Cinco años de guerra civil han dejado en Myanmar una huella que no se mide solo en cifras, sino en catedrales ocupadas, viviendas reducidas a escombros y campos de refugiados que se han convertido en la única casa posible para cientos de miles de personas. En medio de ese paisaje, la diócesis de Loikaw intenta hoy algo que parece casi desmedido: recuperar la normalidad. Lo hace sin electricidad, sin agua corriente y con minas antipersona sembradas alrededor de la ciudad, pero lo hace.
Una catedral que vuelve a abrir sus puertas
Desde 2023, el ejército ocupaba la catedral de Cristo Rey y el centro pastoral de Loikaw. Su devolución a la Iglesia ha permitido que los sacerdotes regresen a unas instalaciones que, sin embargo, conservan las cicatrices de la ocupación: graves daños estructurales y la ausencia de los servicios más elementales. Es en este contexto en el que el obispo Celso Ba Shwe ha querido dejar clara cuál es, a su juicio, la única salida real al conflicto: «La guerra no es la solución. Esta guerra solo terminará en una mesa de negociaciones, mediante el diálogo y el encuentro mutuo». No son palabras de circunstancia: las pronuncia quien ha visto de cerca lo que la violencia le ha hecho a su diócesis y a su gente.
Volver a un hogar que ya no está
Muchos fieles que huyeron a otras ciudades durante los años más duros del conflicto están regresando ahora a Loikaw. Lo que encuentran, con frecuencia, son viviendas destruidas y un peligro nuevo que la guerra ha dejado sembrado literalmente bajo tierra: minas antipersona alrededor de la ciudad. Su retirada es lenta, costosa y peligrosa, lo que convierte cada regreso en un ejercicio de paciencia y de riesgo a partes iguales. Reconstruir, en Loikaw, no es todavía una posibilidad para todos: es, primero, sobrevivir a lo que la guerra dejó atrás.
Más de 150.000 personas sin hogar
Mientras tanto, más de 150.000 personas continúan viviendo en cerca de 300 campamentos de desplazados internos, en condiciones precarias y con un acceso muy limitado a la educación. La guerra ha interrumpido la escolarización de miles de niños, y aunque la Iglesia ha creado escuelas informales dentro de los propios campamentos, los estudios que allí se cursan no cuentan todavía con reconocimiento oficial. Es una generación entera que aprende a leer y a escribir en aulas improvisadas, sabiendo que ese esfuerzo aún no tiene, sobre el papel, ningún valor.
Iglesias de bambú y una Iglesia que no distingue
A pesar de todo, las comunidades católicas siguen levantando pequeñas iglesias de bambú y plástico en los campamentos: una forma sencilla, casi frágil, de decir que la fe sigue teniendo un lugar donde nada más lo tiene. Sacerdotes y religiosas acompañan a las familias desplazadas, ofreciéndoles apoyo espiritual, educación y ayuda humanitaria sin distinción de religión ni de etnia. Ahí, precisamente, está una de las claves de esta historia: la Iglesia no reparte su cercanía según credos o banderas, sino según necesidades.
La libertad, también en Myanmar
Esta es, en el fondo, la misma causa que en 1198 llevó a San Juan de Mata a fundar la Orden Trinitaria: acoger los anhelos de liberación de quienes sufren, hoy la guerra, ayer la esclavitud, y responder con caridad redentora allí donde el dolor no distingue entre religiones ni pueblos. Solidaridad Internacional Trinitaria (SIT) asume hoy esa misma vocación, sumando esta intención —la de una diócesis que intenta renacer entre catedrales dañadas, minas antipersona y campamentos de desplazados— a las muchas realidades de persecución y sufrimiento por la fe que sostiene en el mundo.
Nadie tiene que sostener esta causa en solitario. Se puede colaborar con el SIT orando por la paz de Myanmar y por el obispo Celso Ba Shwe —el gesto más importante de todos—, difundiendo esta realidad para que no quede en el silencio, y también con una aportación económica a través del Bizum 09078.
Porque reconstruir una catedral, levantar una iglesia de bambú o simplemente volver a casa son, todos ellos, pequeños gestos de la misma libertad: la de un pueblo que se niega a dejar que la guerra tenga la última palabra.