Por los años que ya voy cumpliendo y quizás por alguna de las características de mi persona, he sido delegado de mi comunidad en bastantes capítulos provinciales, vicariales y hasta en uno general. Siempre que he ido a un capítulo, lo he hecho con ánimo alegre, con interés y curiosidad, y también con alguna preocupación. Un capítulo es una ocasión privilegiada para encontrarse con la realidad de la Orden, con hermanos de distintos estilos y procedencias con los que de una u otra forma he compartido y contrastado ideas, sentimientos, ilusiones y preocupaciones. Para aquellos que sentimos cariño por nuestra vieja Orden, es un momento especial en el que, si se sabe observar, se palpa la vida real, lo bueno y lo malo que bulle por las venas de nuestros conventos.
Esta vez, lo que me preocupaba al acercarme al capítulo era esa tendencia que desde hace unos años me parece que se viene instalando entre nosotros –no solo en las instancias provinciales– de evitar los análisis profundos y la búsqueda de las causas de las situaciones, centrándonos más en la consideración de la imagen que ofrecemos que en la realidad de lo que somos.
Mi participación en comisiones pre y post-capitulares me ha permitido comprobar que el éxito o el fracaso de un capítulo está en su preparación. De la implicación de una comunidad o un fraile en la preparación del capítulo depende la recepción y aplicación de las decisiones capitulares. La implicación en la elaboración del informe comunitario, en el que se analiza el funcionamiento de la comunidad durante el trienio en los aspectos fundamentales de su vida, sus logros y sus fracasos, es ya el primer logro del capítulo. Cuando los hermanos asumen con honradez el arduo y delicado esfuerzo de repensar, analizar, dialogar, contrastar y discutir su vida y su trabajo para ofrecer a los capitulares una síntesis válida de lo que ha sido el trienio y lo que debe ser esa comunidad en el siguiente, están contribuyendo al acierto de los diagnósticos y a la validez de las decisiones capitulares. Si no queremos o no somos capaces de hacer esos análisis, difícilmente lograremos superar nuestras deficiencias. Es cierto que esos informes no deben ser leídos y discutidos en el aula, pero no es menos cierto que en gran medida el éxito del capítulo depende de la seriedad con que se elaboren y se estudien. Por eso me preocupa que se limite la extensión de los informes y el tiempo dedicado a su estudio. Pienso que es una invitación a la superficialidad y una oportunidad perdida de tomarnos en serio.
En cuanto a la celebración concreta del capítulo, a pesar de la frialdad (no solo física) del comienzo, con el Ministro general solo en el altar peleándose con el pequeño misal español y la breve homilía en italiano, que no hacía prever un éxito clamoroso, el predicador del «retiro» de la mañana del lunes, centrado en los temas fundamentales de nuestra vida, puso las cosas en su sitio y me hizo recobrar la esperanza.
Más allá de las elecciones, del agradable clima fraterno y del intenso trabajo de los redactores del Documento capitular, creo que debemos estar satisfechos de dos logros concretos del capítulo: El primero, la creación de la «comisión (¿secretariado?) para la calidad de vida» de los hermanos y las comunidades. La segunda, el progreso en la comprensión del significado auténtico del concepto «misión compartida». Si de verdad logramos asumir y vivir en la Provincia estas dos realidades, podemos estar satisfechos de nuestro capítulo.
Ramón Campos, osst