La noticia de la muerte del Papa nos ha dejado tocados, sí, todos lo esperábamos; la edad de este trabajador incansable en las calles del barro porteño o de los suelos de mármol de las estancias vaticanas, tenía que llegar a su fin. Francisco nos ha dejado tras doce años como capitán de la barca de Pedro, un icono de cambio, lucha y testimonio. Así de simple.
Si ha sido un referente no ha sido por el hecho de llegar al papado, sino por lo que nos ha legado a una Iglesia de más de mil millones de católicos a los que acompañó. Su principal logro, haber iniciado procesos de diálogo en la Iglesia. Si bien no cambió todo lo que quiso, ha dejado abierto el camino para un futuro más próximo que lejano. La primera imagen en el balcón de la plaza de San Pedro al tomar posesión aquel 13 de marzo de 2013 no dejó indiferente a nadie: “Recen por mí”. ¿Rezar por un papa? Se rezaba por sus intenciones, pero, ¿por él mismo? No era lo común, un papa no se rebajaba a mostrarse tan humilde y vulnerable.
¿Pero en qué basó Francisco este diálogo? Tres han sido los grandes retos de su pontificado: la postura firme al lado de los más pobres de la sociedad, “los descartados”, “los del costado de la vida”; la defensa del medio ambiente y el respeto por la Creación; y su definitiva apuesta por el diálogo interreligioso que fructificó con importantes acuerdos entre las tres grandes religiones.
Desde el comienzo de su misión con la publicación de la exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013) que marcó su línea teológica, mostró una fidelidad y amor inquebrantables a los más pobres. De hecho tomó el nombre de Francisco por el santo italiano, il poverello d’Asissi. Con san Francisco siguió de la mano hasta llegar a Laudato si’ (2015), encíclica por la defensa de la “casa común”, alcanzado su cénit con Fratelli tutti (2020), titulada con una expresión del mismo santo italiano. Estos tres documentos, sin duda, han jalonado su entrega a la Iglesia. Vivir la alegría de la Buena Noticia de Jesús como una realidad que cambia la vida, defender el gran regalo de la Creación y el respeto por todos los habitantes de la Creación, y la lucha por un mundo más fraterno, más humano, donde todos marchemos hacia el Amor.
Pero si nos detenemos en su aportación a la educación, el papa Francisco también nos ha legado un testimonio perdurable y que no podremos obviar. Su pasión por la persona, por querer educarla en el respeto y la cercanía real a los pobres, ha marcado su teología. “¿Quién soy yo para juzgar?”, nos decía. La actitud permanente de acogida al hermano, al diferente, al descartado, eso es Evangelio, lo que siempre hará falta en las aulas. La defensa y el respeto por los niños y jóvenes ha sido patente desde el momento en que decidió apostar por un Pacto Educativo Global de acuerdo con la ONU y también con las principales religiones.
El verbo acompañar siempre ha estado presente en su magisterio: acompañar, pero también sentirse acompañado. Entendió la Iglesia como una familia en torno a un Padre misericordioso, que nos llama a servir especialmente a los más necesitados. Francisco ha hecho del acompañamiento personal una bandera en la nueva Iglesia que abrió ante nuestros ojos, una Iglesia con grandes frentes abiertos que ya no deben cerrarse.
Nos deja un listón muy alto a la escuela del siglo XXI en los ámbitos del diálogo, el respeto y la confianza en el ser humano. Si tuviera que resumir su pontificado desde los ojos de un niño lo haría en tres palabras: alegría, ternura y valentía. Alegría de vivir confiado de la mano de Jesucristo, ternura por su espíritu de acogida hacia todos sin reservas, y valentía por no arrugarse ante los grupos de poder que trataron de silenciarlo.
He conocido a varios papas ya, pero debo reconocer que este ha sido el que más me ha llegado por su sencillez, su testimonio claro y directo y su apertura al mundo. Nunca olvidaré la atención y el interés que despertó su vida y sus palabras en mis alumnos. “Me encanta el papa Francisco, profe, es muy alegre”. Sin duda lo decían porque era alguien que se hacía entender, con palabras sencillas, del corazón, que brotaban de la alegría de vivir el Evangelio en cada minuto, como si fuera el último. Alegría, ternura y valentía, o lo que es lo mismo, tres sustantivos que nos hagan ser capaces de llevar el Evangelio a las aulas con el gran objetivo que nos marcó: “primerear” en el amor (Cf. EG 24).
¡Gracias, Francisco!
Juan Enrique Redondo Cantueso
Director Pedagógico EI-EPO.
Colegio Stma. Trinidad – FEST Córdoba