Is 7,10-14; Sal 23; Rom 1,1-7; Mt 1,18-24
Se abre la Misa de este último domingo de preparación a la Navidad con esta invocación del profeta Isaías: “Cielos, destilad desde lo alto; nubes derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador”. El profeta pide con ansia la venida del Justo, venida que viene de lo alto, es decir, desde Dios; pero al mismo tiempo pide que de la tierra venga el Salvador. Así es el Mesías que vendrá la noche del Nacimiento: viene de Dios, por eso desciende de lo alto, pero nace de la tierra, de abajo, del seno de la Virgen, en ella el cielo y la tierra se unen para que aparezca el Hijo de Dios como hijo de la Virgen, “nacido de la estirpe de David según la carne”, dice el Apóstol.
¿Dónde y cuándo se cumplió esta ardiente petición? Ocho siglos antes del Nacimiento de Cristo, el profeta Isaías lo anunció así: “Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel”, nombre que significa “Dios-con-nosotros”. Y no es un anuncio inverosímil, fantástico, puesto que san Mateo dice que las circunstancias extraordinarias de la concepción virginal de Jesús sucedieron “para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta” Isaías. Por esa razón, en este domingo último del tiempo de Adviento, la protagonista principal es la Virgen María, la virgen encinta. Ella es el signo dado por Dios para mostrar al mundo que el niño que va a dar a luz es el mismo Hijo de Dios, concebido no de manera natural, como son concebidos todos los seres humanos. Por eso el evangelista Mateo subraya con fuerza que “ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”; y luego repite: “la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Es el poder creador de Dios el que actúa en la concepción de Jesús, es el mismo poder creador y dador de vida que dio lugar al origen del universo y del hombre. Si Dios creó de la nada por su Palabra todo lo que existe hace millones y millones de años, ¿cómo no iba a poder encarnarse en el seno de la Virgen sin concurso de varón?
El otro protagonista silencioso pero activo es San José, el esposo de María. De él dice el evangelista que era “justo”, y porque era “justo”, reaccionó de manera poco habitual, en aquella época, ante el hecho de la concepción de un hijo que no era suyo. Para no comprometer a su esposa con las gravísimas consecuencias de una denuncia “decidió repudiarla en privado”. La segunda virtud que destaca el evangelista es su “obediencia”: “Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer”. Y así la salvó a ella y al Niño que se gestaba en su seno. Naturalmente, se trata de una obediencia que es la expresión de su fe que vence la duda.
¿Cuál es la enseñanza principal que la Palabra de Dios quiere inculcarnos hoy a pocos días del nacimiento de Jesús? Teniendo delante el ejemplo de san José es la fe, la ejercitación de la virtud teologal de la fe, que se nos pide practicar al acercarse la Navidad para poder reconocer en aquel Niño, nacido de la Virgen María, al Hijo del Eterno Padre. Porque a Belén sólo podemos acercarnos en actitud humilde y confiada. Esto es lo que hizo José y así se comportó María: ambos vivieron y se movieron ante el misterio oculto en las entrañas de la Virgen guiados únicamente por la fe. Fuera de la fe, la Navidad es sólo una fiesta pagana. Y estamos ya a un paso de vaciar la Navidad del misterio que está en su origen: la celebración agradecida y gozosa del Nacimiento de Jesús, el Salvador de los hombres.
Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios, ayúdanos a celebrar cristianamente el Nacimiento de tu Hijo haciéndole un hueco en nuestro corazón, acogiéndole dentro de nosotros y de nuestras casas, abriendo nuestra solidaridad y nuestra caridad fraterna a los que como a ti y al Hijo que llevas dentro, nadie recibe, nadie acoge, nadie atiende. Que la alegría de esa noche santa sea por el Salvador que tú nos vas a dar; y que la paz y la felicidad que él nos trae la sepamos nosotros comunicar a los demás en la familia, en el trabajo, allá donde nos encontremos. Esta es la Navidad que tú celebraste y a la que invitas a todos tus hijos.
José Mª de Miguel, osst