Am 6,1.4-7; Sal 145; 1Tim 6,11-16; Lc 16,19-31
Tres son las enseñanzas principales que se desprenden de esta parábola de Jesús; son enseñanzas que se refieren a nuestra propia salvación, por eso creo que nos conviene escucharlas con atención.
En primer lugar, el Señor denuncia claramente, una vez más, que las riquezas, lejos de salvar al hombre, lo ponen en el resbaladero, es decir, el ansia inmoderada de dinero, es la trampa más peligrosa, el obstáculo más grande para alcanzar la salvación. Nos resulta difícil creer esto, pero debe de ser verdad cuando Jesús, y antes de él, los profetas, una y otra vez nos ponen en guardia contra la tentación de la ostentación y del derroche. Así el profeta Amós: “Ay de aquellos que se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes, beben el vino en elegantes copas, se ungen con el mejor de los aceites”. Y Jesús, ochocientos años después, redondea la descripción de este tipo de gente: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día”. En una palabra, un hombre que se daba la gran vida. Pero resulta que este atender al propio y exclusivo provecho personal, esta preocupación por disfrutar al máximo de los placeres de esta vida, es la causa de que viva totalmente despreocupado de las necesidades y miserias del prójimo. Tiene a la puerta de casa a un pobre hombre cubierto de llagas y ni siquiera repara en él, que desfallece de hambre junto a la lujosa verja de su mansión. La moraleja de esta historia es que el vivir sumergido en el lujo hace ciego al hombre para ver la pobreza y la angustia del prójimo, aunque lo tenga cerca, a dos pasos de casa. Jesús nos advierte con meridiana claridad: el que aquí se da la gran vida olvidándose de los pobres, el que despilfarra el dinero sin preocuparse del hambre y de la pobreza de innumerables hermanos, ése morirá ciertamente y será enterrado (tal vez en un gran mausoleo), pero ése será eternamente desgraciado. Y la justificación de la condena aparece en boca de Abrahán: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida y Lázaro a su vez males; por eso él encuentra aquí consuelo, mientras tú sufres tormento”. Esto va por aquellos que piensan y dicen alegremente que eso de la condenación eterna es un cuento chino. A esos tales hay que responderles: pues entonces Dios mismo es un cuento, porque si no damos fe a sus palabras, tampoco creemos realmente en él. El profeta Amós ya les recordaba a aquellos vividores de su tiempo la condena que les esperaba: “Por eso irán al destierro, a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos”.
La segunda afirmación importante de esta parábola suena así: “Y además entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros”.
Esto quiere decir que la situación del hombre después de la muerte es irreversible: para bien o para mal, viviendo eternamente junto a Dios o lejos de él. En cualquier momento de la vida podemos cambiar, podemos convertirnos a Dios. Mientras vivimos en este mundo no está nada decidido, siempre es tiempo de rectificar, para volver al Señor. El tiempo de la vida es tiempo de conversión; luego, después de la muerte, ya no hay tiempo: el que ha optado por Dios y ha cumplido el evangelio vivirá por siempre junto a él; en cambio, el que lo ha ignorado o negado y ha vivido despreocupado de los pobres, a ese Dios lo ignorará, lo abandonará para siempre. No hay vuelta de hoja: la situación eternamente dichosa o eternamente desgraciada es irreversible. Y se decide aquí, en lo que hacemos o dejamos de hacer en esta vida.
Por último, la tercera enseñanza que Jesús quiere inculcarnos dice así: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni, aunque resucite un muerto”. Esto significa lo siguiente: no hay que engañarse pensando ‘si yo viera un milagro me convertiría, sería un santo’. Nada más falso. Es la triste experiencia del propio Jesús: por más milagros que realizó a la vista de todos, no le sirvió de nada. Al final, lo mataron igualmente. Sólo puede convertirnos una cosa: la Palabra de Dios si la escuchamos con fe. Lo cual significa que hemos de vivir abiertos al Evangelio, dejándonos guiar por él, obedeciendo a Cristo. De ahí la importancia que tiene la lectura de la Sagrada Escritura: en ella nos habla Dios mismo. Si lo escuchamos y lo seguimos, él nos salvará, si no “ni, aunque resucite un muerto” nos hará cambiar. Tú, le escribía san Pablo al joven Timoteo: “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna”.
Que esta Eucaristía, en la que el Señor nos hace oír su palabra y nos da participación en su mesa santa, nos ayude a ser más sensibles con la inmensa multitud de pobres lázaros que pueblan el mundo.
José Mª de Miguel, osst