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  • 10/06/2025

El Dios de la vida que nos revela Jesús

Juan Pablo García Maestro
  • Espiritualidad Trinitaria
¿Qué Dios testimoniamos? 

Hablar de Dios es hablar del sentido de la vida, dado que a todos lo que realmente nos interesa de Dios está en relación con las preguntas que todos nos hacemos: ¿cómo ser felices?, ¿qué es el bien y el mal?, ¿cómo tenemos que aprovechar el tiempo que nos queda de vida? Son preguntas que nos marcan como personas. Y a las que deseamos dar una respuesta cuando nos acercamos a Dios. 

Hemos sido educados en donde el sentido de la vida estaba claramente determinado. Todos sabíamos a qué atenernos. Todos sabíamos lo que era bueno y lo que era malo, aunque luego lo practicáramos o lo dejáramos de practicar. Pero todos somos conscientes de que esto pertenece al pasado. Hoy vivimos en una sociedad secular, post-religiosa y plural. 

En esta sociedad secularizada Dios se ha vuelto innecesario. Yo lo expreso de una manera muy sencilla. Para ser un buen ciudadano no hace falta ser un buen cristiano. Hoy nos encontramos en un modelo de sociedad en el que los valores de la vida social, de la vida familiar, de la vida profesional, de la política, de la cultura, de la economía, no son valores cristianos sino valores humanos, profanos, laicos, seculares. Todos tenemos amigos y conocidos que son excelentes personas y no son cristianos. Todos nos sentimos con frecuencia admirados ante el comportamiento de personas que no creen de Dios, pero que nos dan ejemplos de solidaridad, de compromiso, de entrega a los demás, que nos suscitan admiración. 

A estas personas les llaman algunos, cristianos anónimos, no precisamente con gusto de esos anónimos. Pero la pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿Esto por qué ha ocurrido? Pues sencillamente porque Dios se ha hecho innecesario. Ha muerto definitivamente el Dios <<tapa agujeros>>, el Dios que daba respuesta a preguntas para las que nosotros no teníamos respuesta. Es ésta una realidad que ha marcado nuestra sociedad. Hoy lo verdadero es lo científico, lo experimental, lo comprobable, lo de alguna manera empíricamente constatable. Y Dios, como es algo que no se puede percibir y demostrar, ha quedado para muchos en segundo plano. 

Antes se decía: “la vida es una mala noche en una mala posada”; y hoy decimos. “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Y el pájaro en mano es la vida. Y lo que venga después de la muerte, eso…¿quién lo sabe? Esta moral marca nuestra cultura y nuestra persona. Vivimos una moral y una ética laica sin teología, autónoma, en la que Dios no cuenta para nada. 

Pero a la vez constatamos que hay más soledad en personas que materialmente lo tienen todo. Hay muchas gentes tan pobres que solamente tienen dinero. En este contexto surge las preguntas: ¿para qué sirve Dios?; ¿dónde está Dios?; ¿qué es lo que puede aportar Dios?

Creemos que en esta situación lo que más necesitamos y lo que nos hace falta son gurús, es decir, creyentes que hablen desde la experiencia, desde lo que de verdad viven y sienten. Uno de los grandes cristianos del siglo pasado nos advertía que el cristiano del siglo XXI, o será un místico o no será nada (Karl Rahner). Ser místico es haber experimentado a Dios y vivir desde nuestra experiencia de Dios. ¿Hemos experimentado algo?; ¿experimentamos algo personalmente, en nuestros grupos, en nuestras comunidades? ¿Qué decimos cuando nos preguntan por Dios? Tengo la impresión que hablamos mucho de moral, de doctrina…, pero no se habla de Dios. Y cuando se habla de Dios es de lo que hemos aprendido en los libros, pero no de un Dios vivencial. Y ¿cuál es el Dios vivencial y experiencial? El que nos lleva a nosotros, en la biografía de cada uno, en los acontecimientos de la vida, en las situaciones difíciles, en las situaciones gratificantes, a vivir esas experiencias relacionándolas con Dios, buscándolas en Dios. 

De forma que la persona de Jesús determine nuestro modo de pensar y comportarnos. Lo que necesitamos son maestros y maestras espirituales que nos enseñen un camino, un camino que ellos mismos han experimentado, que ellos mismos han vivido. De forma que al hablar de Dios tengamos que hablar de nuestra vida; y al hablar de nuestra vida, tengamos que hablar de Dios. Porque no es posible establecer a Dios como un comportamiento estanco, al margen de la vida. 

Dios es Padre, ¿y por qué no Madre? 

En el lenguaje cotidiano empleamos expresiones donde con frecuencia aparece la palabra Dios. Ellas son expresadas en distintos contextos. En una sociedad en la que ha predominado el varón sobre la mujer es normal que la imagen de Dios haya estado representada con la figura del padre. Dios es el que domina el mundo. Pero Dios no es padre ni madre. Hablamos de Dios análogamente, es decir comparativamente, evocándolo en palabras, imágenes, conceptos necesariamente sacados de nuestro mundo de la experiencia cotidiana. 

