Hay una escena que el Evangelio no deja escapar: «Fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25,35). Y la respuesta de Jesús a quienes preguntan cuándo lo vieron así es, quizás, la frase más exigente de todo el Nuevo Testamento: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). El Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes y el Pontificio Consejo Cor Unum tomaron esa misma escena como punto de partida cuando, en 2013, publicaron sus orientaciones pastorales Acoger a Cristo en los refugiados y en los desplazados forzosos. El título no es una metáfora piadosa: es una afirmación teológica con consecuencias muy concretas. Si Cristo se identifica con quien huye, entonces la manera en que una comunidad cristiana trata a un refugiado es, literalmente, la manera en que trata a Cristo.
Un rostro conocido en cada persona que huye
El documento recuerda algo que resulta fácil de olvidar cuando la migración forzosa se convierte en cifra: «Identificándose con el extranjero, Jesucristo ha iluminado la manera cristiana de considerarle y de tratarle». No se trata solo de compasión hacia quien sufre, sino de reconocimiento: cada persona desplazada ha sido creada «a imagen de Dios» (cfr. Gn 1,26-27), y ese origen común es el que sostiene, según san Pablo, que «todos los seres humanos tienen su ser en Dios» (Hch 17,28-29). Por eso la Iglesia se entiende a sí misma como un solo cuerpo, en el que «si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él» (1 Co 12,26): el sufrimiento de quien cruza una frontera huyendo no ocurre en los márgenes de la comunidad cristiana, ocurre dentro de ella.
Quién es, en realidad, un desplazado forzoso
Las orientaciones pastorales distinguen con cuidado situaciones que a menudo se confunden bajo la misma palabra. Está el refugiado, que ha cruzado una frontera huyendo de la persecución por su raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo o sus opiniones políticas; el solicitante de asilo, a quien el documento pide tratar como refugiado mientras se verifica su condición, y no como sospechoso; el desplazado interno, que ha tenido que abandonar su hogar sin llegar a salir de su propio país y que, por eso mismo, suele quedar más desprotegido; el apátrida, que ningún Estado reconoce como suyo; y la víctima de trata, sometida mediante coacción o engaño a la explotación. Detrás de cada categoría legal hay una misma herida: la de alguien a quien la violencia, la guerra o la persecución le han arrebatado el lugar donde vivir con seguridad. El documento insiste en que reconocer estas diferencias no es un ejercicio burocrático, sino la condición para poder responder a cada uno con lo que necesita.
De la acogida a la liberación: el mismo gesto de Juan de Mata
Lo que el documento pide a las Iglesias locales —contacto personal con quien ha huido, defensa de sus derechos, denuncia de las injusticias que lo empujaron a partir, acompañamiento espiritual allí donde se encuentre, incluso en un campamento— es, en el fondo, el mismo gesto que en 1198 llevó a san Juan de Mata a fundar la Orden de la Santísima Trinidad. Entonces se trataba de cautivos encadenados por su fe; hoy son familias que huyen de la guerra, la persecución religiosa o la violencia extrema. Cambia la forma del cautiverio, pero no cambia el movimiento interior que lo enfrenta: ver a Cristo en quien ha perdido su casa, su tierra y a veces a los suyos, y convertir esa mirada en un compromiso concreto de liberación. «Gloria a la Trinidad y a los esclavos libertad» no distingue entre cadenas físicas y cadenas de exilio forzado: en ambas se juega la misma libertad, la de vivir la propia fe y la propia vida sin tener que huir de ellas.
La respuesta trinitaria en las fronteras de hoy
Esa vocación sigue encarnándose hoy, más de ocho siglos después, en los mismos lugares donde el desplazamiento forzoso golpea con más fuerza a las comunidades cristianas. En Siria, los trinitarios sostienen escuelas en Alepo y acompañan a quienes han tenido que reconstruir su vida entre los escombros de la guerra, sin haber llegado a cruzar ninguna frontera. En la llanura de Nínive, en Irak, la Familia Trinitaria colabora con parroquias de Erbil, Qaraqosh y Bartella que siguen sosteniendo a las familias desplazadas de Mosul y de sus propios pueblos por el avance del extremismo. En Nigeria, atiende a quienes tuvieron que huir de Maiduguri por la violencia de Boko Haram y hoy viven como desplazados dentro de su propio país. Y en Sudán, junto a la liberación de niños esclavizados, la Orden sostiene a familias que lo han perdido todo y necesitan, antes que nada, un lugar seguro donde empezar de nuevo. En cada uno de estos casos, la respuesta no se limita a la ayuda material: incluye la presencia sacramental, el acompañamiento espiritual y la defensa de la dignidad de quienes, además de desplazados, son con frecuencia invisibles para el resto del mundo.
Una acogida que no termina en la puerta
Las orientaciones vaticanas piden algo más que hospitalidad puntual: piden que los propios desplazados tengan voz en las decisiones que afectan a su vida diaria, que su asistencia espiritual esté garantizada tanto como la material, y que la comunidad cristiana no delegue en otros la responsabilidad de acogerlos. Es la misma convicción que sostiene, día a día, el trabajo del SIT: dar forma actual a lo que San Juan de Mata vivió en 1198, acogiendo hoy los anhelos de liberación de quienes han tenido que huir por causa de su fe. Se puede colaborar con esa tarea de tres maneras, y ninguna sobra: orando por quienes huyen —el gesto más importante de todos—, dando a conocer su situación para que no quede en el silencio, y colaborando económicamente a través del Bizum 09078.
Porque acoger a Cristo en el refugiado no es una frase para repetir en una homilía: es una forma muy concreta de estar cerca de quien, además de haberlo perdido casi todo, necesita saber que alguien lo sigue reconociendo como hermano.