“No tengáis miedo.” Así, sin rodeos, directo al corazón. Con esas tres palabras, tan sencillas y a la vez tan potentes, el Papa Francisco encendió una chispa en toda una generación. Porque cuando alguien que ha vivido tanto, que ha caminado tanto, que ha amado tanto a la Iglesia y al mundo, te dice que no tengas miedo, uno sabe escuchar. Y se mueve. Y actúa.
Hoy despedimos al Papa Francisco, pero su voz sigue resonando fuerte en nosotros, especialmente en los jóvenes. Porque si algo ha marcado la era del Papa Francisco ha sido eso. La enorme conexión con las nuevas generaciones. Desde el momento en que apareció por primera vez en el balcón del Vaticano en 2013 con una sonrisa tímida y un gesto de pedirnos que rezáramos por él antes de bendecirnos. Supimos entonces que no venía a imponerse, sino a acompañarnos.
Francisco fue distinto desde el primer día. No se vestía con grandeza, sino con humildad. No hablaba como desde otro mundo, sino como quien se ha sentado muchas veces en una plaza, en un tren o en la puerta de la iglesia, a escuchar la vida real, a la gente de su entorno. Era cercano, auténtico, moderno. Pero, sobre todo, era profundamente humano.
Y eso lo notamos nosotros, los jóvenes. Porque no vino a juzgar, sino a abrazar. No vino a repetir fórmulas viejas, sino a traducir el mensaje eterno de Jesús a nuestro idioma, tan simple como amar al prójimo como Jesús nos amó, sin peros ni condiciones, solo con amor. Y para ello, nos desafió con frases que no eran para decorar libretas, sino para transformar vidas: “Hagan lío.” “Salgan de su comodidad.” “No sean jóvenes de sofá.” No eran solo palabras bonitas destinadas a quedarse ahí; eran empujones al alma. Y funcionaban.
Francisco creía en los jóvenes de verdad. Desde luego, no nos idealizaba, pero tampoco nos subestimaba. Sabía que el mundo en el que vivimos no es fácil. Sabía que estamos cargados de miedos, de presiones, de expectativas. Pero también sabía que llevamos dentro una fuerza enorme, capaz de cambiar la historia.
Nos animó a soñar en grande, a caernos sin miedo al ridículo, a levantarnos siempre. A creer que el amor es más fuerte que el odio, que el perdón no es debilidad, que la fe no es una reliquia del pasado, sino una aventura viva, desafiante y hermosa.
Y lo mejor es que él mismo lo vivía. No era un líder que se queda sentado mirando desde arriba en su trono, sino que era un compañero de camino. Visitaba cárceles, lavaba pies, abrazaba sin preguntar, y escuchaba más de lo que hablaba. Nos enseñó que seguir a Jesús no se trata de ser perfectos, sino de intentarlo cada día, con autenticidad, con pasión, con alegría.
Si me permitís hablar un poco desde mi experiencia personal como catequista y como antiguo alumno de un colegio trinitario, me gustaría recordar un momento concreto de la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa, en 2023, donde nos regaló un mensaje que ya es parte de nuestra historia:
“En la Iglesia hay lugar para todos. Y si no hay sitio, por favor, háganlo.”
Aquel momento, en lo personal, para mí, fue una explosión de sentido. Porque esa frase resume todo valor del cristiano, y más si cabe, del carisma trinitario. Nos enseñó que la Iglesia no puede ser un club exclusivo, ni una sala de espera solo para los perfectos. La Iglesia, para Francisco, era una casa con las puertas abiertas de par en par. Un lugar donde nadie sobra. Donde cada persona tiene su tiempo y espacio. Donde cada historia importa.
Ese día, en Lisboa, miles de jóvenes sentimos que teníamos un lugar. Que no estábamos solos. Que Dios nos ama como somos, y que la Iglesia (con mayúscula, sí, porque la componemos personas con nombre y apellido) también tiene que aprender a amar así.
Hoy, aunque el mundo se queda un poco más triste sin su presencia, también está lleno de su luz, porque Francisco no fue solo un Papa; fue una voz valiente, un alma libre, un corazón inmenso que nos mostró cómo se vive el Evangelio de verdad.
Nos quedamos con su ternura, con su mirada sin prejuicios, con su forma única de estar. Y, sobre todo, con ese grito que nos sigue empujando desde dentro: “No tengáis miedo.”
Y no, no lo tendremos. Porque tú nos enseñaste a confiar, a levantarnos, a creer. A hacer lío. A hacer sitio. A hacer historia.
Alejandro Benito Peña.