La experiencia única de llevar a la Morenita en sus andas, sentirse tan cerca de Ella, ver con tus propios ojos lo que Ella ve desde arriba, es algo estremecedor y un regalo que los trinitarios tenemos la dicha de disfrutar. Prestarle nuestros brazos para acercar a tantos niños y no tan niños hasta Ella nos hace sentir como los ángeles del cielo, llevando hacia la Virgen nuestras oraciones, súplicas y plegarias como incienso, de los hijos a la Madre.
Sí, he tenido la dicha de acompañar a la Virgen Santísima de la Cabeza en sus andas en mi primera romería en Andújar, y ha sido una experiencia que me ha marcado mucho, tanto externa como internamente. Desde su lado, parece que todos son vistos como «Ella nos ve…», con sus ojos de amor y misericordia, atenta a todo lo que le queremos expresar. Cada prenda u objeto que se le ofrece es una oración, una forma de darle algo desde nuestro interior, algo que necesitamos expresar y que lanzamos hacia Ella para que al menos toque su manto. Otros, con gran dificultad, se acercan a las andas y entregan en mano una fotografía, una estampita, un objeto, una muleta… «Padre, acérquela bien, es para un enfermo, para un inválido, es para mi niño enfermo». Fotografías de seres queridos vivos y de otros que ya han partido… «Padre, es mi hijo que se nos fue, acérquelo a la Morenita». ¡Cuántas lágrimas se ven desde arriba!, ¡cuántas miradas desde el alma! Cada una con una expresión distinta pero todas llenas de amor. Cada aclamación: «¡Viva la Virgen de la Cabeza…!» es un elogio a María, una letanía a la Virgen, un piropo a la morena de Sierra Morena…
Estar tan cerca de Ella es como entrar en sus más íntimos aposentos y compartir con Ella su intimidad. Yo hablaba con ella: «Qué preciosa has puesto la Sierra, alfombrada de verde para pasearte por ella, para que nos sintamos a gusto en tu cerro y acogidos por la belleza de la naturaleza de tu sierra, de la que eres Reina y Señora…» ¡Mira aquel grupo de jóvenes que desde lejos te saludan y gritan! ¡Mira con cuánto amor te llevan los anderos incansables por la calzada y por todo el recorrido, tú sabes cómo te quieren, cuántas promesas hay en ellos que te prestan sus hombros, sus pies y sus fuerzas para llevarte como Reina y Señora por tu serranía! ¡Mira, Morenita, cuántas carretas tan bonitas, con las familias: los niños, los matrimonios! ¡Bendícelos, María, en medio de tantas dificultades!
Para mí fue como un canto continuo a la Señora, compartiendo su alegría al encontrar a sus hijos, a cada uno de los romeros, que Ella conoce bien, porque su mirada penetra nuestra vida hasta el alma. Yo trataba de hacer llegar también a todos el «amor inmenso de la Virgen Morena», a todos sus hijos peregrinos y romeros venidos a su encuentro, y de presentarle tantas y tantas intenciones que cada corazón encerraba pero que expresaba con su mirada. Por ello, daba palmadas sin cesar, desbordaba de alegría, de gozo para transmitir a todos y a cada uno, la alegría que estoy seguro Ella sentía y me contagiaba. Las prendas que tocaban su manto eran un beso, una oración, una súplica, un gesto de confidencialidad, de complicidad con la Morenita, de esa persona que se la había lanzado. Y los niños, qué preciosidad, cómo la besaban, cómo la abrazaban. Al principio, los niños, lloraban asustados pero al verse tan cerca no querían soltarse de Ella. Sus caritas angelicales transmitían algo inexpresable, inenarrable, hacían que mis lágrimas se volvieran incontenibles en tantos momentos.
Cuánta emoción, cuánta belleza, cuánta alegría. En el corazón brotaba este pensamiento: «Madre mía, si esto es en tu romería de la tierra, ¿cómo será la romería del cielo?».
¡Viva la Virgen de la Cabeza!
P. Rafael Márquez Megia, osst