Eclo 24,1-2.8-12; Sal 147; Ef 1,3-6.15-18; Jn 1,1-18
“Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, Señor, se lanzó desde el cielo, desde su trono real”. Así comienza la liturgia de este segundo domingo después de Navidad invitándonos a volver la mirada de la fe hacia el misterio que estamos celebrando estos días. Porque este es el misterio de Navidad que todos los años nos alegra y nos conmueve: es la inmensa ternura del Padre que nos entrega a su Hijo único en el Niño que la Virgen da a luz. Cómo no alegrarnos con María y José y con los pastores en estos días en que celebramos el amor de Dios hecho carne y sangre y lágrimas en aquel Niño, el Hijo del Altísimo a quien los hombres le dejaron nacer en un cobertizo junto a los animales, porque no había sitio para ellos en la posada. «Jesús, nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo. La iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche»(n.525).
Al contemplar en estos días del año el misterio de Navidad no podemos ignorar lo que constituye su permanente motivo de asombro y de inquietud: el Hijo del Altísimo, el Verbo que estaba junto a Dios y era Dios, nace en un establo, Aquél por quien fueron hechas todas las cosas nace en la indigencia y en la indiferencia de los hombres: «Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no le conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron». Por eso tuvo que nacer en un establo y ser recostado en un pesebre. Este es el signo de Navidad, de la Navidad auténtica, de la Navidad indomesticable por los poderes de este mundo. Es cierto que desde hace muchos años se está librando un duro combate contra la Navidad verdadera, es cierto también que se trata por todos los medios, y en particular, por los llamados medios de comunicación, de desfigurar su contenido y su sentido hasta la profanación, pero es sobre todo verdad que desde distintos frentes se trabaja activamente para hacernos olvidar lo más esencial del misterio de Navidad: que el Mesías de Dios nació en la pobreza, que el Hijo de Dios, cuando vino a este mundo, escogió su sitio entre los pobres, que por eso mismo los pobres son los destinatarios de la primera bienaventuranza. Así las cosas, no es de extrañar que nosotros mismos tengamos dificultad para despojar la Navidad, nuestra Navidad, de todas sus adherencias paganas; también nosotros estamos influidos por la fuerza irresistible de la propaganda, que nos marca la pauta de lo que hemos de hacer y comprar en estas fiestas. Pero a pesar de todo, mientras sigamos proclamando la buena noticia del nacimiento del Salvador en la humildad y soledad de un establo, mientras los cristianos nos reunamos para adorar al Hijo de Dios hecho hombre, tendremos la más grande recompensa, pues “a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”.
Esta es la buena noticia de la Navidad verdadera: que, en aquella noche, hace ya más de dos mil años, «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», tomó consigo todo lo nuestro para colgarlo después en la cruz y elevarlo luego hasta el trono de Dios. El Hijo del Altísimo se hizo hijo del hombre en la primera noche de Navidad, y desde entonces él mismo nos invita a realizar este admirable intercambio: él en nosotros y nosotros en él. Puesto que, como nos ha recordado el Apóstol, el Padre “nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para fuésemos santos e intachables ante él por el amor”. Para eso vino al mundo, para cumplir este designio de amor de Dios por nosotros, y esta es la vocación y tarea que nos dejó a sus discípulos: ser testigos de esta esperanza y más durante este Jubileo que acaba de comenzar y que por disposición del Papa Francisco está “caracterizado por la esperanza que no declina, la esperanza de Dios. Dejémonos atraer desde ahora por la esperanza y permitamos que a través de nosotros sea contagiosa para cuantos la desean”.
José Mª de Miguel, O.SS.T.