Am 8,4-7; Sal 112; 1Tim 2,1-8; Lc 16,1-13
Vamos a centrar hoy nuestra reflexión en esta frase del Evangelio: «El Señor alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz». Esta es la conclusión sorprendente de la parábola que acabamos de escuchar. Un administrador se aprovecha del cargo que tiene, primero para enriquecerse con el dinero ajeno, y luego -cuando es descubierto- se las arregla para no quedar sin nada en la calle. En ambos casos, su proceder es inmoral a todas luces. Por eso nosotros esperaríamos una condena rotunda por parte de Jesús. Pero ¿qué sucede? ¡Que se alaba al administrador corrupto! Este es el elemento llamativo, paradójico de la parábola. Eso significa que tendremos que leer más despacio el texto para averiguar lo que realmente nos quiere decir Jesús. Y, en primer lugar, la razón de la alabanza no es ni puede ser la mala conducta del administrador. Jesús no podía estar de acuerdo y mucho menos alabar un comportamiento deshonesto, un caso claro de corrupción administrativa. Lo que el Señor quiere destacar es la habilidad de aquel hombre para salir de una situación desesperada. O, dicho de otro modo, Jesús alaba no las malas acciones, sino el ingenio del administrador para evitar las consecuencias negativas de su comportamiento fraudulento. Y ¿por qué el Señor insiste sobre este punto? Porque le interesa desenmascarar la pasividad de los buenos, o como decía por los años cincuenta del siglo pasado Pío XII, “el cansancio de los buenos”. Es la falta de compromiso de los creyentes que deja el campo libre a los especuladores de las tinieblas.
El Señor nos invita hoy a sus discípulos a hacer uso de todas nuestras facultades para defender el bien y la justicia, a no quedarnos con los brazos cruzados mientras la guerra y el hambre ganan terreno en el mundo, mientras la miseria y la marginación prosperan a nuestro alrededor. “Haceos amigos con el dinero injusto”, dice Jesús, no para incitar al fraude, sino para recordarnos que compartir con los pobres es asegurar un futuro eterno, “para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”. No basta, pues, con lamentarse por lo mal que están las cosas, por el avance de la incredulidad, del egoísmo, la insolidaridad y la indiferencia hacia el prójimo. Con la parábola del administrador corrupto, Jesús nos invita a no permanecer mudos y resignados cuando se explota al pobre, cuando se encarcela o se asesina a los inocentes, cuando se ridiculizan los valores fundamentales de nuestra fe. Molesta cualquier palabra de la iglesia que denuncie la corrupción en la vida pública; más molesta todavía que la iglesia defienda la vida frente a los intentos de facilitar su eliminación en el seno materno. Pero la voz de los pastores es claramente insuficiente si los cristianos seguimos sin darnos por enterados, como si la cosa no fuera con nosotros, como si la fe fuera un asunto privado sin ninguna incidencia en la vida de cada día.
Con esta parábola, el Señor nos invita a pasar a la acción, a hacer algo para que el Reino de Dios avance, siempre naturalmente observando el modo de proceder que aconseja san Pablo: rezando por todos, también por los que rechazan y combaten los valores del Reino que Jesús anunció, sabiendo que Dios es también Padre suyo, «pues Dios es uno, y único también el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos». Nuestra actitud no puede ser, por tanto, la de quienes ven en el otro un enemigo irreconciliable. Se nos pide que seamos firmes en la defensa de nuestra fe y de los derechos de los más débiles y marginados, pero nunca condenando al adversario, pues «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Ser hábiles para el bien y caritativos con todos: he aquí el mensaje de la Palabra de Dios de este domingo que reclama nuestra fidelidad para ser buenos administradores de los dones que el Señor nos ha confiado.
José Mª de Miguel, osst