad o la vida a millones de personas. No lo han dicho como una nota de coyuntura, sino como una preocupación constante, repetida en audiencias, encíclicas y oraciones dominicales.
Juan Pablo II fue quien primero insistió en documentar el fenómeno con rigor. Convencido de que el siglo XX había producido más mártires cristianos que ningún otro periodo de la historia, promovió lo que llamó un «nuevo martirologio»: un registro de los cristianos perseguidos y asesinados por su fe en tiempos modernos, para que no quedaran en el olvido frente a las grandes narrativas del siglo.
El Papa Francisco retomó esa idea con una frase que repitió varias veces: «me atrevo a decir que hay tantos o más mártires ahora que en los primeros tiempos» del cristianismo, porque en algunos países «existe la pena de muerte o la cárcel por tener el Evangelio en casa, por enseñar el catecismo». Francisco insistía en que la sangre de los mártires «es la semilla de los cristianos», y pedía explícitamente rezar por «el coraje de los mártires». En sus mensajes navideños y en sus audiencias, expresaba cercanía a «las comunidades que sufren discriminación», a las que exhortaba a «perseverar en la caridad» y a «luchar pacíficamente por la justicia y la libertad religiosa».
El actual papa, León XIV, ha continuado esa línea desde que asumió el pontificado en 2025. En el Ángelus de noviembre de 2025, durante la Jornada Mundial de los Pobres, reflexionó sobre la persecución citando el Evangelio de Lucas y afirmó que quienes la sufren son testigos «de la verdad que salva al mundo, de la justicia que redime a los pueblos de la opresión, de la esperanza que muestra a todos el camino hacia la paz». Añadió que la persecución no siempre es violenta: también ocurre «a través de la palabra, la mentira, la manipulación ideológica». En su discurso sobre el estado del mundo de enero de 2026, nombró explícitamente a Bangladés, Nigeria, Mozambique y Sudán como lugares donde los cristianos siguen sufriendo discriminación y violencia.
Los tres coinciden en una misma idea central: la persecución no es un capítulo cerrado de la historia de la Iglesia, sino una realidad presente que exige memoria, oración y, según ellos, una respuesta activa de solidaridad hacia quienes hoy no pueden practicar su fe en libertad.