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  • 03/08/2026

El siglo de la Soledad. Origen y propuestas para superarla.

  • Vida Trinitaria

Dos libros nos han arrojado luz para este tema: el primero es el de la autora inglesa Noreena Hertz “El siglo de la Soledad. Recuperar los vínculos humanos en un mundo dividido” (2021). El segundo libro es el del religioso jesuita José María Rodríguez Olaizola “Bailar con la soledad” (2017). Libros que deberíamos trabajar en nuestras comunidades religiosas, sea como tema de formación, en nuestros retiros, e incluso nos atreveríamos a que se propusiera el tema de la Soledad en algún capítulo Provincial y también en algún capítulo General.

En este breve artículo, no pretendemos exponer todo lo que se puede decir sobre la Soledad. Primero, porque somos conscientes de que es algo que nos desborda. Estamos seguros de que ni una biblioteca entera bastaría para ello. 

Hemos constatado que este tema no se ha tratado con la seriedad que se merece en la Vida Consagrada. La diferencia intergeracional, el individualismo, la crisis de verdaderos animadores y no sólo de gestores en las comunidades, son factores que van empobreciendo nuestras comunidades. No se sabe afrontar los conflictos de las comunidades, y tampoco se buscan soluciones. Esto lleva a que muchos religiosos/as se encuentren solos. Todo esto tiene sus consecuencias psíquicas y de abandono de hermanos en las Ordenes y Congregaciones religiosas. Qué decir de nuestros hermanos ancianos que se sienten solos, pues hay comunidades en las que algunos hermanos están ocupados durante el día con actividades pastorales, de educación, pastoral parroquial, cárceles, enfermos etc.. y otros que pasan el día viendo la televisión, con el móvil o con el ordenador. 

Origen de la Soledad

El libro de la autora Noreena Hertz analiza las razones por la que hemos llegado a sentirnos tan solos, así como las medidas que demos adoptar para volver a comunicarnos. 

Algunos ven el origen de la Soledad a partir del Covid-19. Pero el origen viene de más atrás. La autora Hertz lo vio en los años 80 del siglo pasado, cuando algunos alumnos de la Facultad venían a su despacho y decían sentirse solos. 

Un tipo de soledad es la que viven muchos que, por su mucho trabajo, al perecer no tienen tiempo para hacer amigos. 

Es verdad que hay realidades dentro de la Vida Consagrada en el que se ha perdido el espíritu del encuentro real y directo entre nosotros. Antes de la Covid-19, nos encontrábamos más directamente unas comunidades con otras. Ahora, las reuniones se hacen on-lein. Antes visitábamos más las otras comunidades a nivel personal. 

En cuanto a nuestro mundo, antes incluso de que el coronavirus provocara una recesión social por el peligro del contacto cara a cara, tres de cada cinco adultos estadounidenses se sentían solos. 

En Europa sucedía más o menos lo mismo. En Alemania, dos terceras partes de la población consideraban la soledad como un problema grave. Casi un tercio de los holandeses reconocía sentirse solo, y uno de cada diez se sentía realmente desolado. En Suecia, una cuarta parte de la población afirmaba estar sola con frecuencia. En Suiza, dos de cada cinco personas afirmaban sentirse así en ocasiones, a manudo a todo el tiempo. 

En el Reino Unido, el problema adquirió una magnitud tal que en 2018 el primer ministro llegó a crear un Ministerio de la Soledad. Uno de cada ocho británicos no tenía un solo amigo íntimo en quien confiar, mientras que esa proporción era de uno a diez solo cinco años antes. Tres cuartas partes de los ciudadanos no sabían cómo se llamaban sus vecinos, en tanto que el 60% de los empleados británicos afirmaban sentirse solos en el lugar del trabajo. Los datos recogidos en Asia, Australia, Sudamérica y África eran igual de preocupantes. 

En cuanto a nuestro país, España, la soledad no deseada afecta en la actualidad a la quinta parte de la población. Además, dos de cada tres personas que actualmente no se sienten solas (63%) han sufrido soledad en el pasado. De esta manera, la mitad de la población (49, 3%), sufren soledad no deseada en el presente o la ha sufrido en el pasado. Por lo tanto, la mayoría de la población no solo considera que la sociedad es un problema relevante en la sociedad, sino que además la mitad ha experimentado este problema en primera persona. 

Dos de cada tres personas (67, 7%) que sufren soledad llevan en esta situación desde hace más de 2 años (esto datos son de 2024) y un 59% desde hace más de 3 años. 

La soledad es especialmente dura en las dos etapas de la vida en las que el ser humano es más vulnerable: de niño y de (muy) mayor. En la niñez, por falta de hermanos con los que jugar, compartir penas y alegrías en familia y aprender. 

