Gén 2,18-24; Sal 127; Heb 2,9-11; Mc 10,2-16
La Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos ilustra hoy sobre el sentido y propiedades del matrimonio; lo que es el matrimonio y su gran dignidad provienen de Dios mismo; se puede decir que Dios instituyó el matrimonio en el momento de la creación del hombre y la mujer; los creó como pareja destinada a unirse en el amor mutuo como hombre y mujer para difundir la vida. El relato del libro del Génesis es evidentemente simbólico, pero lo que con él nos ha querido transmitir Dios es muy claro. Ante todo, que el hombre no fue creado para la soledad: “No es bueno que el hombre esté solo”, por eso el hombre huye de la soledad, que para muchos es un peso insoportable. Pero la soledad del ser humano no la pueden colmar los animales: “Adán puso nombre a todos los ganados, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él, que le ayudase”. No es que los animales, sobre todo las mascotas, no acompañen y alivien la soledad de muchas personas que gracias a ellos les resulta más llevadera. Pero el animal nunca puede ser el ‘tú’ del hombre ni de la mujer, porque el corazón humano sólo puede reposar plenamente y ser respondido por otro semejante. Pero otro semejante distinto y a la vez complementario. Es lo que quiere dar a entender el precioso relato de la creación de la mujer. El corazón del hombre, su soledad, es colmado por la mujer, que Dios crea a partir de él, para significar que es de su misma especie, con su misma dignidad, y no como los animales en los que el hombre “no encontraba ninguno como él que le ayudase”. Por eso cuando Dios le presentó la mujer, el hombre dijo: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”. Es decir, es como yo, el reflejo de mí mismo. Pero si la mujer es la ayuda del hombre, la que completa su ser-hombre, el hombre es la ayuda de la mujer, el que lleva a plenitud su ser-mujer. Dios, al principio, los creó hombre y mujer, él dispuso su unión para romper la soledad y continuar su obra creadora de vida en los hijos. Colesterol productos
En el plan de Dios, el matrimonio es entre un hombre y una mujer: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. El Nuevo Testamento no conoce otro matrimonio que el constituido por un hombre y una mujer y, además, el matrimonio, en la voluntad de Dios, es indisoluble. Los judíos conocían el divorcio y lo practicaban, por eso quieren tender una trampa a Jesús: “¿Le es lícito al hombre repudiar a su mujer?”. Antivert
Pretendían enfrentar a Jesús con Moisés, que había permitido el divorcio. La respuesta del Señor va a la raíz del asunto: si el divorcio existe hay algún culpable, o él o ella o los dos. La ruptura de la convivencia matrimonial tiene su raíz en el pecado de uno o de los dos cónyuges, pecado de egoísmo, de sensualidad, de cerrazón, de ambición. Por desgracia, en el fracaso del matrimonio siempre hay alguna víctima, no sólo el cónyuge inocente, sino sobre todo los hijos que sufren las consecuencias. En su respuesta a la problemática sobre la licitud o no del divorcio que le plantean sus enemigos, Jesús no quiere inventar nada, no saca una nueva doctrina, simplemente se remite al origen: en el proyecto de Dios, al instituir el matrimonio al principio de la Creación, el hombre y la mujer forman una sola carne, y por tanto “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. La indisolubilidad del matrimonio se funda en la voluntad de Dios, de modo que poner la voluntad del hombre por encima de la de Dios es quebrantar el orden primigenio respecto del matrimonio. Y eso no le puede salir gratis al hombre. Y así lo estamos viendo: a medida que la gente se divorcia por los motivos más fútiles, es decir, a medida que gana terreno la ideología del divorcio fácil más sufre y se deteriora la familia. Y esto no es bueno para nadie, ni para la sociedad ni para los hijos, ni para los propios cónyuges.
La convivencia matrimonial, como cualquier otra convivencia entre seres humanos, tiene sus dificultades, sus días buenos y sus días malos, porque siempre se trata de conjugar dos libertades. El riesgo de ruptura proviene de nuestra condición pecadora, pero Dios no nos ha dejado solos y a merced de nuestras débiles fuerzas, al contrario, nos ha puesto delante a Jesús: él –como nos ha dicho el autor de la Carta a los hebreos- “ha padecido la muerte para bien de todos”. Es esta muerte gloriosa la que celebramos en cada Eucaristía para sacar de ella las fuerzas que necesitamos a fin de mantenernos fieles a la voluntad de Dios, que busca siempre nuestro bien y nuestra felicidad, también cuando nos recuerda que lo que él ha unido que no lo separe el hombre.
José Mª de Miguel González, osst