Is 66,10-14; Sal 65; Gal 6,14-18; Lc 10,1-12.17-20 (en forma breve: Lc 10,1-9)
Después de las grandes celebraciones de los últimos domingos, empezamos el nuevo mes de julio retomando los textos de los domingos del Tiempo ordinario que este año se guían por el evangelio de san Lucas. En concreto, hoy aparece Jesús enviando a setenta y dos discípulos “a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él”. Como quien dice, los envía a preparar el corazón de los hombres para recibir al Señor. Y es que detrás del misionero, detrás del apóstol actúa siempre Jesucristo. Si la palabra y las acciones apostólicas que realizan los sacerdotes valen algo, es porque Cristo las sostiene y las hace suyas. Jesucristo apoya y confirma con su Espíritu la obra y la palabra de sus enviados, de sus misioneros. Jesús va allá donde sus apóstoles llegan para anunciar el Evangelio.
“La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. El mandato misionero confiado a la Iglesia por el Señor está aún lejos de cumplirse. El campo de los hombres que necesitan ser salvados es enorme, es el mundo entero, pues por la salvación de todos murió el Señor en la cruz. Pero el caso es que hay pocos voluntarios para trabajar con Cristo en la salvación de sus hermanos; son pocos los que se ofrecen a echar una mano a Cristo como misioneros, como sacerdotes y religiosos, como predicadores de su Palabra y dispensadores de sus sacramentos. Cristo ha querido continuar en el mundo la obra de la redención por medio de los sacerdotes; por eso, para continuar esta obra necesita de jóvenes que le quieran con toda su alma y que quieran a sus hermanos, necesita jóvenes dispuestos a sacrificarse por el bien de los demás. El Señor nos invita encarecidamente a rogar a Dios para que haya jóvenes que se animen a seguirle, a consagrar su vida al servicio de Dios y del prójimo. “Poneos en camino”, nos dice Jesús. Comenzad ya a caminar, a hacer algo por el Reino de Dios, a trabajar por el anuncio del Evangelio, “poneos en camino” y decid a todos: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”.
El trabajo del Evangelio es a veces duro y peligroso. “Mirad que os mando como corderos en medio de lobos”. ¡Tantos apóstoles han caído bajo las balas de los opresores, de los enemigos de Dios y de su Reino de paz y de justicia! Si Jesús fue ejecutado y murió en la cruz, el discípulo que lo anuncia y lo hace presente en el mundo participa de su mismo destino. En esta misión el destino y la gloria del discípulo es “la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual [dice San Pablo] el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo”. El éxito del apóstol se demuestra por las “marcas de Jesús” que lleva impresas en su cuerpo. Nuestra gloria es la cruz, estas son “las marcas de Jesús”, las llagas de su Pasión, pero no la cruz de madera o de oro, sino la cruz de nuestro diario y fiel seguimiento de Cristo. En esta tarea estamos implicados todos, según la vocación de cada uno, pero a todos nos pide el Señor: rezad a Dios para que envíe trabajadores al campo de su Iglesia y así pueda cumplir la misión que el Señor le encomendó.
Las penalidades de la misión se transfiguran en alegría: “los setenta y dos volvieron muy contentos”. Es el gozo de la salvación que se difunde entre todos los pueblos de la tierra. Es la íntima alegría que el Espíritu hace brotar en el corazón del apóstol de que su trabajo no es inútil, pues sus nombres “están inscritos en el cielo”. El anuncio del evangelio forma parte de nuestro ser cristianos. El santo Pontífice Pablo VI llegó a decir que “evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar”, para llevar la buena noticia del Evangelio a todos los pueblos de la tierra. En la historia de la Iglesia, este impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad, así como su disminución es señal clara de crisis de fe. Por eso es importante renovar la conciencia misionera, porque el anuncio del Evangelio refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones para ser y vivir como cristianos, porque la fe se fortalece dándola.
Aquí, en la doble mesa de la Palabra y de la Eucaristía, alimentamos cada domingo la fe para poder ser testigos de ella en el mundo, empezando por la propia familia. Porque no podremos ser apóstoles de Cristo si no escuchamos a Cristo y nos alimentamos de Él.
José Mª de Miguel, osst