Gen 12,1-4; Sal 32; 2Tim 1,8-10; Mt 17,1-9
Comenzamos el tiempo litúrgico de la Cuaresma el domingo pasado con el ejemplo de Jesús venciendo la tentación: Jesús, en su camino hacia la cruz, experimentó la tentación del abandono, o sea, el diablo le insinuó que dejara de lado la difícil misión que el Padre le había confiado y se acomodara a la lógica del mundo que es la lógica del poder y la fama. Pero no sucumbió a ella, resistió y venció. En el evangelio de este segundo domingo de Cuaresma, Jesús sube con sus tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, “a una montaña alta”, símbolo de la presencia y del encuentro con Dios, para indicarnos que aquí se llega pasando por la prueba de la tentación. Y es que en el camino hacia la Pascua no sólo Jesús fue tentado, también los discípulos se verán sometidos a la tentación. Y para ayudarles a superarla, Jesús se transfiguró delante de ellos revestido su cuerpo mortal de la luz de la resurrección.
He dicho que a Jesús le tentó el diablo para que abandonara el plan de Dios, que era la realización de nuestra salvación, plan que sólo podía llevar a cabo mediante el sufrimiento y la muerte. Si a Jesús le asaltó la tentación del abandono, ¿qué pasaría con sus discípulos? Jesús conoce la debilidad de sus discípulos: ¿qué sería de ellos cuando vieran que era arrestado, luego sometido a una farsa de juicio, en el que le condenarían a muerte? ¿Cómo aguantarían los discípulos el macabro espectáculo de la crucifixión y muerte de su Maestro? Como la prueba que se les venía encima era muy dura y difícil, Jesús mismo ya les había anunciado el fatal desenlace un poco antes del acontecimiento de la transfiguración: “Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día” (Mt 16,21). Jesús sabía bien que todas estas advertencias no iban a tener éxito, si no las reforzaba con un signo. Este es el sentido del acontecimiento de la transfiguración: salir al paso de la tentación a que iban a ser sometidos los discípulos cuando mataran al Señor.
En la aspereza del desierto Jesús fue tentado para que abandonara el camino de la cruz, y en una montaña alta Jesús enseña a los discípulos a vencer la tentación del escándalo cuando lo vean clavado en la cruz. Para eso se transfigura el Señor, para mostrar a sus discípulos quién era en verdad Él, cuál era su verdadera identidad: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco”. El verdadero ser de Jesús se ilumina desde Dios: Él es el Hijo amado del Padre. Y si en el bautismo descendió sobre Él el Espíritu Santo en forma de paloma, aquí lo envuelve la nube luminosa símbolo de Dios en presencia de Moisés y Elías como representantes de la Ley y los Profetas, es decir, de todo el Antiguo Testamento que termina en Cristo y se ilumina desde Él. Aquel que va a morir por la injusticia de los hombres no es un pobre iluminado, un iluso que se creía el Mesías; el que morirá es ciertamente el Hijo de Dios, pero la muerte no le derrotará. Por eso, en la trasfiguración les anticipa a sus asombrados discípulos algo de la gloria de la resurrección: “Su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”.
En el segundo domingo del camino cuaresmal, la palabra de Dios nos enfrenta, como a los discípulos, con el destino de Jesús: su muerte es el paso necesario para la resurrección. O sea, que a la gloria no se llega sin la cruz. Por eso, Jesús no acepta la oferta de Pedro de hacer tres chozas y quedarse en el monte, donde se estaba muy bien. Había que bajar al llano para continuar el camino doloroso hacia la cruz. Así lo entendió también san Pablo cuando le dice a su discípulo Timoteo: “Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios”. Para seguir este camino, detrás de Jesús, cargando con su cruz, para seguirlo hasta el final sin echarnos atrás, tenemos que contemplar al hombre Jesús de Nazaret en su verdadera identidad divina. Dios mismo nos lo mostró en el bautismo, al principio, y nos lo muestra ahora como su Hijo amado. Una contemplación que se alimenta de la escucha atenta y fiel: “Escuchadlo”, nos dice el Padre. En el camino hacia la pascua, ¿cómo superar la tentación del desaliento, del desánimo, de la renuncia a la cruz, del abandono? Pues escuchando a Cristo, empapándonos de él, de su palabra, meditándola con mayor frecuencia y amor en nuestro corazón. Así se fortalece nuestro espíritu para cargar con la cruz hasta el Calvario y participar en la noche de Pascua de la gloria de la resurrección.
José Mª de Miguel, osst