Cada vez que se publica un informe PISA parece abrirse la misma ceremonia: buscamos culpables, señalamos a los jóvenes, miramos de reojo a los profesores y, durante unos días, discutimos apasionadamente sobre educación. Después, probablemente, seguimos haciendo muchas de las mismas cosas.
Los datos de PISA 2025 son preocupantes. España obtiene 451 puntos en lectura, frente a los 461 de media de la OCDE; también retrocede en matemáticas y se mantiene por debajo de la media en ciencias. En lectura, solo el 68% del alumnado alcanza el nivel mínimo de competencia y apenas un 2% se sitúa en los niveles más altos.
Conviene mirar estos datos de frente. Sin excusas. Pero, quizá ha llegado también el momento de ampliar la mirada. Porque los alumnos no viven dentro de un instituto o de un centro educativo durante veinticuatro horas. Son hijos de su tiempo. No se trata de eximirlos, sino de extender la responsabilidad a los adultos y al mundo que hemos construido para ellos.
Y ese mundo no siempre juega a favor de la educación.
Pedimos a un adolescente que lea treinta páginas mientras a su alrededor todo compite por conseguir su atención durante tres segundos. Le hablamos del valor del esfuerzo mientras observa diariamente cómo el éxito se presenta en forma de dinero rápido, exposición inmediata y popularidad. La cultura digital a la que se exponen diariamente vende a algunos jóvenes la idea de que estudiar, formarse o adquirir conocimientos es perder el tiempo.
Por eso leer importa. Y mucho.
Leer no es simplemente descifrar palabras. Es aprender a detenerse. A sostener la atención. A convivir con una idea que no se entiende a la primera. A distinguir entre lo que un texto dice y lo que nosotros creemos que dice. A relacionar, inferir, cuestionar, imaginar. Precisamente algunas de las capacidades que PISA considera esenciales han sufrido un deterioro notable.
Pero, me resisto a caer en la nostalgia de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor ni en la tentación de presentar a los adolescentes actuales como una generación perdida. No lo son. Y quizá tengamos que dejar de hablar de ellos como si fueran el problema cuando, en realidad, son también nuestra oportunidad. Tienen fallos, por supuesto. Se distraen, procrastinan, consumen contenidos que nos preocupan, recurren a la inteligencia artificial para hacer lo que deberían pensar por sí mismos y necesitan aprender a esforzarse cuando la recompensa no es inmediata. Pero también tienen capacidades, sensibilidad, preguntas, creatividad y una mirada sobre el mundo que nosotros, los adultos, no siempre comprendemos. No podemos exigirles que sean el futuro y, al mismo tiempo, hablar de ellos como si fueran una generación sin futuro. Hay que dejar de buscar una causa única para un problema complejo.
Necesitamos mejores prácticas docentes, sí. Necesitamos familias que acompañen, instituciones que sostengan, políticas educativas estables y una sociedad que vuelva a conceder prestigio al conocimiento. Necesitamos enseñar a utilizar la tecnología y la inteligencia artificial sin permitir que sustituyan la atención, el esfuerzo y la comprensión. Y necesitamos, sobre todo, dejar de pedir a la escuela que repare en solitario aquello que la sociedad entera contribuye a deteriorar.
Porque hay algo que a veces olvidamos cuando hablamos de PISA: esos porcentajes, esas medias y esas gráficas tienen rostro. Son nuestros alumnos. Son nuestros hijos. No son una generación que debamos contemplar con resignación ni con superioridad moral. Son una generación a la que tenemos la responsabilidad de ofrecer herramientas para que pueda hacerlo mejor que nosotros.
Y para eso, en tiempos de distracción y ruido, todavía necesitamos algo tan antiguo y tan revolucionario como un libro abierto y jóvenes brillantes dispuestos a leerlo.
Lourdes Carmona
Directora Área Pedagógica FEST