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  • 14/12/2025

La esperanza no defrauda… tampoco en las cárceles

La esperanza no defrauda... tampoco en las cárceles. Sergio Garcia
  • Enviados a liberar

Pocas realidades expresan de forma tan clara la vocación de devolver la esperanza como la pastoral penitenciaria, rostro concreto de la misericordia de Dios que entra en las prisiones para decir a cada persona privada de libertad: “No estás solo, Dios sigue creyendo en ti”.

El papa Francisco, en la carta que envió a Mons. Rino Fisichella al convocar el Jubileo de 2025, recordaba que la celebración jubilar es ante todo un don de gracia, un tiempo de reconciliación, perdón y renovación interior.

Pero este Año Santo, dedicado a la esperanza, tiene una resonancia especial en los muros de las cárceles. Porque si el Jubileo es el tiempo del retorno, de la liberación de las deudas y del restablecimiento de la dignidad perdida, entonces cada cárcel puede y debe convertirse en lugar de esperanza. Allí donde la vida se detiene, puede comenzar una peregrinación interior hacia Dios; allí donde todo parece cerrado, se puede abrir la puerta de la misericordia.

LA CÁRCEL, LUGAR DONDE LA ESPERANZA RENACE

La sociedad suele ver la prisión como un espacio de castigo, de ruptura, de exclusión. Pero la mirada cristiana, iluminada por el Evangelio, descubre en ella una oportunidad de encuentro y de conversión. En el texto de la bula ‘Spes non confundit’, el papa Francisco nos recuerda que “necesitamos una alianza social para la esperanza, inclusiva, capaz de mirar el futuro sin pesimismo ni individualismo”. Esa mirada incluye también a los encarcelados, a los que viven la experiencia de la pérdida y del límite.

El Jubileo, en su raíz bíblica, era un tiempo de restauración: los cautivos recuperaban la libertad, las tierras se devolvían a sus dueños, las deudas se perdonaban. La trompeta del jubileo anunciaba que nadie debía quedar esclavizado para siempre. Jesús mismo, al iniciar su ministerio en la sinagoga de Nazaret, proclamó: “El Espíritu del Señor está sobre mí (…). Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos” (Lc 4,18). Con esas palabras, el Señor hacía suyo el deseo más profundo de toda persona encarcelada: ser liberado, sí, pero sobre todo ser redimido, recuperar el sentido y la dignidad que el pecado o la historia le arrebataron.

Por eso la pastoral penitenciaria no es un simple acompañamiento social, ni una labor asistencial: es una misión espiritual, una forma concreta de encarnar el corazón del Evangelio. La cárcel, mirada con los ojos de la fe, puede transformarse en espacio de encuentro con Dios, en un desierto donde resuena la voz que llama a renacer. El capellán, el voluntario o la voluntaria que cruzan la puerta del centro penitenciario lleva consigo no solo palabras, sino la presencia misma de la Iglesia. Cada gesto de escucha, cada Eucaristía compartida, cada abrazo sincero es signo del Dios que no abandona.

SIGNOS DE ESPERANZA EN EL JUBILEO

La bula ‘Spes non confundit’ ha querido que este Año Santo tenga signos visibles para todos los que viven situaciones de sufrimiento. Entre ellos, Francisco señala explícitamente a las personas privadas de libertad, y pide que cada comunidad cristiana sea signo tangible de esperanza para ellas. Propone que se estudien caminos de amnistía o de reducción de penas, que se promuevan itinerarios de reinserción y que se garanticen condiciones dignas en las prisiones. Pero más allá de las reformas necesarias, el Papa apunta a algo más profundo: que la sociedad y la Iglesia vuelvan a mirar a los presos como personas, no solo como condenados.

Así, no es casual que el Santo Padre decidiera abrir una de las Puertas Santas del Jubileo precisamente en una cárcel: la de Rebbibia, en Roma. Con ese gesto quiso mostrar que la gracia no conoce muros, que la misericordia atraviesa las rejas y que el perdón de Dios es más fuerte que el peso de la culpa. “Abrir una Puerta Santa en una prisión –dijo– es un símbolo que invita a mirar el futuro con esperanza y con un renovado compromiso de vida”.

