Queridos hermanos: este Domingo celebramos la fiesta del Buen Pastor, día en el que la Iglesia nos pide que oremos y reflexionemos sobre el fenómeno de la vocación. En los 25 años que llevo de vida religiosa, he sido testigo de cómo el enfoque de la celebración de esta fiesta ha evolucionado. En mis primeros años, en este día se ponía mucho el acento en el orar y hablar a la gente en la homilía y la catequesis para que se mentalizasen sobre la necesidad que tenemos de que haya pastores, es decir, sacerdotes, que cuiden y ayuden a la gente a caminar, crecer, vivir y amar.
Sin embargo, el sentido de esta fiesta, ha evolucionado ya que hoy reconocemos que ser pastores es algo que va más allá del sacerdocio ministerial y que es una vocación para hombres y mujeres, casados, solteros o célibes, de todas las edades. En una Iglesia que intenta ser hospital de campaña, ser pastores es cuidar a las personas para que tengan vida, sientan el amor de Dios y estén protegidas ante algunos lobos que andan por ahí sueltos causando muchos estragos. Hoy vivimos toda una llamada del Espíritu a ser pastores promoviendo la cultura del cuidado y de la protección de niños, jóvenes y adultos.
Este año, el lema para el día del Buen Pastor, da mucho que pensar: “Hágase tu voluntad, Todos discípulos misioneros”. Al leer con detenimiento estas palabras y pensarlas, me pregunto: ¿Cuál es la voluntad de Dios para la pastoral vocacional en este momento? Quien ha compuesto el lema, nos está ofreciendo una respuesta: “Todos discípulos misioneros”. Puede ser que el Señor nos esté llamando a dejar de mostrarnos angustiados porque apenas tenemos aspirantes a la vida religiosa o al seminario, y nos preocupemos sobre todo por gestar discípulos misioneros. Sacerdotes y religiosos, al igual que casados y solteros, los habrá, si vivimos nuestra vocación con alegría y no vamos por ahí con cara de pepinillos en vinagre.
Un discípulo misionero es alguien que ha descubierto de corazón en su vida que conocer a Jesús es lo mejor que le ha podido pasar. Cuando esto sucede, pones a Cristo en el A.a. en tu lista de contactos y tratas de vivir contando con él para todo. Como de la abundancia del corazón habla la boca, si Cristo es lo más importante para ti, la gente lo va a percibir a las claras y se cuestionará.
Alguno me preguntará cómo se hace esto de ayudar a los jóvenes a convertirse en discípulos misioneros. ¿Os imagináis lo que sucedería si Sor Paqui, la supersacristana del colegio se atreviese a pedir ayuda al grupo de chavales de confirmación para que le echasen un cable para preparar las cosas de la Iglesia? ¿Qué pasaría si Manolo, el mejor lector de la misa de doce, que tiene una voz bien impostada, empieza a animar y a preparar a los chavalillos del grupo de postcomunión para que sean ellos algunos días los que hagan las lecturas en la misa mayor? ¿Y si en el grupo de catequesis contásemos un día con Petra y Juan, ese matrimonio que es tan buena gente, para que hablasen a los niños sobre lo que es vivir la vocación al matrimonio, la fidelidad y el perdón? ¿Os imagináis que Héctor, el religioso recién profeso, dedicase parte de sus fines de semana a aprender el sentido de la escucha y el acompañamiento participando en la pastoral penitenciaria del lugar donde está su comunidad formativa? Entrar en esta dinámica de interdependencia pastoral es gestar cultura vocacional. Esto es apostar por acercar la sardina al ascua, o el joven al Espíritu, para dejarse llamar.
Amigos, vivir esto es muy bueno a la vez que es arriesgado, pues significa que la pastoral vocacional cuenta no solo con los encargados provinciales o diocesanos de la misma sino que nos pone a todos en movimiento. Reorganizar la distribución de la casa puede ponernos a veces un poco nerviosos porque perdemos sensación de dominio, pero cuando el trabajo está hecho, sientes que merece la pena. ¿Nos animamos a reaprender el sentido, modo y estilo de la pastoral vocacional? ¡Vamos con ello! ¡Merece la pena!
David García García-Rico
Equipo Pastoral Juvenil y Vocacional