 Explicar a un niño que el amor de Dios es semejante al amor de papá y de mamá, quizás se le hará más fácil entender el porqué Dios es amor. Pero explicar a un joven que Dios es padre o madre cuando en su vida ha experimentado violencia y abandono en su casa, entonces será muy difícil explicar la dimensión maternal y paternal de Dios. 

Sin embargo, desde la perspectiva bíblica preguntar quién es Dios nos lleva a afirmar con radicalidad que Dios es “Padre”. El evangelista Juan define a Dios como amor (cfr. 1 Jn 4, 8). El amor da vida, por ello se llama también Padre a Dios. En el Antiguo Testamento, en concreto en el libro del Deuteronomio se afirma: “¿Así pagas a Yahvé, pueblo insensato y necio? ¿No es tu padre, el que te creó, el que te hizo y te fundó? Acuérdate de los días de antaño, considera los años de edad en edad. Interroga a tu padre, que te cuente, a tus ancianos, que te hablen” (Dt 32, 6-7). 

Pero Dios es también madre, así aparece en otros contextos culturales. Incluso en la misma Biblia hay referencias a la dimensión maternal del amor de Dios:

 “¿Acaso puede olvidar una mujer a su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella llegase a olvidar, yo no te olvidaré” (Is 49, 15). 

“Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66. 13). 

Por otra parte, en la Biblia se repite hasta la saciedad que Dios tiene entrañas de misericordia. Se suele olvidar que la palabra “entrañas” hace referencia a los órganos de reproducción femenina. Es algo así como decir que Dios tiene una matriz compasiva. 

También Jesús se dirige al Padre como Abba, que en el lenguaje hebreo es la forma de dirigirse los niños a sus padres (papá, sería en nuestro lenguaje). 

En tiempos más recientes fue Juan Pablo I el primer papa que llamó a Dios como Madre. “Dios es Madre”, dijo públicamente, ante la extrañeza de muchos. Estas fueron sus palabras, justamente famosas: 

“Dios es Padre; más aún es Madre. No quiere nuestro mal; sólo quiere hacernos bien a todos. Y los hijos, si están enfermos, tienen más motivos para que la madre los ame”. 

Sin embargo, la ternura de Dios, su dimensión materna, no puede mencionarse como si no tuviera ninguna incidencia en los abusos que se han hecho al destacar el dominio del hombre sobre la mujer en la historia. Toda forma de domino significa muerte. Llamar Padre a Dios resulta también, en el controvertido terreno de la pretendida superioridad masculina, una expresión de la vida. Creo que la monoteísta paternidad de Dios, elaborada en la tradición de Jesús como bondad gratuita, frecuentemente asociada con una madre, debe engendrar una liberación de todas las estructuras y dominación patriarcales. 

El Dios de la Vida frente a los ídolos de la muerte

  En la Sagrada Escritura el rechazo de Dios es presentado no como ateísmo, sino como idolatría, es decir como la fe de un falso dios. La idolatría es sometimiento y confianza en algo distinto a Dios. La Biblia nos presenta la idolatría no como un peligro de los no creyentes, sino que amenaza incluso a todo creyente. Optar por la idolatría es optar por la muerte. El dios de la idolatría es un dios asesino. El ansia de riqueza y poder no se detiene ante nada, atropella el derecho de los demás y pisotea los mandatos de Dios que exige la defensa del pobre y el oprimido. Optar por la idolatría es optar por la muerte.  En el libro del Eclesiástico (Sirácida) se resalta que la opresión del pobre es llamada con el nombre de asesinato. “Sacrificar cosa injusta es hacer ofrenda rechazada, no logran complacencia los presentes de los sin ley. No se complace el Altísimo en ofrenda des de impíos, ni por el cúmulo de víctimas perdona los pecados. Inmola a un hijo a los ojos de su padre quien ofrece víctima a costa de los bienes de los humildes. Pan de indigentes es la vida de los pobres, quien se lo quita es un hombre sanguinario. Mata a su prójimo quien le arrebata su sustento, vierte sangre quien quita el jornal al jornalero (Si 34, 18-22). 

Creo que la teología y nuestra cultura actual creen que la idolatría es algo del pasado, como algo ya superado, propio de gente “no civilizada”. Pero la Biblia habla de la idolatría como un peligro que se presenta a toda persona religiosa y como una tentación permanente. 

Desde la perspectiva bíblica ateo no es el que niega a Dios sino el que desprecia al pobre, y no ama a su hermano. “Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 20-21). 

