Is 55,1-3; Sal 144; Rom 8,35.37-39; Mt 14,13-21
Después de habernos contado durante los tres domingos anteriores una serie de hermosas parábolas o comparaciones para darnos a entender algo del misterio del reino de los cielos, hoy Jesús pasa del relato a los hechos: lo que nos había contado sobre el reino de los cielos hoy se hace milagro, un milagro espectacular: la multiplicación de los panes y los peces. El reino de los cielos es eso: la plenitud del don de Dios, la entrega misma de Dios, en la persona de su Hijo, como alimento de salvación.
Pero una cosa es dar algo de lo que nos sobra y otra muy distinta es darse a sí mismo. No es lo mismo colaborar en la campaña contra el hambre mediante un donativo que servir a la mesa de los pobres. Jesús manda a los discípulos comprometerse en el servicio en primera persona: “No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer”. Y no acepta excusas: “Estamos en despoblado y es muy tarde…No tenemos más que cinco panes y dos peces”. Precisamente compartir lo poco con generosidad y alegría es el mayor milagro: el milagro del amor que se entrega. El corazón de Cristo se conmueve al ver al gentío y actúa; es la acción impulsada por el amor la que él confía a la Iglesia como prolongación y actualización de su propio amor compasivo. Sólo la comida que ofrece Jesús deja plenamente satisfecho al hombre y de tal manera que de los cinco panes y dos peces repartidos a “unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños”, después de comer todos a placer, “se recogieron doce cestos llenos de sobras”. La sobreabundancia y gratuidad de esta comida es un signo del banquete eucarístico: Jesús anticipa en el milagro de la multiplicación de los panes su propia entrega sin límites en la Eucaristía, con este milagro simboliza su presencia en todas las mesas eucarísticas del mundo a lo largo de los siglos. Él es el pan partido para ser repartido como alimento de salvación, un alimento que jamás agotaremos, un alimento que nos sacia y a la vez nos deja con más hambre de él.
Este es el milagro de la multiplicación de los panes que celebramos en cada Eucaristía. Todos los domingos en todas las mesas eucarísticas del mundo enntero Cristo se nos entrega como pan de vida. Pero sólo lograremos saber de verdad lo que celebramos y se nos da en la mesa eucarística si compartimos con generosidad la mesa del pan con los pobres. Jesús rechazó la sugerencia de sus discípulos: “Estamos en despoblado y es muy tarde; despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Los que celebramos la Eucaristía no podemos desentendernos de las multitudes hambrientas; hoy, como ayer, Jesús los atiende por medio de los discípulos, por medio de nosotros. Porque no hay Eucaristía sin caridad, como tampoco es posible vivir en caridad sin la Eucaristía.
El profeta Isaías invita de parte del Señor a los sedientos y a los hambrientos: “Venid y comprad, sin dinero y de balde”, trigo, vino y leche, “también los que no tenéis dinero”. Pero esto suena a fantasía. Porque antes y ahora el dinero lo puede todo, abre todas las puertas, lo compra todo. Es el salvoconducto universal. Pero el Señor, por boca del profeta, desbarata la lógica del dinero o de la globalización: con él se compran los bienes perecederos, sirve para adquirir “lo que no da hartura”. A corto plazo, el dinero produce pingües beneficios, con él se puede hacer negocios lucrativos; a largo plazo, sin embargo, es una inversión ruinosa, porque en el momento decisivo deja al hombre en la estacada. Con el dinero no se compra lo esencial: el amor; no digo el sexo, digo el amor, la paz de la conciencia, la amistad divina, la gracia, la salvación. Para lograr los bienes verdaderos, los que no se gastan ni consumen, aquellos que sacian plenamente el corazón del hombre, no sirve el dinero; el dinero es más bien un obstáculo.
Pero esta denuncia del poder diabólico del dinero predicada por el profeta Isaías de parte del Señor, la han hecho suya muchos santos, entre otros san Pablo, el cual desde que Cristo le salió al encuentro y entró en su vida, lo cambió radicalmente. Por eso puede decir limpiamente, sin retórica alguna: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. Ninguna dificultad, ni sufrimientos, ni pobreza, ni el hambre, ni persecuciones, ni la muerte, nada apartará a Pablo del amor de Cristo, de la entrega a él en cuerpo y alma al servicio del Evangelio. Pero no por sus fuerzas, él se sabe débil, sino porque ha sido amado antes, porque ha experimentado el amor de Cristo, porque sabe que Cristo lo ama: “En todo esto vencemos fácilmente gracias a Aquel que nos ha amado”. Sólo si hemos experimentado el amor de Cristo en nuestras vidas, podremos amar incondicionalmente, y servir por amor y con amor a los más necesitados.
José Mª de Miguel, osst