Eclo 15,15-20; Sal 118; 1Cor 2,6-10; Mt 5,17-37
Antes de entrar en la Cuaresma que comenzará el próximo Miércoles de Ceniza, Jesús nos enseña hoy algo sobre los mandamientos de la ley de Dios y la importancia de los mismos para la vida cristiana, pues no podemos perder de vista que muchos, incluidos muchos cristianos, los consideran como normas opresoras que no nos permiten ser nosotros mismos, que coartan nuestra libertad sometiéndonos a la voluntad de otro, como si Dios a través de ellos quisiera sojuzgarnos porque no soportaría vernos felices usando de nuestra libertad sin límite alguno. En los mandamientos, Dios no aparece como enemigo de la libertad del hombre, sino como su más decidido defensor. El único fin y sentido de los mandamientos es preservar al hombre de su inhumanidad; son una barrera para indicar al hombre los límites que no puede sobrepasar si quiere seguir manteniendo el estatuto de hombre o mujer; son una defensa contra la deshumanización que acecha a todo hombre y a toda mujer desde el momento en que Adán dijo no a Dios y rompió la comunión con él. Los mandamientos no disminuyen al hombre, al contrario, lo elevan a la perfección que Dios quiso para él al crearlo. Pero esto no se puede hacer a la fuerza, violando la libertad del hombre. Por eso los mandamientos no se imponen, se proponen: “Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad… Delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja”. La vida se alcanza siguiendo el camino de la ley de Dios, por eso el Salmista declara dichoso al que “con vida intachable camina en la voluntad del Señor”; la muerte, en cambio, es el destino del que se aparta voluntariamente del camino marcado por el Señor, pues Dios “no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos”.
Frente a los que consideran opresivos los mandamientos, y, por tanto, los han desterrado de su vida como norma de conducta, Jesús afirma que “quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los cielos”. Los mandamientos por ser de Dios son permanentemente válidos y nadie los puede anular ni abolir, pero Jesús da un paso más, radicalizando su contenido: así va del simple no matarás a la reconciliación con el hermano ofendido: será condenado no sólo el que cometa un crimen, sino también el que “esté peleado con su hermano”. Si nos limitamos a la pura letra, “no matarás”, cumplimos el mandamiento cuando respetamos la vida humana desde la concepción a la muerte natural. Todos los momentos de la vida humana están protegidos por este mandamiento. Y hoy por desgracia hay que volver a recordarlo a la vista de la plaga del aborto, del terrorismo, de la violencia doméstica, de la aceptación social de la eutanasia etc. Pero Jesús no se contenta con eso; desciende a detalles concretos como insultos y peleas a primera vista insignificantes, para decirnos que en el espíritu de este mandamiento de la ley de Dios está contenido y se condena todo lo que hiera al prójimo, toda forma de menosprecio y de ofensa al hermano. Es tan importante para Dios el que los hombres nos llevemos bien, nos respetemos y amemos, que no acepta nuestras celebraciones, si antes no nos reconciliamos con el hermano, si antes no pedimos perdón al prójimo ofendido: “Deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves a presentar tu ofrenda”.
El segundo caso aducido por Jesús para denunciar la insuficiencia del mero cumplimiento material de la ley se refiere al sexto mandamiento: del no cometerás adulterio a la pureza de corazón: pues “el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior”. ¿Hacia dónde apunta Jesús con estas palabras tan fuera de la mentalidad contemporánea? Hacia la verdadera raíz de las cosas: el corazón del hombre, sus intenciones y deseos íntimos. Con razón había dicho Jesús un poco antes: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Desde luego, en este campo más que en otros, si uno es de intención torcida y de mirada mala, aunque materialmente no llegue a cometer adulterio, en realidad delante de Dios y en su conciencia “ya ha sido adúltero”. Más que las acciones son las intenciones las que hacen al hombre bueno o malo; lo que se cuece en el corazón es lo que disgusta a Dios y envilece al hombre.
En los mandamientos se expresa lo que san Pablo llama “una sabiduría divina”, “una sabiduría que no es de este mundo”. Según la sabiduría de este mundo, los mandamientos son un freno de la libertad y un impedimento para la felicidad. Por eso, sin apertura al Espíritu, por quien nos llega la revelación de Dios, su sabiduría divina, no podemos comprender ni practicar los mandamientos, y mucho menos el “más” de la propuesta de Jesús a sus discípulos, más allá del no matarás, del no cometerás adulterio, del no jurarás en falso.
Para conseguir dar este paso adelante con respecto a la Ley antigua, celebramos la Eucaristía cada domingo: de aquí sacamos fuerza para poner en práctica lo que el Señor nos enseña en el Evangelio. Que el recorrido del camino cuaresmal que vamos a comenzar nos ayude a valorar y pone en práctica los mandamientos de Dios para nuestro bien.
José Mª de Miguel, osst