Is 55,10-11; Sal 64; Rom 8,18-23; Mt 13,1-23 (forma breve 13,1-9)
La Palabra de Dios de este domingo es como un chorro de luz en medio de la tiniebla: “Salió el sembrador a sembrar”. ¿Cómo acoger esta siembra para que la palabra dé fruto abundante y se llene nuestra vida de luz? No es tarea fácil, por eso el Señor nos pone delante, en la parábola, algunos impedimentos que anulan o esterilizan la siembra, para que estemos atentos y los esquivemos. Esta parábola “refleja la experiencia misma de Jesús, de su predicación: él se identifica con el sembrador; que esparce la buena semilla de la Palabra de Dios, y percibe los diversos efectos que obtiene, según el tipo de acogida reservada al anuncio” (Benedicto XVI).
Ante la palabra que se nos anuncia la primera apertura o disposición para acogerla es el esfuerzo de comprensión: conocer el mensaje, saber lo que Dios quiere de nosotros. La palabra entra dentro del alma por la mente. Entender lo que Dios nos dice es el primer paso para que podamos responder. Pero ¿nos esforzamos en comprender la palabra que Dios nos dirige? ¿Cuál es nuestra actitud ante ella? ¿Cuál nuestro aprecio de las Sagradas Escrituras? “Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón”. Lo roba con facilidad, sin ninguna resistencia de nuestra parte, cuando no valoramos o desconocemos la importancia de la palabra de Dios en nuestras vidas.
Pero en la parábola Jesús da un paso más: la semilla ha penetrado algo, el oyente ha mostrado algún interés, la ha acogido incluso “con alegría”. Pero si no echa raíces, difícilmente dará fruto. Es lo que sucede con la escucha superficial que se queda en lo sentimental, en lo emocionante del mensaje, pero sin transformar realmente el corazón, es decir, la vida. Por eso, a la primera de cambio se vuelve atrás: como la semilla no ha echado raíces, “en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe”. Son las promesas de amor y fidelidad para siempre que, en el crisol de la prueba, se desdicen sin el menor problema de conciencia, sin desgarradura alguna del alma.
Pero Jesús señala otro impedimento: la semilla no da fruto porque es incompatible con otras siembras. No es posible atender a la palabra como luz de la vida, como criterio de conducta, como fuente de sentido, y a la vez dar entrada a las seducciones del mundo y de la carne. La siembra masiva e incesante de palabras y de intereses mundanos como el dinero, el poder, la fama, el sexo, ahogan hasta la esterilidad la predicación semanal de la palabra. “Los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril”. ¿Cómo va a competir el mensaje evangélico anunciado una vez a la semana, durante unos minutos, con los cientos de mensajes, con las decenas de horas de palabras que escuchamos que nada tienen que ver o son contrarias a los valores del Evangelio? “Salió el sembrador a sembrar”, pero hoy lo tiene muy difícil.
Para dar fruto es necesaria la ‘tierra buena’, símbolo de la escucha atenta y obediente, que se esfuerza por entender la palabra y ponerla en práctica. Esta palabra da fruto, no queda estéril, porque cumple la voluntad de Dios de donde procede, como nos ha recordado el profeta Isaías: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, así será mi palabra: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad”. El fruto de esta siembra en el corazón creyente, la tierra buena, es la progresiva liberación de la esclavitud de la corrupción “para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”, de la que habla San Pablo. Esta es la obra del Espíritu Santo en nosotros: hacer que cumplamos con lo que significa ser cristiano y rechacemos lo que es indigno de este nombre, según la oración que hemos rezado al comienzo de la Misa.
Ser cristiano es ser discípulo de Cristo, y ser discípulo significa seguir a Cristo y dejarnos iluminar por él, por su ejemplo y su palabra. En los tiempos que corren no es empresa fácil, por eso el Señor nos invita cada domingo a la doble mesa de su palabra y de su cuerpo eucarístico. El sembrador sale a sembrar: la palabra y el pan, que son él mismo, son nuestro alimento para permanecer fieles, con la ayuda del Espíritu, mientras “aguardamos la hora se ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”.
José Mª de Miguel, osst