Si tuviese que resumir lo que el Jubileo de San Juan Bautista de la Concepción ha supuesto en mi vida, diría que ha sido un tiempo en que Dios ha derramado una cascada de gracia santificante sobre mí, por intercesión de un Santo que parecía estar justo a mi lado en cada Eucaristía diaria, en cada rato de oración y en cada momento de trabajo para el Señor, desde que se abrió la Puerta Santa hasta que se clausuró este tiempo de amor concedido, ya que fui la última que cruzó la puerta principal al finalizar la misa de clausura, el día de la Santísima Trinidad. Pero voy a intentar compartir algo más.
Creo que hemos tenido un amor mutuo, pues estoy segura de que San Juan Bautista me recordaba desde que yo era pequeña, cuando me acercaba con miedo a su urna para verlo, aunque lo que de verdad quería era salir corriendo.
He profundizado en su santidad durante este tiempo, y lo que he podido concluir es que verdaderamente es un Santo liberador, que me ha dado libertad; un Santo humilde, que me ha enseñado que no existe otro camino que el de la humildad para llegar al Señor; un Santo fuerte, pero a la vez muy frágil, que me ha mostrado que no puedo decir “no” al Señor, por muchas luchas que tenga que enfrentarme, pues en el Corazón de Jesús siempre está la recompensa, en nuestra pequeñez y hasta en la enfermedad, siempre. He conocido a un Santo perseverante, que me ha enseñado que tengo que caminar hacia la santidad y que esta sea siempre mi meta.
De su mano ha venido también mi consagración a María, la Madre de Dios, trayendo a mi vida un perfume de amor que me ha llevado a confiar plenamente en que siempre nos mima como la mejor de las madres y que, con ella, cualquier camino se hace más fácil.
No he dejado de mirarlo cada día y, así, me he ido sintiendo más libre de cadenas que me impedían mirar a los míos y al prójimo con los ojos con que Dios nos mira a todos, ya seamos pobres, ricos, cautivos, abandonados, en compañía, de una raza u otra, niños, jóvenes, adultos o ancianos… todos somos hijos amados infinitamente por Dios.
Yo solo tenía 8 años cuando canonizaron a San Juan Bautista de la Concepción, y si bien 50 años dan para mucho, pareciera que en estos seis meses de Jubileo tengo una vida nueva, en la que me siento mucho más libre para que mi corazón mire solo al Señor y soy más sensible ante cualquier situación que me haga caer en acciones que puedan doler al Señor por mis faltas.
¡Gracias a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo por haberme concedido vivir estos seis meses de amor en este Jubileo de San Juan Bautista de la Concepción!
María José Medina