El verbo conocer en la Biblia significa amar. Ya en el Primer Testamento existe una estrecha relación entre Dios y el prójimo. Despreciar al prójimo, explotar al jornalero humilde y pobre, no pagar el salario a tiempo es ofender a Dios (Prov 14, 21; Dt 24, 14-15; Ex 22, 21-23). “Quien se burla de un pobre, ultraja a su Hacedor” (Prov 17, 5). Donde hay justicia y derecho hay encuentro de Dios, cuando esto falta éste está ausente (cfr. Jer 22, 13-16; Os 4, 1-2). 

En la Biblia se destaca que el tema de la idolatría nace en un contexto cultual, ante los dioses que existen, Dios es el único Dios. Son los profetas los que sacan de este ámbito cultual para llevarlo a otros ámbitos de la vida creyente, como por ejemplo lo social y económico. La idolatría es en definitiva una forma de comportarse, por eso debemos interrogarnos: ¿A quién se sirve en concreto? ¿Al Dios de la vida o a un ídolo de muerte?

 Uno de los ídolos es el dinero. El poeta Leon Bloy afirmaba que “el dinero es la sangre del pobre”. Sabemos que Jesús de Nazaret sitúa el dinero como un anti-dios, y nos pone en la disyuntiva ineludible de seguir al uno o al otro, y lo hace porque el culto a Mamón significa derramar sangre del pobre. 

El texto del evangelista Lucas de la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro es también una denuncia a los fariseos por parte de Jesús, por poner éstos su confianza en el dinero (Cfr Lc 16, 19-21). También lo que imposibilita el seguimiento de Jesús es el apego a las riquezas (Cfr. Mc 10, 17-22). Nuestra opción por el Dios de la vida, y no por Mamón (muerte) supone depositar nuestra vida en manos de su amor providente y quedar libre para estar a su servicio y al de los pobres. Estas son las exigencias de la GRATUIDAD del amor de Dios. Es en definitiva un estar libres frente al dinero (cfr. Mt 22, 15-22). Por eso en la Carta a los Colosenses se afirma que “la codicia es una idolatría” (3, 5). Y en la Primera Carta a Timoteo: “la raíz de todos lo males es el afán del dinero” (6, 10). 

Es verdad por eso que no se puede hablar de Dios sin hablar primero del hombre. “¿Has visto a tu hermano? Has visto a Dios. Pero desde Jesús de Nazaret tenemos que sostener que Dios ha comenzado esta historia con un amor preferencial por los más pobres. La relación Dios y el pobre es el corazón de la Biblia.

 ¿En quién creemos en el Dios de la Vida o en los ídolos de la muerte? Hay que dar muerte a nuestros dioses. 

Conclusión 

El camino para acercarse a Dios que es Misterio es por medio de Jesús el Hijo. Él es el camino hacia el Padre. Cuando decimos que es el Hijo el que  nos da a conocer al Padre, no hay que limitarlo a un conocimiento intelectual, sino que tiene una connotación de gusto y simpatía, de amor. Se trata de un conocimiento inmediato y profundo, al que no escapa ninguna dimensión de la persona conocida y amada. En la Biblia se emplea al mismo tiempo para hablar tanto de la unión del hombre y la mujer, como del conocimiento de Dios. 

La verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación de Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación.

Señalemos a su vez que a Dios no sólo se le practica, se le cree desde y a partir de una vivencia, sino que a su vez esta creencia viene condicionada por la situación histórica, y ésta condiciona la forma de creer y de interpretar a Dios. Es decir, se cree en Dios a partir de una situación histórica determinada; el creyente forma parte, en efecto, de un tejido cultural y social. Recordamos por eso que la idea de un Dios omnipotente se ha señalado en un tiempo donde había autoconciencia de finitud. Pero ante un mundo que se ha hecho adulto y secularizado se ha acentuado la idea de un Dios débil (Kitamuri, Bonhöffer). Desde la situación de pobreza extrema y exclusión se ha descubierto un Dios que libera y da vida (Ronaldo Muñoz, Jon Sobrino, Gustavo Gutiérrez, Albert Nolan). 

Esa forma variada y diversa de entender a Dios según el contexto donde uno se encuentra, nos hace ver la complejidad del misterio de Dios. Pero la forma de leer la Biblia, de acercarse a Dios, a través de la muerte temprana e injusta de los pobres, hace que la Escritura se lea de otro modo. Sin embargo, el misterio de Dios no se ve limitado a un contexto determinado (incluso a la pobreza, situación de muerte temprana e injusta). El Dios de la Vida dice mucho quién es nuestro Dios, pero no todo lo que Dios es. Sostenemos que Dios es siempre más que la experiencia que tenemos de él. Todo esto está en relación con la santidad de Dios, pues decir que Dios es santo significa ser distinto. La santidad de Dios nos hace reconocer que sólo Dios es Dios (cfr. Dt 5, 6-9).   “Dios es “el totalmente otro” (Karl Barth). Respetar el carácter misterioso de lo divino es la primera condición para evitar la idolatría.

 

Juan Pablo García Maestro, osst
Universidad Pontificia de Salamanca

 

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