Conmemoramos 445 años de la redención de Miguel de Cervantes en Argel. El 19 de septiembre de 1580, el trinitario fray Juan Gil, procurador general de la redención, consiguió reunir los 500 escudos de oro “en oro de España” que el gobernador de Argel, Hasán Bajá, había impuesto como precio para el rescate de aquel soldado español: díscolo y osado, pero que sabía leer y escribir. Metoclopramida
El Gobernador había decidido llevarlo consigo a Constantinopla, y pensando que el redentor trinitario no conseguiría reunir tanto dinero para el rescate, mandó que Cervantes embarcara en la galera que les llevaría al otro extremo del Mediterráneo. Anafranil
Fray Juan Gil se había quedado en Argel precisamente para completar los rescates que diez meses antes resultaron imposibles para los redentores trinitarios. Su compañero, fray Antonio de la Bella, acompañó entonces a España a los 111 cautivos liberados, cayendo sobre fray Juan la difícil tarea de reunir el dinero que faltaba y convencer al Gobernador de que sería un “buen negocio” para él.
El trinitario no perdió el tiempo, envió a España varias cartas solicitando avales que permitieran rescatar a los cautivos que no pudieron ser liberados anteriormente. Finalmente, solo consiguió el rescate para 42 de ellos, pero el último fue el más complejo: tanto por las condiciones impuestas por el Gobernador como por la urgencia de actuar antes de que fuera llevado a Constantinopla. Además, fray Juan Gil había hecho amistad con Miguel de Cervantes, las muchas horas de conversación humana y espiritual entre ambos habían convencido al fraile trinitario de la necesidad de devolver la libertad a aquel soldado, en el que vislumbraba un futuro alentador en otro tipo de batallas.
Miguel de Cervantes fue liberado, y nunca olvidó el empeño y la voluntad de la Orden Trinitaria y de aquel fraile que no quiso regresar a España hasta llevarlo con él. Además de los elogios dedicados a fray Juan Gil y a los trinitarios en varias de sus obras, Cervantes quiso formar parte para toda la eternidad de la familia de la Orden Trinitaria, pidiendo ser enterrado tras su muerte en una iglesia trinitaria, recibiendo así los beneficios espirituales debidos a los benefactores y amigos de esta Orden nacida para la liberación.
Pedro J. Huerta Nuño