El 6 de diciembre de 2025, León XIV nombró a monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires, delegado pontificio de la Pastoral Carcelaria Internacional. Semanas después, al describir cómo se forma un agente de pastoral penitenciaria, resumió años de visitas a cárceles bonaerenses en una sola frase: «la pastoral carcelaria se aprende caminando los pabellones». No en un aula, no en un documento, sino en el pasillo, delante de una celda, con el cuerpo. Su primer aprendizaje, dijo, fue el más simple y el más exigente: estar y escuchar.
Esa frase, casi al pasar, contiene una teología entera. Y para quien lleva siglos vinculado al rescate de cautivos, suena menos a novedad que a eco.
Una intuición con ochocientos años
Cuando san Juan de Mata fundó la Orden de la Santísima Trinidad en 1198, la redención no era una metáfora: era ir físicamente allí donde estaba el cautivo, negociar su libertad, y muchas veces quedarse en su lugar. El carisma trinitario nació de un gesto muy concreto —cruzar el mar, entrar en el lugar del cautiverio— antes de convertirse en doctrina. La redención se aprendía, también entonces, caminando.
Ocho siglos después cambió casi todo: ya no hay rescate en monedas ni fronteras que cruzar en barco. Pero la estructura del gesto trinitario permanece intacta en lo que García Cuerva describe: no se redime desde el escritorio ni desde el decreto, se redime entrando, permaneciendo, escuchando antes de actuar. Los padres trinitarios que hoy acompañan cárceles en distintos países no inventan una pastoral nueva; actualizan la misma intuición fundacional en un pabellón del siglo XXI.
Una pastoral con memoria propia
La pastoral penitenciaria organizada tiene su propio linaje reciente: nació en 1950 por iniciativa del entonces cardenal Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI. Setenta y cinco años después, el nombramiento de García Cuerva no abre una etapa desde cero, sino que la enlaza con una misión mucho más antigua, la del rescate de cautivos, que ya caminaba pabellones —o mazmorras, o campos de prisioneros— siglos antes de que existiera el nombre «pastoral penitenciaria».
Por eso tiene sentido leer el nuevo impulso de León XIV no como un capítulo aislado, sino como la convergencia de dos memorias: la de una estructura eclesial de setenta y cinco años y la de un carisma redentor de más de ochocientos. Cuando el Papa, en su encuentro con García Cuerva, usó la imagen evangélica del perfume que llena toda la casa (Jn 12), estaba diciendo algo que los trinitarios reconocen enseguida: lo que sucede en un pabellón, en una sola visita, no queda encerrado allí. Se difunde.
Lo que el pasillo enseña que el documento no puede
García Cuerva no se quedó en la frase bonita. Nombró los problemas con precisión: hacinamiento, desigualdad, ausencia de educación y de trabajo digno, la persistencia de la pena de muerte en no pocos países. Y añadió algo que compromete: ante todo esto, «la Iglesia está llamada a levantar una voz profética». No basta con visitar; hay que hablar, incidir en las políticas públicas, formar mejor a quienes acompañan, sumar laicos y mujeres a una tarea que durante demasiado tiempo se pensó como cosa de pocos.
Ahí está, quizás, la actualización más exigente del carisma trinitario para hoy. Rescatar cautivos en el siglo XXI no es solo la visita semanal, el acompañamiento personal, la escucha en el locutorio —todo eso sigue siendo insustituible, y sigue siendo lo primero que se aprende caminando—. Es también, cada vez más, prestar la voz de la Iglesia a quienes no tienen forma de hacerse oír desde dentro de un pabellón superpoblado. El trinitario que acompaña hoy una cárcel hace ambas cosas a la vez: camina el pasillo y, con lo que aprende allí, sostiene una palabra que debe llegar más lejos que el pasillo mismo.
Una redención que sigue empezando por los pies
Ocho siglos de historia trinitaria podrían tentar a pensar que ya se sabe todo sobre cómo acompañar al cautivo. La frase de García Cuerva desmiente esa tentación con humildad: incluso un arzobispo con años de experiencia en cárceles describe su propio aprendizaje como algo que nunca termina, que se renueva en cada pabellón nuevo, en cada rostro nuevo. Es la misma humildad con la que Juan de Mata cruzó el mar sin garantías, aprendiendo el oficio de redimir en el terreno mismo del cautiverio.
Por eso la misión trinitaria en las cárceles de hoy no se mide solo en documentos fundacionales ni en nombramientos pontificios, aunque estos importen y den impulso. Se mide, como hace ochocientos años, en pasos: los que da un religioso al entrar en un pabellón sin saber exactamente qué va a encontrar, dispuesto sobre todo a estar y a escuchar. Ahí, y no antes, empieza la redención.