Num 6,22-27; Sal 66; Gal 4,4-7; Lc 2,16-21
“Lucero del alba / luz de mi alma / Santa María. / Virgen y Madre / hija del Padre / Santa María. / Flor del Espíritu / Madre del Hijo / Santa María. / Amor maternal / del Cristo total / Santa María”.
Con este saludo a la Virgen iniciamos el Año nuevo 2025, Año Santo, un Jubileo de gracia que la Iglesia celebra cada 25 años desde tiempo inmemorial, y ojalá se renueve también nuestra vida: “comencemos vida nueva, / pues el Niño la comienza”. Y lo hacemos bajo la protección de Santa María, Madre de Dios. Hoy, a los ocho días del Nacimiento de Jesús, celebramos de una manera particular a su Madre, y Madre nuestra por voluntad de su Hijo que, desde la cruz, nos la regaló como Madre: “Ahí tienes a tu madre”, le dijo al discípulo amado, y a ella: “Ahí tienes a tu hijo”. Al comienzo del año recordamos la importancia de María en la historia de nuestra salvación. Por ella “hemos recibido a Jesucristo, el autor de la vida”, por ella Dios entregó a los hombres “los bienes de la salvación”. María es, sobre todo, la Madre de Dios: así la invocamos, con este título nos dirigimos a ella: “Santa María, Madre de Dios”. Y lo es, ciertamente, porque el Hijo que dio a luz es verdaderamente Dios, de la misma naturaleza del Padre. María es Madre de Dios porque es madre del Hijo de Dios que en su seno se encarnó, se hizo carne, se hizo hombre por obra del Espíritu Santo: “Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. Este es el misterio que celebramos en Navidad: encarnación y nacimiento del Hijo de Dios. Pero este admirable acontecimiento que cambió la historia del mundo es impensable sin la intervención humilde, creyente y obediente de la Virgen María: ella es la puerta por la que vino a nuestra tierra Jesucristo; María con su total disponibilidad a la voluntad de Dios manifestada por el ángel, hizo posible el milagro más grande que los siglos han conocido: que Dios, en la persona del Hijo, se hiciera hombre, exactamente como nosotros en todo menos en el pecado. Gracias a María se realizó el admirable intercambio: Dios hace suya nuestra condición humana y a nosotros nos da parte en su naturaleza divina; Dios desciende hasta nosotros, hasta lo más hondo y oscuro de nosotros como es la muerte – ¡y una muerte de cruz! -, para elevarnos hasta Dios, para introducirnos en la vida divina de la Santísima Trinidad. Y todo ello gracias a la colaboración activa de María. Por eso hoy, al finalizar la octava de Navidad, nos acordamos de ella, de la Madre del Mesías, de nuestra Madre, y damos gracias a Dios por ella, por los servicios que ha prestado y sigue prestando a la causa de la salvación de los hombres.
Pongamos bajo su protección todos nuestros proyectos, deseos e intenciones para el nuevo año que hoy estrenamos. Especialmente, confiemos a ella, que es nuestra Madre, a los miembros enfermos de nuestras familias, a los ancianos, que viven en soledad, a los que han perdido la fe o viven alejados de la práctica religiosa, a los niños y a los jóvenes que han de llevar el testigo de la fe a lo largo de este siglo XXI. Y de un modo particular, en este día primero del año, confiamos a Santa María Madre de Dios la causa de la Paz entre los pueblos y entre las naciones. Como nos pide el papa Francisco en su Mensaje para la Jornada mundial de la Paz que este año tiene por tema una ardiente petición: Perdona nuestras ofensas, concédenos tu paz
“Que el 2025 sea un año en el que crezca la paz. Esa paz real y duradera, que no se detiene en las objeciones de los contratos o en las mesas de compromisos humanos. Busquemos la verdadera paz, que es dada por Dios a un corazón que no se empecina en calcular lo que es mío y lo que es tuyo; un corazón que disipa el egoísmo en la prontitud de ir al encuentro de los demás; un corazón que no duda en reconocerse deudor respecto a Dios y por eso está dispuesto a perdonar las deudas que oprimen al prójimo; un corazón que supera el desaliento por el futuro con la esperanza de que toda persona es un bien para este mundo. ¡Concédenos tu paz, Señor! Esta es la oración que elevo a Dios, mientras envío mis mejores deseos para el año nuevo a los jefes de estado y de gobierno, a los responsables de las organizaciones internacionales, a los líderes de las diversas religiones, a todas las personas de buena voluntad.”
José Mª de Miguel, O.SS.T.