En esa misma línea, los equipos de Pastoral Penitenciaria en España, reunidos en octubre de 2024 en el XXXV Encuentro de Capellanes y Delegados, quisieron hacer del Jubileo una oportunidad concreta de renovación pastoral. En sus propuestas encontramos una visión de Iglesia que camina junto a los pobres y los cautivos, siguiendo la huella del Evangelio: campañas de sensibilización en diócesis y parroquias, iniciativas de denuncia profética ante las carencias del sistema penitenciario, apoyo a los itinerarios de reinserción, peregrinaciones jubilares dentro de las prisiones y encuentros de oración con los internos. Todo ello configura una auténtica “sinfonía de esperanza”, en comunión con la Iglesia universal.

‘DILEXI TE’: AMAR A LOS POBRES Y A LOS CAUTIVOS

La exhortación apostólica ‘Dilexi te’ del papa León XIV ilumina con profundidad esta misión. Desde sus primeras líneas, el documento recuerda que el amor de Cristo se manifiesta de manera especial en los más débiles: “Jesús se identifica con los más pequeños de la sociedad y muestra la dignidad de cada ser humano, sobre todo cuando es más débil, miserable y sufriente” (n. 2)

En el capítulo “Liberar a los cautivos”, ‘Dilexi te’ recuerda que desde los tiempos apostólicos la Iglesia ha visto en la liberación de los oprimidos un signo del Reino de Dios. Los trinitarios y los mercedarios, surgidos en el siglo XIII, nacieron precisamente con el carisma de liberar a los cautivos, incluso ofreciendo su propia vida por ellos.

Aquella vocación no ha desaparecido; hoy se prolonga en la pastoral penitenciaria, que rescata no tanto con dinero como con cercanía, escucha y acompañamiento. “La caridad cristiana, cuando se encarna, se convierte en liberadora; y la misión de la Iglesia, cuando es fiel a su Señor, es siempre proclamar la libertad” (n. 61).

Estas palabras resuenan con fuerza en las cárceles actuales. La misión del capellán, del voluntario, del religioso o la religiosa que entra cada día en un módulo penitenciario es continuar esa obra redentora. Su presencia recuerda que la liberación de Cristo no es una idea espiritual, sino un acontecimiento real que toca la carne herida de cada ser humano. El amor de Dios no se anuncia desde lejos: se hace compañero de celda, comparte el pan del recluso, escucha su historia, sostiene su esperanza.

En ese sentido, ‘Dilexi te’ ofrece una clave decisiva: “El contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos” (n. 5). La cárcel, con todo su peso de contradicciones, se convierte así en lugar teológico: allí se revela el rostro de Cristo, pobre y cautivo, y allí se purifica también la fe de la Iglesia.

LA PASTORAL PENITENCIARIA COMO ROSTRO TRINITARIO

La Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos ha sido desde sus orígenes signo visible de esa esperanza que libera. Su carisma –“Gloria a Ti, Trinidad, y a los cautivos libertad”– no pertenece solo a su historia, sino que inspira toda acción eclesial en favor de quienes sufren privación de libertad. Como recuerda la exhortación ‘Dilexi te’, los trinitarios comprendieron que liberar a los cautivos era una prolongación del sacrificio redentor de Cristo, “cuya sangre es el precio de nuestro rescate” (n. 60).

Esa mirada trinitaria transforma la pastoral penitenciaria en una experiencia profundamente espiritual: el Padre acoge sin condiciones, el Hijo comparte la cruz del cautivo y el Espíritu Santo renueva el corazón herido para hacerlo capaz de esperanza. En las cárceles, la Trinidad actúa silenciosamente: en cada reconciliación, en cada palabra de consuelo, en cada lágrima que se convierte en oración. Por eso, la pastoral penitenciaria no solo lleva a Dios a los presos, sino que descubre a Dios en ellos.

