El pasado día 24, en la celebración del Nacimiento de Jesús, el Papa Francisco inauguró el Año Jubilar de la Esperanza. Bajo el título “la esperanza no defrauda” (Rm 5,5), el Papa desea que toda la Iglesia inicie un caminar como “Peregrinos de Esperanza”; de modo que el año 2025 nos esforcemos en “reavivar la esperanza” y lo convirtamos en un camino, en un peregrinar que nos lleve, por una parte, al interior de nosotros mismos para llenar nuestras vidas de esperanza. Él la mantiene encendida como una llama que nunca se apaga, para dar apoyo y vigor a nuestra vida. La esperanza cristiana, de hecho, no engaña ni defrauda, porque está fundada en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos nunca del amor divino. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5,1-2.5), porque la esperanza efectivamente nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz.
Por otra parte, el año Jubilar de la Esperanza nos está exigiendo que, cada uno de nosotros y toda la Iglesia, estemos en actitud de “apertura del corazón”, una Iglesia abierta que abre caminos de esperanza y sale al encuentro de aquellos hermanos que la han perdido. Todos, “abrazados a la esperanza”, caminamos al encuentro del Señor, nuestra esperanza.
Una Iglesia que rompe con su acomodación y encerrona espiritual, resguardada en los ritos y ceremonias, en los códigos morales y parapetada detrás del altar, y que sale a las periferias existenciales donde se concentran los hermanos marginados y excluidos, descartados de la sociedad del bienestar, engrosando la sociedad del malestar. En esos márgenes de exclusión habitan millones de personas en “mazmorras y sombras de muerte”. A las afueras de las ciudades y los pueblos, como le ocurriera al mismo Hijo de Dios, que tuvo que nacer en el descampado a las afueras de Belén, yacen todas las víctimas de la injusticia institucionalizada; ahí se refugian o son encerrados, los presos, los inmigrantes, los desheredados y expulsados por nuestra sociedad opulenta e injusta.
Por eso el Papa Francisco quiere, y nos pide, que este Año Jubilar sea el “Jubileo de las periferias”. Así lo expresa en diversos momentos de la Bula anunciadora de este Jubileo. Una Iglesia abierta en peregrinación hacia las periferias.
El Papa nos pide que realicemos “signos concretos de esperanza” en todo el mundo, pero, de manera específica pide que se tengan signos claros llenos de esperanza para los privados de libertad. Y en concreto nos señala los siguientes: amnistía o de condonación de la pena orientadas a ayudar a las personas para que recuperen la confianza en sí mismas y en la sociedad, marcar itinerarios de reinserción en la comunidad, actos de clemencia y liberación que permitan volver a empezar (Lv 25, 10), solicitar indultos y permisos penitenciarios, reclamar condiciones dignas para los reclusos, respetar los derechos humanos y sobre todo de la abolición de la pena de muerte.
Y más específico “para ofrecer a los presos un signo concreto de cercanía deseo abrir yo mismo una Puerta Santa en una cárcel, a fin de que sea para ellos un símbolo que invita a mirar el futuro con esperanza y con un renovado compromiso de vida”. (Bula 10)
De hecho, la segunda puerta Jubilar que ha abierto el Papa, tras la de la Basílica de San Pedro el pasado día 24, ha sido la puerta de la cárcel de Rebibbia en Roma, el día 26 de diciembre.
En la prisión, ante unas 300 personas, entre presos y presas, funcionarios, miembros de la Pastoral Penitenciaria y autoridades, dijo el Papa: “Es un hermoso gesto abrir de par en par: abrir las puertas. Pero más importante es lo que significa: es abrir el corazón. Abrir el corazón. Y eso es lo que hace la fraternidad. Los corazones cerrados, duros, no ayudan a vivir. Por eso la gracia de un Jubileo es abrir y, sobre todo, abrir los corazones a la esperanza. La esperanza no defrauda, ¡nunca! … en los malos momentos uno piensa que todo ha terminado, que nada está resuelto”, pero la esperanza nunca defrauda,… Me gusta pensar que la esperanza es como el ancla que está en la orilla y nosotros estamos ahí con la cuerda, seguros, porque nuestra esperanza es como el ancla en tierra. No pierdan la esperanza. Este es el mensaje que quiero dar a todos nosotros. A mí primero. A todos nosotros. No pierdan la esperanza”.
El Santo Padre advirtió también “que a veces esa cuerda que es la esperanza y que nos ata a la orilla es difícil y nos hace daño en las manos, pero con la cuerda -insistió – siempre con la cuerda en la mano, mirando a la orilla, el ancla que nos lleva adelante. Siempre hay algo bueno, siempre hay algo para seguir adelante”.
Es un signo claro y evidente de que la realidad que viven los privados de libertad, como la de tantas personas sumidas en la degradación de la exclusión, marginación y pobreza, está marcada por la pérdida o ausencia de esperanza.
Del mismo modo que las cárceles son signo evidente de vivir en el infierno, donde está encarnada la desesperación, la angustia, la soledad, también pueden ser signo de una esperanza renovada, que su estancia en prisión, les ayude a realizar un cambio radical en su vida.
Con esta disposición del Papa y sus gestos de liberación y esperanza para con los presos, nos está indicando que hemos de convertirnos en “Peregrinos de esperanza”, saliendo al encuentro de nuestros hermanos privados de libertad. Nos invita a toda la Iglesia, de modo especial a los miembros de Pastoral Penitenciaria, a que realcemos ese mismo gesto de apertura simbólica de una puerta en cada una de nuestras prisiones. Al mismo tiempo que invitemos a la Comunidad eclesial local a peregrinar al Centro Penitenciario. Y así como los cristianos acudirán a la Catedrales y Basílicas entrando por sus puertas para ganar las “indulgencias” pertinentes, del mismo modo que inicien el camino como “peregrinos” para compartir con los privados de libertad nuestra fe y nuestra esperanza fundamentadas en el amor hacia ellos.
Y no solo visitar a los presos, también se deberían abrir las puertas de los lugares donde se encuentran tantos hermanos nuestros que experimentan también la desilusión, la soledad, la desesperanza: tales como a enfermos en los hospitales, centros de acogida de inmigrantes, Casas de acogida de madres y niños maltratados o desahuciados, asilos y residencias de ancianos, centros de hospitalización de enfermos mentales, etc.
Por otra parte, sería un signo muy clarividente por parte de todos los Trinitarios, que compartimos el carisma y la misión de redimir a presos y cautivos, que ningún trinitario se quedara sin hacer una visita a lo largo de este año Jubilar a una de las cárceles donde estamos. Porque este Año Jubilar de la Esperanza nos recuerda también que San Juan de Mata, dejándolo todo, emprendió una verdadera peregrinación liberadora a los márgenes de la cristiandad para llevar la esperanza de la redención a cautivos y esclavos de su tiempo.
Pedro Fernández Alejo, O.SS.T.