Miq 5,1-4; Sal 79; Heb 10,5-10; Lc 1,39-45
Con este cuarto domingo, el adviento, el tiempo de preparación a la Navidad, llega a su fin. Y hoy, los textos litúrgicos nos proponen la figura de la Virgen Madre que acogió en su seno y dio a luz al Salvador.
Hoy miramos a la Virgen de Nazaret que llena de caridad «se puso en camino de prisa hacia la montaña», a casa de Isabel. Ella, que había sido elegida para madre del Mesías, corre enseguida a comunicar el amor que llevaba dentro: «En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre». En el abrazo de aquellas dos mujeres, una anciana que había sido estéril y por el poder de Dios daría a luz a Juan Bautista, y otra joven, María de Nazaret, que, por obra del Espíritu Santo, dará a luz al Mesías, está simbolizado el abrazo del amor de Dios con la humanidad. Contemplamos hoy a María de camino a la montaña como sagrario viviente de Dios: ella realizó entonces la primera y más hermosa procesión del Corpus, pues llevaba en sí al Hijo del Altísimo. Esta es la Virgen inmaculada, toda transparencia de Dios, toda llena de gracia, que nos va a dar a luz al Autor de la gracia, Cristo Jesús. Por ella, el Dios eterno va a entrar en nuestra historia, va a compartir nuestro destino, se va a hacer uno de nosotros para rescatarnos de la muerte y del pecado y devolvernos a Dios.
La importancia de María en el acontecimiento que vamos a celebrar, la destaca el prefacio de esta misa que luego proclamaremos. En los planes de Dios, la Virgen aparece como la nueva Eva, como aquella mujer enteramente fiel y obediente a Dios que dará a luz a Jesucristo, primogénito de la nueva humanidad, de la humanidad salvada y redimida por él. Las consecuencias negativas de la desobediencia de Eva, son reparadas por la obediencia de María: «la gracia que Eva nos arrebató nos ha sido devuelta en María». La Virgen se alza, así, como el prototipo de la mujer fiel y creyente, y de ello dio solemne testimonio su prima Isabel: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Esta actitud de entrega confiada a Dios y de acogida de su Palabra es la que, en vísperas de la Navidad, nos recomienda la liturgia: acogeremos a Cristo que viene, si nos abrimos a su gracia, si nos convertimos al amor de Dios y del prójimo. Para eso ha sido el camino del adviento, que está llegando a su fin, para eso hemos escuchado la llamada del Bautista y de los profetas a preparar el camino del Señor, para eso celebramos en este tiempo el sacramento de la penitencia: para abrirnos a la gracia de Dios y disponer nuestro corazón a recibir a Jesús, en la noche santa de su Nacimiento. Todo el camino hacia la gruta de Belén termina en esta actitud de la Virgen enteramente disponible para lo que Dios quiera hacer en ella y de ella. Esta es María, la hija de Sion, la representante del pueblo fiel: ella es la tierra fecunda que da fruto, y de este fruto bendito de su vientre vivimos nosotros: de Jesucristo, que nació y murió por nosotros.
Toda la vida de Jesús, desde que entró en el mundo, desde el nacimiento hasta la muerte, estuvo orientada al cumplimiento de la voluntad del Padre. Con sus palabras, gestos y acciones, en la soledad de la oración o en medio de la multitud, Jesús realizaba la voluntad del Padre: “Y conforme a esa voluntad, dice el autor de la Carta a los hebreos, todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre”. Pero esta oblación o entrega de su persona en la muerte comenzó en el nacimiento, cuando al entrar en el mundo dijo: ‘Aquí estoy… para hacer tu voluntad’.
Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios, ayúdanos a celebrar cristianamente el Nacimiento de tu Hijo haciéndole un hueco en nuestro corazón, acogiéndole dentro de nosotros y en nuestras casas, abriendo nuestra solidaridad y nuestra caridad fraterna a los que como a ti y al Hijo que llevas dentro, nadie recibe, nadie acoge, nadie atiende; que la alegría de esa noche santa sea por el Salvador que tú nos vas a dar; y que la paz y la felicidad que él nos trae la sepamos nosotros comunicar a los demás en la familia, en el trabajo, allá donde nos encontremos.
José María de Miguel González, osst