PEREGRINOS DE LA ESPERANZA TRAS LOS MUROS

El Año Jubilar propone que todos seamos “peregrinos de la esperanza”. Pero también los internos pueden serlo, aunque sus pasos estén limitados por el encierro. En muchas prisiones se preparan “peregrinaciones interiores”: recorridos simbólicos dentro de los centros, puertas santas en las capillas, celebraciones comunitarias del perdón. La meta no es una distancia física, sino un camino del corazón.

La propuesta del “carnet del peregrino” para los internos, las peregrinaciones virtuales a Roma o a Santiago, los encuentros con seminaristas o la organización de Semanas Santas dentro de las cárceles son formas concretas de expresar que el Jubileo también se vive detrás de los muros. Cada paso, cada gesto, cada celebración jubilar en prisión proclama que Dios no se cansa de esperar.

A la vez, la dimensión ‘ad extra’ –hacia la sociedad– es indispensable. Las diócesis están llamadas a sensibilizar, a dar voz a quienes no la tienen, a mostrar que la justicia sin misericordia se vuelve estéril. La denuncia profética ante las carencias del sistema penitenciario, el apoyo a los procesos de reinserción y las experiencias de justicia restaurativa son expresión de una esperanza activa, que no se conforma con acompañar, sino que transforma las estructuras.

‘Dilexi te’ insiste en que la opción por los pobres no es un gesto de beneficencia, sino una dimensión constitutiva de la fe: “No se puede amar a Dios sin extender el propio amor a los pobres” (n. 26). En ese sentido, la pastoral penitenciaria nos recuerda que la Iglesia solo será plenamente evangélica cuando los presos, los pobres y los descartados ocupen un lugar en su corazón y en su misión.

El Jubileo nos invita, pues, a una conversión pastoral: pasar de una pastoral de visita a una pastoral de presencia y comunión. No se trata solo de entrar en la cárcel, sino de dejar que la cárcel entre en la vida de la comunidad cristiana. Cuando una parroquia ora por los presos, cuando una familia acoge a quien sale en libertad, cuando un joven descubre en la pastoral penitenciaria su vocación de servicio, entonces la esperanza se hace visible.

Porque la esperanza, para ser cristiana, debe ser compartida. No basta con proclamarla: hay que encarnarla. Y cada vez que alguien cree de nuevo en su posibilidad de cambio, cada vez que un interno experimenta el perdón, cada vez que una comunidad se reconcilia con su historia, el Reino de Dios se hace presente.

LA CÁRCEL, LUGAR DE GRACIA

Al final, la Pastoral Penitenciaria no pretende ofrecer soluciones mágicas, pero sí testimonios vivos. Quien ha entrado en una prisión como agente de pastoral sabe que allí, entre rejas, ha encontrado muchas veces una fe más pura, una oración más sincera, una humanidad más real. Porque en el silencio de la celda, Dios se deja encontrar. “En el rostro herido de los pobres –dice ‘Dilexi te’– encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo” (n. 9).

El Jubileo de la Esperanza nos desafía a creer que la gracia puede brotar en los lugares más inesperados. Las cárceles no son solo símbolos de fracaso o castigo, sino también posibles santuarios de conversión. Allí se verifica la verdad del Evangelio: que nadie está perdido para siempre, que la misericordia de Dios alcanza toda oscuridad.

En un mundo marcado por la desconfianza y la exclusión, la pastoral penitenciaria se convierte en profecía viva de esperanza. Su misión, humilde y silenciosa, refleja el corazón mismo de la Iglesia: una Iglesia pobre y para los pobres, una Iglesia que no teme entrar en las sombras porque sabe que allí brilla la luz de Cristo.

El Año Jubilar de la Esperanza nos invita a mirar la cárcel no como el final del camino, sino como un umbral de nueva vida. Allí donde el mundo dice “no hay futuro”, la Iglesia anuncia que el futuro ya ha comenzado. Y ese anuncio no defrauda, porque –como nos recuerda san Pablo y repite el Papa en la bula ‘Spes non confundit’– “la esperanza no defrauda”. Tampoco en las cárceles.

P. Sergio Garcia, osst

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