Vivir el cincuentenario de la elevación a los altares de nuestro Santo Reformador ha sido una experiencia única, gratificante y, a todas luces, intensa.
La conmemoración de la canonización de un santo es siempre motivo de orgullo entre las mejores familias cristianas, y en este caso no podía ser menos.
El intenso programa de actos con el que hemos querido agradecer al Señor la concesión del título de Santo al de Almodóvar del Campo ha dejado una profunda huella en todos los que nos sentimos orgullosos de pertenecer a la comunidad trinitaria. Y, por qué no decirlo, ha sido el motivo idóneo para que incluso quienes orbitan más lejos de la Orden se hayan acercado con sincero interés.
Eucaristías, visitas, celebraciones pontificales e incluso una misión han permitido a Córdoba conocer más de cerca a nuestro tan amado padre San Juan Bautista de la Concepción. Y, como no podía ser de otra forma, constatar que los restos que veneramos en nuestra Casa de Córdoba son expresión viva del sacrificio y la caridad personificadas en este humilde hombre de Dios. Todos, sin distinción, hemos sido partícipes de su legado y del deber gozoso de honrarlo como merece.
Como miembro de la comunidad, a través de las Hermandades y Cofradías Trinitarias de nuestra parroquia, quedará grabada en mi memoria la procesión de regreso del Santo Reformador desde la Santa Iglesia Catedral hasta la Casa de Córdoba. Fue la proclamación jubilosa del triunfo de nuestro Santo, la manifestación visible de una comunidad hecha procesión: desde la cruz de guía hasta el último instrumento, acompañamos a San Juan Bautista de la Concepción con fervor. Dos hermandades, los grupos parroquiales y nuestro Santo Reformador caminando en unidad, dando testimonio de redención, de liberación… y de hermandad, de mucha hermandad.
Pero no solo de pasos vive el hombre. La verdadera unión con el Santo ha venido a través de la caridad y de la Eucaristía, pilares de una fe cristiana y trinitaria que encontraron su vértice perfecto a los pies del altar, donde han reposado sus restos durante el tiempo jubilar.
Hemos visto llegar a casa a gentes de muchos rincones de España, movidas por nuestro carisma trinitario y por el fervor hacia sus enseñanzas. Hemos visto cruzar la Puerta Santa a personas tratadas como lo que son: hermanos. Hermanos en la fe y en ese carisma tan especial de liberación, de acogida y de amistad. ¡Viva nuestro Santo Reformador! ha resonado como un grito de unidad bajo la bandera de la cruz roja y azul: un aplauso al Santo que nos ha enseñado a ser hermanos… más que nunca.
Y es que el Jubileo que hemos clausurado con un broche más que de oro no se ha circunscrito a los muros de nuestra Casa. Ni mucho menos. El colegio, el comedor trinitario e incluso la prisión han recibido los ecos de la gloria excelsa del Reformador.
Como hermano de la Hermandad del Rescatado de Córdoba, ha sido un inmenso orgullo encontrar a Cristo preso, entre los presos. Ha sido conmovedor llevar el mensaje de San Juan Bautista de la Concepción a través de la imagen sagrada del Nazareno Rescatado y la reliquia que nuestra Hermandad custodia. La sola presencia de Jesús en la prisión ha sido un motivo de redención para internos, voluntarios, y miembros de la Orden y de la pastoral penitenciaria allí presentes. Aquel día, el silencio reverente de los módulos se transformó en oración compartida; las miradas emocionadas de los internos, muchos de ellos con lágrimas en los ojos, nos recordaron que Cristo sigue rompiendo cadenas. No hubo barrotes que impidieran el paso de la gracia, ni corazón tan endurecido que no se estremeciera al contemplar el rostro sereno y compasivo del Rescatado. Fue una auténtica catequesis viva, un gesto trinitario de liberación y esperanza que quedará para siempre en la memoria de quienes lo vivieron.
En suma, Córdoba ha vivido unos meses de auténtica gracia. Hemos celebrado no solo una efeméride, sino una renovación profunda del espíritu trinitario en nuestras vidas. San Juan Bautista de la Concepción nos ha vuelto a reunir, a enseñar y a fortalecer en la fe. Que su ejemplo siga guiando nuestro camino de entrega, de redención y de fraternidad. Porque celebrar su canonización no es solo mirar al pasado, sino caminar con paso firme hacia el futuro.
Miguel Ángel Lopera Poley
Cofrade Trinitario