Ez 37,12-14; Sal 129; Rom 8,8-11; Jn 11,1-45
Después de la curación del ciego de nacimiento del domingo pasado, símbolo de la luz de la fe que el Espíritu Santo nos infundió en el bautismo, hoy nos presenta el evangelio de San Juan el más formidable y espectacular signo realizado por Jesús durante su vida mortal: la resurrección de Lázaro, símbolo de la vida que viene del Padre por medio del Hijo. La grandeza sobrehumana de esta acción aparece reflejada en las palabras entrecortadas de Marta, la hermana del muerto, que dijo a Jesús al pie de la tumba: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días” enterrado, y en la sobrecogedora descripción del acontecimiento: “El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario”. Pero por muy espectacular que sea la resurrección de un muerto que lleva cuatro días enterrado, no debe ser eso el centro de nuestra atención. El evangelista nos quiere llevar a otra parte, no a Lázaro redivivo, sino a Cristo, autor y señor de la vida.
Las obras portentosas de Jesús dan testimonio de que el Padre está con él, de que Dios lo ha enviado al mundo. Jesús realizó estas acciones espectaculares para suscitar la fe, para estimular a los hombres a creer en él, a aceptar su palabra como palabra de Dios mismo. Por dos veces se recalca esta esta idea en el texto evangélico de hoy: “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis”. Así responde Jesús a los discípulos, dejándolos cortados. Y ante la tumba de Lázaro pronuncia esta hermosa oración: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. En las dos frases de Jesús aparece subrayado el motivo, la razón de este asombroso milagro: para que creamos en él, tratan de suscitar la adhesión del oyente, es decir, la fe.
Y ¿cuál es, en concreto, el contenido de la fe en Cristo que el evangelio de hoy quiere reafirmar? No es necesario divagar mucho para encontrarlo: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”.
La resurrección de Lázaro es la demostración de la verdad de esta palabra de Jesús: él mismo es la resurrección, él es la vida de los hombres. ¿Cómo puede realizarse también en nosotros un prodigio semejante, pasar de la muerte a la vida? Sólo hay un camino: a través de la fe. Se vence la muerte por medio de la fe; se alcanza la vida, que es Cristo mismo, por medio de la fe. Dice san Agustín: “Si dentro de ti hay fe, dentro de ti está Cristo: la presencia de Cristo en tu corazón está ligada a la fe que tienes en él”.
La resurrección de Lázaro es una representación de nuestra propia resurrección: por la fe resucitamos a la vida de Dios, lo mismo que por el pecado morimos para Dios. Sucede, sin embargo, que todos los hombres temen la muerte del cuerpo, pocos la muerte del alma, o sea, la perdición eterna. Pero ¿qué clase de fe es esa que hace que Cristo habite en nosotros y nos asegure la vida y la resurrección eternas? Si la fe en Cristo consistiera únicamente en responder como Marta: “Sí, creo”; es decir, si la fe fuera sólo cosa de palabras, entonces podemos decir que son muchos los que creen en Cristo. Pero las cosas no son tan sencillas. En efecto, San Pablo corrige drásticamente cualquier forma de infundado y presuntuoso optimismo, cuando nos dice: “Los que están en la carne [o sea, los que viven según los criterios del mundo y a impulsos de sus bajos instintos] no pueden agradar a Dios… El que no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo”.
La fe que es garantía de nuestra futura resurrección, se demuestra fácilmente: si realizamos las obras que agradan a Dios, si poseemos en nosotros el Espíritu de Cristo, es decir, si vivimos en amistad con Dios: en paz y en gracia de Dios. La fe por sí sola, la fe de palabras, no es garantía de resurrección. Para nosotros, Cristo es nuestra vida y nuestra resurrección si creemos en él: y creer en él significa seguir sus caminos, cumplir el evangelio, resistir al pecado. Esto es aceptar a Cristo de palabra y de obra.
Que Dios, nuestro Padre, nos conceda escuchar, como Lázaro, la voz de Jesús: “Sal afuera”, sal de la fosa de tus pecados, sal del sepulcro de tu indiferencia, de tu cobardía. Te lo dice el que va a la muerte por ti, para que tú tengas vida y la tengas en abundancia. Es la vida divina que brota de la cruz y que ahora se nos ofrece en la mesa de la Eucaristía que los Padres de la Iglesia llamaron medicina de inmortalidad.
José Mª de Miguel, osst