Como de todos es sabido, al final de noviembre comenzaremos el Año litúrgico con el tiempo llamado Adviento. El Año litúrgico no coincide con el año civil, por eso cada uno se inicia de manera diferente. El año civil o año solar llamado así porque lo rige el desplazamiento o traslación de la tierra en torno al sol a lo largo de doce meses, comienza siempre el primero de enero, mientras que el Año litúrgico que gira en torno al Sol que nace de lo alto, Cristo, no tiene un día fijo para su comienzo, pues depende de la fijación de la Pascua, que se establece según el calendario lunar. El Año litúrgico comienza, siempre en torno al final de noviembre, con el Adviento, que es el tiempo de la espera del que viene a salvarnos, espera y esperanza que caracteriza la historia de la salvación recogida en el Antiguo Testamento, principalmente por la intervención de los Profetas, al frente de los cuales se sitúa Isaías. De manera sucinta, describo a continuación el transcurrir del Año litúrgico a lo largo del cual los creyentes vamos recordando y actualizando la obra de salvación realizada por Jesucristo, fijándome en la distribución de este recorrido que pasa por cada día, cada semana, cada año. La organización del tiempo durante el Año litúrgico gira alrededor de estos tres ejes:
- Ritmo semanal, cuyo centro es el Domingo, Dies Domini, Día del Señor, que se inicia con las primeras vísperas del domingo y se concluye con las primeras vísperas del siguiente. Los días de la semana se denominan ferias a partir del lunes (feria segunda) hasta el viernes (feria sexta), pues el sábado conserva este nombre. Estas ferias tienen nombres tomados de nuestro satélite y los planetas: lunes (de la Luna), martes (de Marte), miércoles (de Mercurio), jueves (de Júpiter), viernes (Venus). Para los cristianos, el domingo es el día central, porque es el compendio de lo que somos y creemos: el recuerdo siempre actualizado de la Resurrección del Señor que de manera solemne se celebra una vez al año, en la primera luna llena de primavera, que como he dicho varía al ritmo del calendario lunar.
- Ritmo anual, cuyo centro es el Triduo pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor: se desarrolla según dos ciclos:
a) Ciclo temporal (proprium de tempore) que es el más importante distribuido en dos tiempos:
- Adviento-Navidad-Epifanía; Cuaresma-Pascua-Pentecostés.
- Tiempo ordinario o tempus per annum distribuido en dos momentos, desde el lunes siguiente al primer domingo después del 6 de enero (domingo del Bautismo del Señor), hasta el martes antes de Cuaresma (miércoles de ceniza), y a partir del lunes después del domingo de Pentecostés hasta las primeras vísperas del domingo I de Adviento.
- El ciclo temporal en el que se conmemoran los misterios de la vida y obra de Cristo no coincide con el curso del calendario civil del año, pues gira no en torno al sol (calendario civil), sino a Cristo (Sol que nace de lo alto), por eso comienza con las primeras vísperas del primer domingo de Adviento y concluye con la oración de Nona antes de las primeras vísperas del primer domingo de Adviento.
b) Ciclo santoral (proprium de sanctis), este sí empieza con el año civil, o sea, el 1 de enero concluyendo el 31 de diciembre.
- Ritmo diario estructurado en torno a la oración de la Liturgia de las horas, cuyo centro es la oración de la mañana (Laudes) y la de la tarde (Vísperas), a través de las cuales se santifican las distintas horas y trabajos del día, finalizando con la oración llamada Completas, pues completa y concluye el recuerdo y presencia de Dios a lo largo del día. Naturalmente, el centro de todo es la Eucaristía diaria, a la cual se refiere estas horas litúrgicas sea como preparación o como acción de gracias, según el momento del día en que se celebre la Misa.
Con estos tres ritmos de vida, los creyentes nos situamos en la existencia, sabiendo bien ante quién estamos, de quién dependemos y a quién nos dirigimos, pues todo gira en torno a Cristo y lo que ha hecho y hace por nosotros allá donde nos encontremos y en la situación en que nos hallemos: Cristo ayer, Cristo hoy, Cristo mañana, Cristo siempre.
José María de Miguel González, osst