En el plano formativo de los niños, la falta de uno de los progenitores en el hogar puede afectar al rendimiento escolar. De los hermanos mayores, toda la vida los menores han aprendido muchas cosas, y todos ellos entre sí practican con frecuencia la negociación de cosas en disputa, o realizan actividades conjuntas, o se reparten tareas, etc.. Si uno no tiene hermanos, esos aprendizajes no se dan. 

La soledad en el hogar incrementa el riesgo de padecer trastornos psíquicos e incluso mayor posibilidad da autolesionarse, hasta llegar al suicidio. En no pocos casos, el deterioro de la salud mental y del bienestar afectivo redundan también en una peor salud física. 

Los problemas de salud, además del sufrimiento que entrañan a quien los padece y a sus más allegados, también conllevan coste económico para las personas afectadas y para el erario público, incluyendo en éste el derivado de un mayor consumo de fármacos psicotrópicos, como ansiolíticos o antidepresivos.  

La autora Hertz describe cómo en algunos sitios del mundo, en concreto en Japón, muchas mujeres de cierta edad han hecho de la cárcel un modo de vida. Muchas ancianas eligen la cárcel como forma de evitar el aislamiento social. El 40% de esas reclusas afirman que casi nunca hablan con su familia, y la mitad de las ancianas encarceladas por hurto durante los últimos años vivían solas antes de entrar en prisión. 

Muchas mujeres dicen que la cárcel es una forma de crear “el entorno familiar que no tienen en casa; un lugar donde, como explica una reclusa octogenaria, “siempre hay gente a mi alrededor y no me siento sola. Algunas lo describen como un oasis donde hay muchas personas con las que se puede charlar. Es un refugio donde tienen compañía y en el que además reciben apoyo y atención. 

¿Qué decir de los jóvenes? Estas historias nos llevan a preguntarnos cómo tratamos a nuestros mayores en nuestra sociedad. Y sin embargo, aunque nos resulte sorprendente, son los jóvenes los que están más solos. 

En Estados Unidos, uno de cada cinco millennials dice no tener amigos. En Reino Unido, tres de cada cinco jóvenes de edades comprendidas entre los 18 y los 34 años, y casi la mitad de los niños de entre 10 y 15 años, aseguran sentirse solos con frecuencia o en ocasiones.  

Las investigaciones indican que la soledad es más nociva para la salud que la falta de ejercicio físico, tan dañina como el alcoholismo y más perjudicial que la obesidad. Desde una perspectiva estadística, la soledad equivale a fumar quince cigarrillos al día. Conviene señalar que todas estas cuestiones son independientes del nivel de vida, el sexo, la edad o la nacionalidad (N. Hertz). 

Por eso invitamos a que nos cuestionemos estas preguntas, pues ellas nos ayudan cómo vivo personalmente la Soledad, las respuestas serán: nunca, casi nunca, a veces o a menudo. La puntuación sería del 1 al 4. El 1 sería a menudo; el 2 a veces; el 3 casi nunca y el 4 nunca. 

  1. ¿Con qué frecuencia siento que sintonizo con las personas de entorno?
  2. ¿Con qué frecuencia sientes que necesita compañía? 
  3. ¿Con qué frecuencia sientes que no tiene a nadie a quien recurrir? 
  4. ¿Con qué frecuencia te sientes solo? 
  5. ¿Con qué frecuencia sientes que formas parte de un grupo de amigos? 
  6. ¿Con qué frecuencia sientes que ya no tienes confianza en nadie? 
  7. ¿Con qué frecuencia sientes que a los demás no les interesan tus ideas y aficiones? 
  8. ¿Con qué frecuencia te sientes abierto y comunicativo? 
  9. ¿Con qué frecuencia sientes afinidad con otras personas? 
  10. ¿Con qué frecuencia te sientes excluido? 
  11. ¿Con qué frecuencia sientes que tus relaciones con los demás carecen de sentido? 
  12. ¿Con qué frecuencia sientes que nadie te conoce bien? 
  13. ¿Con qué frecuencia te sientes aislado con respecto a los demás? 
  14. ¿Con qué frecuencia sientes que hay personas que te comprenden de verdad?
  15. ¿Con qué frecuencia sientes que las personas que te rodean no están a tu lado? 
  16. ¿Con qué frecuencia sientes que hay personas con las que puedes hablar? 
  17. ¿Con qué frecuencia sientes que hay personas a las que puedes recurrir? 
  18. ¿Se ha tratado el tema de la Soledad en nuestras comunidades? ¿Se ha tratado este tema en los Capítulos Provinciales y en algún Capítulo General? 

    ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Esta situación no se ha producido por casualidad. Tampoco se ha agravado de la noche a la mañana. Hay un cúmulo de causas y acontecimientos que sirven para explicar por qué nos hemos quedado tan solos, tanto en lo personal como en lo social. 

Nos imaginamos que hemos podido intuir, los teléfonos móviles y, sobre todo, las redes sociales han desempeñado un papel fundamental en todo esto, pues distraen nuestra atención y sacan lo peor de nosotros mismos, haciéndonos cada vez más tribales, más maniáticos de los likes, los retuits, circunstancias estas que menoscaban nuestra capacidad para la empatía y la comunicación. 

Los asesores matrimoniales aseguraron tener más clientes que se sentían solos porque sus parejas estaban cada vez más enganchados al móvil. 

El libro de Bailar con la Soledad de José María Rodríguez Olaizola, que he citado al principio, pone el ejemplo de José Ángel, un hombre de Vigo, que falleció en radical soledad. Murió víctima de un síndrome de Diógenes. Durante más de una semana nadie lo echó de menos ni advirtió su muerte. Desgraciadamente, esto es algo que ocurre con más frecuencia de la que sería deseable. Al investigar quién era el fallecido se descubrió que, en contraste con esa vida sombría y aislada que tenía en su pueblo, llevaba una vida activa y popular en Facebook, donde en el momento de su fallecimiento contaba con 3544 amigos y 365 seguidores. Lo sorprendente era el contraste entre la vida virtual y la vida real; entre los muchos amigos virtuales y la soledad cercana. Sólo pasados varios días, una mujer de Tenerife, con la que hablaba con frecuencia en las redes, extrañada por su persistente silencio, contacto con la policía, que no mucho después encontró su cuerpo. Una mujer que estaba a 1677 Km de distancia por mar fue la única que lo echó de menos (Olaizola, p. 80). 

He aquí el límite de este mundo virtual, que se puede convertir en refugio de solitarios. 

Lo ha expresado con implacable acierto el sociólogo Zygmunt Bauman cuando hablando de la fragilidad de los vínculos humanos señala: “Pareciera ser que el logro fundamental de la proximidad virtual es haber diferenciado a las comunicaciones de las relaciones (…) “Estar conectado” es más económico que “estar relacionado” pero también bastante menos provechoso en la construcción de vínculos y su conservación” ( Z. Baumann, Amor líquido). 

Decía en esta línea el Papa Francisco con motivo del sínodo de la Familia: “Una de las mayores pobrezas de la cultura actual es la soledad, fruto de la ausencia de Dios en la vida de las personas y de la fragilidad de las relaciones”. 

Algunas propuestas de acción 

Como propuestas creo que debemos correr menos y pararnos más a hablar, ya sea con un vecino con el que nos cruzamos a menudo, pero al que nunca le dirigimos la palabra, con un transeúnte que se ha perdido o con alguien que se siente visiblemente solo, incluso cuando nos sentimos agobiados por el trabajo. Tenemos que salir de nuestra burbuja digital, aunque estemos acostumbrados a ir con los auriculares puestos y navegando por Internet. Tenemos que animar a nuestros hijos a que se sienten en la misma mesa de ese niño que está comiendo solo en el comedor escolar, y aplicarnos el cuento con ese compañero que siempre almuerza solo en su mesa de trabajo, aunque no nos apetezca demasiado en ese momento. Tenemos que mostrar gratitud a quienes se dedican a cuidar de los demás y, en general, dar las gracias, incluso a los asistentes virtuales como muchas personas lo hacen. 

Cuanto más declinemos la responsabilidad de asistir a los demás- ya sea acariciándole el brazo a un familiar enfermo, poniéndonos el teléfono para escuchar las cuitas de un amigo que lo está pasando mal o incluso simplemente sonriendo a un vecino -, menos dispuestos estaremos a hacer todas esas cosas, y si no hacemos esos pequeños esfuerzos, la sociedad se irá volviendo cada vez menos humana. 

El antídoto contra la soledad de este siglo sólo puede ser la ayuda mutua, con independencia de quién sea el otro. Si queremos mantenernos unidos en un mundo que está desintegrando, no nos queda otra. 

Conclusión 

Concluyo con este pensamiento del monje trapense Thomas Merton: 

“El mundo de los seres humanos ha relegado al olvido la alegría que ofrece el silencio o la paz de la soledad, la cual es necesaria, hasta cierto punto, para que cada persona llegue a alcanzar su plenitud. El ser humano no puede ser feliz durante mucho tiempo, al menos que esté en contacto con la fuente de la vida espiritual que se halla escondida en las profundidades de su propia alma. Si el ser humano se encuentra en constante exilio en su propia casa, encerrado a cal y canto fuera de su soledad espiritual, deja de ser una verdadera persona”.

Juan Pablo García Maestro, osst
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