La Iglesia que peregrina en Marruecos es sociológicamente irrelevante; apenas 35.000 católicos entre casi 38 millones de habitantes. Esto puede llevar a algunos al desaliento; para quienes se desaniman porque somos pocos y no tendemos a aumentar, al menos significativamente, el Papa Francisco vino a abrirnos los ojos y motivarnos, cuando en su visita a Marruecos nos dijo: “No es un problema ser poco numerosos; el problema sería ser insignificantes (vacíos de significado), el problema sería llegar a ser sal que no tiene sabor de Evangelio, ¡éste es el problema!, o ser luz que no ilumina a nadie” … la vida se juega en la capacidad de ser “fermento” allí donde nos encontramos y con quien nos encontramos” (Discurso en la Catedral de Rabat, 31.03.19).
Insertos en la sociedad marroquí queremos ser un instrumento del Reino de Dios a través de una presencia frágil pero potente, que se manifiesta en el signo de la comunión. Quienes formamos la Iglesia católica en Marruecos en sus dos archidiócesis, Rabat y Tánger, provenimos de más de 100 países de los cinco continentes. Mostrar al mundo que es posible vivir en comunión entre nosotros, siendo tan distintos, es ser signo de la Trinidad, perfecta comunión dentro de la diferencia entre las tres Personas. Además, establecer relaciones de amistad y cordialidad con los musulmanes es un signo de trascendental importancia en nuestros días y en nuestro mundo. Con nuestra vida aquí estamos diciendo a todos que, “musulmanes y cristianos podemos vivir como amigos, más aún, como hermanos” Cuando muchos se empeñan en conducir la historia por la senda del enfrentamiento, el conflicto y la guerra, nosotros damos testimonio de que un mundo de paz y de fraternidad es posible, manteniendo clara nuestra identidad y sin renunciar a nuestra diversidad.
Quienes formamos la Iglesia que peregrina en Marruecos salimos al encuentro de nuestros vecinos musulmanes para establecer un diálogo que comienza por la cordialidad en la convivencia propia de la vida cotidiana, continua por el trabajo conjunto al servicio de las grandes causas de la humanidad (la paz, el respeto a la vida, la justicia, el cuidado de la casa común…) y culmina en el compartir momentos de oración y el diálogo sereno y respetuoso sobre los núcleos de nuestras respectivas religiones.
Los cristianos somos Iglesia, pero no trabajamos para la Iglesia ni por la Iglesia; trabajamos al servicio del Reino de Dios. El objetivo es el Reino; la Iglesia es el medio, el instrumento. Jesús vino a anunciar, inaugurar e iniciar la construcción del Reino de Dios; ésa fue su misión… y es ahora la nuestra, puesto que somos miembros de su Cuerpo y somos coherederos con Él, partícipes de su ser y de su misión.
Nuestro modo de situarnos y actuar no es la competencia o el enfrentamiento, sino buscar el modo de unir fuerzas entre católicos y miembros de otras iglesias y comunidades eclesiales, entre cristianos y musulmanes, entre creyentes y no creyentes…, para trabajar juntos en la construcción de “un cielo nuevo y una tierra nueva … donde ya no habrá ni llanto ni luto ni dolor” (Ap, 21,1-4), y donde “la misericordia y la verdad se encuentran, la justicia y la paz se besan” (Salmo 85)
La Iglesia en Marruecos quiere ser testigo creíble de Cristo a través de la vida en comunión y de la oración en medio de un pueblo que reza. Ofrecemos, además, con talante evangélico otros «pequeños» servicios, que son las actividades sociales y de promoción humana de las que somos responsables: las escuelas (15 escuelas católicas con 12.000 alumnos en la archidiócesis de Rabat), la atención a minusválidos físicos y psíquicos, los centros socio-culturales y de promoción de la mujer (particularmente numerosos en la archidiócesis de Tánger), las bibliotecas, Cáritas en todas las parroquias; atención especial a los migrantes subsaharianos (unos 10.000 migrantes atendidos cada año), a los niños “de la calle”…
Los católicos en Marruecos, a semejanza del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) queremos pararnos en el camino al lado de quienes están caídos en los márgenes (los marginados), de quienes sufren, de los que afrontan la soledad y los malos tratos, de quienes carecen de vivienda o están forzosamente fuera de sus países…; no tenemos soluciones para todas las carencias, pero sí queremos abrir nuestras manos y nuestro corazón para escuchar, acoger, cuidar… y abrirles un nuevo horizonte de esperanza. Nuestro esfuerzo se dirige a conjugar mediante obras concretas, con todos los hermanos que se encuentran “caídos en el camino”, los cuatro verbos que el papa Francisco propone a toda la Iglesia: “Acoger, proteger, promover e integrar”
Desde siempre, y ahora de una manera más consciente, la Iglesia en Marruecos tiene la vocación de ser constructora de puentes. Quienes formamos esta pequeña comunidad eclesial queremos ser «puente» entre cristianos y musulmanes, entre África y Europa, entre negros y blancos, entre Oriente y Occidente, entre jóvenes y adultos, entre anglicanos protestantes y católicos, viviendo el ecumenismo práctico con una gran normalidad. No nos vemos construyendo muros y fronteras sino puentes; esta es la misión de Cristo, “sumo pontífice”, que une en su encarnación las dos orillas de la humanidad y la divinidad y es la misión de la Iglesia: ser puentes entre Dios y la humanidad, sin olvidar el cuidado de la “casa común”, obra maestra del Creador.
La Iglesia en Marruecos es sociológicamente insignificante, pero apasionada y apasionante: apasionada por Cristo y por Marruecos; apasionante por todo lo que Dios nos permite descubrir y vivir aquí, por el testimonio hermoso y potente que ofrecemos a nuestros vecinos marroquíes y a todos los que nos visitan, especialmente a los cientos de jóvenes voluntarios que cada año comparten con nosotros durante algún tiempo nuestra vida y misión.
La reimplantación de la Orden de la Santísima Trinidad en Marruecos después de varios siglos, con la presencia de una comunidad en Al-Hoceima (archidiócesis de Tánger) es una expresión visible y concreta de cuanto acabo de presentar.
Fr. Emilio Rocha Grande, ofm
Arzobispo de Tánger