Ez 18,25-28; Sal 24; Flp 2,1-11 (o bien en forma breve Flp 2,1-5); Mt 21,28-32
Decíamos el domingo pasado que tendemos a imaginar a Dios según somos nosotros, de modo que más que creados a imagen y semejanza de Dios, es Dios el que parece hecho a nuestra imagen, de tal modo que Dios debería actuar más o menos como nosotros nos actuamos. Por ejemplo, un hombre o una mujer se han comportado bien, han sido justos, no han faltado en nada, y así durante muchos años. Pero resulta que un buen día, quizás al final de su peregrinación por este mundo, el hombre o la mujer ceden a la tentación y se apartan de la Ley del Señor. ¿Cómo les va a castigar el Señor si han sido personas intachables, incluso caritativas, la mayor parte de su vida? Por un traspiés ¿va a echarse a perder toda una vida? La gente supuestamente sensata no entiende este proceder de Dios. “No es justo el proceder del Señor”, dicen los oyentes del profeta. Lo mismo sucede a la inversa: un hombre o una mujer se han comportado mal, han sido unos explotadores, se han aprovechado del prójimo, jamás han aparecido por la iglesia, pero resulta que un buen día, quizás al final de su existencia, caen en la cuenta de su peligrosa situación y se arrepienten sinceramente de su mala vida pasada. Para muchos, estos arrepentimientos finales no valen nada, así que consideran injusto a Dios que salva a éste y condena al otro, o sea, salva al pecador arrepentido y condena al justo que muere pecador.
Pero, así como los planes de Dios no son nuestros planes ni sus caminos son nuestros caminos, del mismo modo el proceder de Dios y su justicia son bien diferentes de nuestro proceder y de nuestra justicia. Lo que vale ante Dios es el desenlace, porque lo que somos ante Dios y para Dios no se decide hasta el final. Por eso los buenos tienen que pedir constantemente, todos los días, la perseverancia final, o sea, perseverar en el bien y en el amor de Dios hasta la muerte. Pero tampoco hay nada decidido para los malos. Por eso también para ellos la misericordia de Dios permanece abierta hasta el final, “porque el Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores”. La justicia humana no pasa por aquí, pero Dios siempre ofrece una nueva oportunidad, de modo que “si el pecador recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. En cambio, “cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió”. Y su suerte desgraciada no se puede atribuir a Dios, sino a su empecinamiento en el pecado. Es un mensaje para que los buenos no se confíen y los malos se arrepientan y vuelvan al Señor.
En el Evangelio que hemos escuchado, Jesús enseña la misma doctrina del profeta Ezequiel, pero con un lenguaje quizás más duro y descarnado. Porque hace falta mucho valor para ponerles como ejemplo a aquella gente tan piadosa y cumplidora la conducta de unos sujetos tan poco recomendables como los publicanos y las prostitutas. El escándalo está servido: o sea, éstos y estas que oficialmente estaban considerados como el prototipo del pecador y, por tanto, con pocas posibilidades de salvación, son los que Jesús dice que van a preceder, en el camino del reino de los cielos, nada menos que “a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo”. ¿Y por qué? Desde luego Jesús no canoniza el comportamiento pecaminoso de los publicanos y prostitutas. Sería absurdo. Lo que Jesús quiere resaltar de estos pecadores públicos, y por eso los pone como ejemplo, es su capacidad de conversión, y de hecho muchos publicanos y prostitutas se convirtieron y formaron parte de sus discípulos, entre ellos el apóstol y evangelista san Mateo y María Magdalena. En cambio, los que parecían que tenían un trato directo con Dios no le aceptaron, es más, lo rechazaron hasta darle muerte. Éstos están representados en aquel hijo que dijo que iba a la viña, pero no fue, son los mismos que no escucharon el mensaje de conversión del Bautista; mientras que aquéllos, los pecadores públicos, están representados en el hijo que dijo “no”, “pero después se arrepintió y fue”, son los que creyeron a Juan Bautista. ¿De qué grupo formamos nosotros parte? ¿De los que decimos que ‘sí’, que ‘amén’ a todo, pero luego hacemos lo que nos parece, o de los que de pronto nos mostramos rebeldes, pero luego obedecemos?
¿Y en qué tenemos que obedecer? ¿O de qué tenemos que convertirnos? El Apóstol Pablo nos ha señalado unas cuantas actitudes para parecernos a Cristo, para impregnarnos de su imagen, para alcanzar “los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús”, de tal modo que lleguemos a formar la comunidad de sus discípulos en la que predomine el amor mutuo y la unidad de sentimientos y afectos. Para ello nos previene contra algunas actitudes negativas y destructivas de la comunidad: la envidia, que amarga la existencia del envidioso y de los que le rodean, la ostentación o vanidad, que humilla al pobre, el egoísmo que persigue únicamente su propio interés. Como antídoto, San Pablo nos recomienda que nos dejemos guiar por la humildad y por el respeto al prójimo buscando siempre el bien de los demás. Estos son los sentimientos de Cristo.
En la oración de entrada de este domingo hemos recordado que el poder de Dios omnipotente, se manifiesta especialmente “con el perdón y la misericordia”. Tenemos experiencia de las veces que hemos desobedecido a Dios como aquel hijo que no quería ir a la viña, pero si nos arrepentimos y luchamos contra las seducciones de la soberbia y el egoísmo, podemos esperar con confianza que el Señor no se acuerde de nuestros pecados y nos abrace con su misericordia. Que Él nos conceda experimentarlo y seremos transformados.
P. José Mª de Miguel, osst